Reflexiones del Compañero Fidel
Una causa justa que defender y
la esperanza de seguir adelante
13
de
agosto
de 2009, 7:21 am
Durante las últimas semanas, el
actual Presidente de Estados
Unidos se empeña en demostrar
que la crisis va cediendo como
fruto de sus esfuerzos para
enfrentar el grave problema que
Estados Unidos y el mundo
heredaron de su predecesor.
Casi todos los economistas hacen
referencia a la crisis económica
que se inició en octubre de
1929. La anterior había sido a
finales del Siglo XIX. La
tendencia bastante generalizada
en los políticos norteamericanos
es la de creer que tan pronto
los bancos dispongan de
suficientes dólares para
engrasar la maquinaria del
aparato productivo, todo
marchará hacia un idílico y
jamás soñado mundo.
Las diferencias entre la llamada
crisis económica de los años 30
y la actual son muchas, pero me
limitaré sólo a una de las más
importantes.
Desde finales de la Primera
Guerra Mundial el dólar, basado
en el patrón oro, sustituyó a la
libra esterlina inglesa debido a
las inmensas sumas de oro que
Gran Bretaña gastó en la
contienda. La gran crisis
económica se produjo en Estados
Unidos apenas 12 años después de
aquella guerra.
Franklin D. Roosevelt, del
Partido Demócrata, venció en
buena medida ayudado por la
crisis, como Obama en la crisis
actual. Siguiendo la teoría de
Keynes, aquel inyectó dinero en
la circulación, construyó obras
públicas como carreteras, presas
y otras de incuestionable
beneficio, lo que incrementó el
gasto, la demanda de productos,
el empleo y el PIB durante años,
pero no obtuvo los fondos
imprimiendo billetes. Los
obtenía con impuestos y con
parte del dinero depositado en
los bancos. Vendía bonos de
Estados Unidos con interés
garantizado, que los hacían
atractivos para los compradores.
El
oro, cuyo precio en 1929 estaba
a 20 dólares la onza troy,
Roosevelt lo elevó a 35 como
garantía interna de los billetes
de Estados Unidos.
Sobre la base de esa garantía en
oro físico, surgió el Acuerdo de
Bretton Woods en julio de 1944,
que otorgó al poderoso país el
privilegio de imprimir divisas
convertibles cuando el resto del
mundo estaba arruinado. Estados
Unidos poseía más del 80% del
oro del mundo.
No
necesito recordar lo que vino
después, desde las bombas
atómicas lanzadas sobre
Hiroshima y Nagasaki —que acaban
de cumplirse 64 años del
genocidio—, hasta el golpe de
Estado en Honduras y las siete
bases militares que el gobierno
de Estados Unidos se propone
instalar en Colombia. Lo real es
que en 1971, bajo la
administración de Nixon, el
patrón oro fue suprimido y la
impresión ilimitada de dólares
se convirtió en la más grande
estafa de la humanidad. En
virtud del privilegio de Bretton
Woods, Estados Unidos, al
suprimir unilateralmente la
convertibilidad, paga con
papeles los bienes y servicios
que adquiere en el mundo. Es
cierto que a cambio de dólares
también ofrece bienes y
servicios, pero también lo es
que desde la supresión del
patrón oro, el billete de ese
país, que se cotizaba a 35
dólares la onza troy, ha perdido
casi 30 veces su valor y 48
veces el que tenía en 1929. El
resto del mundo ha sufrido las
pérdidas, sus recursos naturales
y su dinero han costeado el
rearme y sufragado en gran parte
las guerras del imperio. Baste
señalar que la cantidad de bonos
suministrados a otros países,
según cálculos conservadores,
supera la cifra de 3 millones de
millones de dólares, y la deuda
pública, que sigue creciendo,
sobrepasa la cifra de 11
millones de millones.
