Para
el diálogo de atardecer
Juan Morales Agüero
Foto: Norge Santiesteban
Zona de trasiego
cotidiano, sitio de encuentro entre enamorados, lugar inmejorable para
el diálogo de atardecer, el Parque Maceo es uno de los espacios
públicos más acogedores de nuestra ciudad. ¿Qué tunero no se ha tumbado
a descansar alguna vez en uno de sus bancos de granito o no lo ha
recorrido de un extremo a otro en urgentes menesteres de trabajo?
El terreno donde
se asienta esta entrañable y recurrente instalación a cielo abierto era
apenas un solar yermo durante el mandato del siglo XIX. No fue hasta
las postrimerías de la citada centuria en que se comenzaron a construir
las primeras edificaciones a su alrededor. Se le dio por llamar entonces
Plaza Cristina, en honor a cierta soberana española del mismo nombre.
Al hacer su debut
el año 1900 todavía no se apreciaban por la Plaza muchos inmuebles
residenciales. Tiempo después, sin embargo, la zona comenzó rápidamente
a poblarse y a exhibir una intensa actividad comercial y cultural por
intermedio de la venta de diversos productos al detalle, la
proliferación de negocios particulares y el alquiler de terrenos para
que los circos levantaran sus carpas repletas de payasos, animales y
trapecistas.
La inmejorable
ubicación de la otrora Plaza Cristina permitió que fuera notoriamente
privilegiada por el florecimiento económico de la ciudad. Después del
Parque Vicente García, que por entonces se llamaba Plaza de Armas,
resultó el sitio de mejores posibilidades en ese sentido. Las fuerzas
vivas tuneras levantaron campamento en su entorno,
a sabiendas del filón que se les ofrecía. Sí, el desarrollo citadino de
la época tuvo entre sus incentivos este lugar de mil remembranzas por
tantos y tantos motivos nostálgicos.
A finales de la
primera década del pasado siglo, adoptó el nombre de Parque Maceo, como
manera de recordar eternamente a una de las figuras más recias y
valerosas de nuestras guerras independentistas decimonónicas. Se
convirtió en un espacio de amplia raigambre popular, a donde acudían y
acuden los tuneros para conversar sobre los más disímiles asuntos. Allí
colocaron, para homenajearlas, el Monumento a las Madres.
Los estudiantes de
las escuelas públicas cercanas nunca estuvieron ajenos a la connotación
del parque Maceo, y contribuyeron a fomentarle un futuro lleno de verde
follaje. Para ello comenzaron a celebrar lo que llamaron “Día del
Árbol”, jornada en la que acostumbraban sembrar una planta que solía
ser, por lo común, un pequeño laurel. Algunos han llegado hasta nuestros
días.
Hoy, el Parque
Maceo forma parte indivisible del centro histórico de la ciudad. En sus
inmediaciones se agrupan importantes dependencias, tales como la
Dirección Provincial de Educación, la fábrica de tabacos, la sede de la
Unión de Escritores y Artistas de Cuba, el
Palacio de los Matrimonios y algunas tiendas y talleres.
Quien visite Las
Tunas no puede prescindir de llegarse por el lugar, sin dudas uno de los
sitios más pintorescos de nuestra ciudad capital.