Frente a la
valiente decisión de Manuel
Zelaya Rosales, legítimo
presidente de Honduras, quien
ayer emprendió el pacífico
retorno a su país para
reinstaurar la democracia, las
hordas fascistas que el 28 de
junio pasado lo secuestraron y
expulsaron violentamente del
territorio nacional tienen
preparado un baño de sangre para
cuando hoy traspase la frontera.
La nueva operación masacre, minuciosamente organizada,
cuenta con el respaldo del sector empresarial, que este jueves ofreció al
líder golpista Roberto Micheletti apoyo financiero para suministrar más
equipos de guerra a la policía, “ante la posibilidad de que los seguidores
de Zelaya –léase la mayoría de los hondureños- tomen las armas”, según dijo
Adolfo Facusse, dirigente de la Asociación Nacional de Industrias (ANDI), en
declaraciones reproducidas por Notimex.
El monto de la ayuda económica de la empresa privada a
los fascistas es de seis millones de lempiras (más de 319 mil dólares), y
aunque se anuncia públicamente ahora, ya viene utilizándose, por ejemplo,
para pagar mensualidades superiores a los 740 dólares a unos 120 mercenarios
que a diario se entrenan en la casa del coronel retirado Amílcar Zelaya,
situada a 25 kilómetros de Tegucigalpa y utilizada como centro de torturas
en los años 80 del pasado siglo.
Se trata de un plan macabro, que contempla un simulacro
de atentado al señor Micheletti, lo cual justificaría su permanencia en el
poder y la brutal represión a que serían sometidas las masas populares,
cuyos principales líderes morirían asesinados desde el primer momento.
Como parte de la criminal operación, el ilegal gobierno
prevé introducir en las masivas manifestaciones de apoyo al retorno del
presidente Manuel Zelaya a un grupo de sicarios y provocadores, quienes
actuarían como una quinta columna, bajo la fachada de periodistas o
camarógrafos, y que, según denuncias de organizaciones patrióticas,
vestirían chaquetas caquis para identificarse entre sí.
¿Para qué más armas?
Financiadas, organizadas, entrenadas y asesoradas a lo
largo del tiempo y hasta hoy por los cuerpos militares de Estados Unidos,
las fuerzas represivas de Honduras son portadoras de una ideología en la
cual prevalecen el espíritu de superioridad y el menosprecio respecto al
resto de la población, y por eso no dudan en ejercer contra ella la más
inaudita brutalidad. Cuentan, asimismo, con abundante y moderno arsenal.
Entonces, ¿para qué más armas?
Si el presidente Manuel Zelaya Rosales avanza de
Nicaragua hacia Honduras completamente desarmado, acompañado por dirigentes
de organizaciones internacionales y varios periodistas, ¿para qué más armas?
Bien saben Micheletti, Adolfo Facusse y demás
discípulos de Adolfo Hitler que, aun si lo quisieran, los patriotas
hondureños no podrían “tomar las armas”, como aviesamente se insinúa, por la
sencilla razón de que no las tienen, aunque sí avanzan armados de voluntad y
coraje, oponiéndoles sus pechos a las balas.
¿Para qué el régimen de facto quiere más armas? Por
otra parte, ¿quién se las va a vender, si el mundo entero condena su
zarpazo? ¿Será que la ambigua actuación del gobierno de Estados Unidos,
rayana en la complicidad, le sirve de aliento?
¿Para qué más armas, si, como dijo el Héroe Nacional de
Cuba
José Martí, una idea justa, desde el fondo de una cueva, puede
más que un ejército; y si, como afirmó
Fidel Castro en su autodefensa por haber encabezado el asalto a
los cuarteles Guillermón Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, hará 56 años
pasado mañana: los pueblos, cuando quieren conquistar su libertad, le tiran
piedras a los aviones y viran los tanques bocarriba?
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