El
imperio y sus aliados
capitalistas, a la vez que
compiten entre sí, han hecho
creer que las medidas anticrisis
constituyen las fórmulas
salvadoras. Pero Europa, Rusia,
Japón, Corea, China e India no
recaudan fondos vendiendo bonos
de la Tesorería ni imprimiendo
billetes, sino aplicando otras
fórmulas para defender sus
monedas y sus mercados, a veces
con gran austeridad de su
población. La inmensa mayoría de
los países en desarrollo de
Asia, África y América Latina es
la que paga los platos rotos,
suministrando recursos naturales
no renovables, sudor y vidas.
El
TLCAN es el más claro ejemplo de
lo que puede ocurrir con un país
en desarrollo en las fauces del
lobo: ni soluciones para los
inmigrantes en Estados Unidos,
ni permiso para viajar sin visa
a Canadá pudo obtener México en
la última Cumbre.
Adquiere, sin embargo, plena
vigencia bajo la crisis el más
grande TLC a nivel mundial: la
Organización Mundial de
Comercio, que creció bajo las
notas triunfantes del
neoliberalismo, en pleno apogeo
de las finanzas mundiales y los
sueños idílicos.
Por otro lado, la BBC Mundo
informó ayer, 11 de agosto, que
mil funcionarios de Naciones
Unidas, reunidos en Bonn,
Alemania, declararon que buscan
el camino para un acuerdo sobre
el cambio climático en diciembre
de este año, pero que el tiempo
se estaba acabando.
Ivo de Boer, el funcionario de
mayor rango de Naciones Unidas
sobre el Cambio Climático, dijo
que solo faltaban 119 días para
la Cumbre y tenemos "una enorme
cantidad de intereses
divergentes, escaso tiempo de
discusión, un documento
complicado sobre la mesa
(doscientas páginas) y problemas
de financiación"
"Las naciones en desarrollo
insisten en que la mayor parte
de los gases que producen el
efecto invernadero provienen del
mundo industrializado."
El
mundo en desarrollo alega la
necesidad de ayuda financiera
para lidiar con los efectos
climáticos.
Ban Ki-moon, secretario general
de Naciones Unidas, declaró que:
"Si no se toman medidas urgentes
para combatir los cambios
climáticos pueden llevar a la
violencia y a disturbios en masa
a todo el planeta."
"El cambio climático
intensificará las sequías,
inundaciones y otros desastres
naturales."
"La escasez de agua afectará a
cientos de millones de personas.
La malnutrición va a arrasar con
gran parte de los países en de-sarrollo."
En
un artículo del The New York
Times el pasado 9 de agosto se
explicaba que: "Los analistas
ven en el cambio climático una
amenaza para la seguridad
nacional."
"Semejantes crisis —continúa el
artículo— provocadas por el
clima pudieran derrocar
gobiernos, estimular movimientos
terroristas o desestabilizar
regiones completas, afirman
analistas del Pentágono y de
agencias de inteligencia que por
primera vez están estudiando las
implicaciones del cambio
climático en la seguridad
nacional."
"‘Se vuelve muy complicado muy
rápidamente’, dijo Amanda J.
Dory, Secretaria de Defensa
Adjunta para Estrategia, que
trabaja con un grupo del
Pentágono asignado a incorporar
el cambio climático a la
planificación de la estrategia
nacional de seguridad."
Del artículo de The New York
Times se deduce que todavía en
el Senado no todos están
convencidos de que se trata de
un problema real, ignorado
totalmente hasta ahora por el
gobierno de Estados Unidos desde
que se aprobó hace 10 años en
Kyoto.
Algunos hablan de que la crisis
económica es el fin del
imperialismo; quizás habría que
plantearse si no significa algo
peor para nuestra especie.
A
mi juicio, lo mejor siempre será
tener una causa justa que
defender y la esperanza de
seguir adelante.
Fidel Castro Ruz
Agosto 12 de 2009
9
y 12 p.m.