los demás cuerpos represivos al servicio del
imperialismo yanqui, sancionó ejemplarmente a quienes habían
cometido abominables crímenes y confiscó los bienes de los
malversadores del patrimonio de la nación.
Esas y otras justas medidas desencadenaron la
ira de Washington, que sistematizó contra
Cuba su ya bicentenaria agresión, caracterizada en la
nueva etapa por acciones económicas, políticas, militares,
biológicas, diplomáticas, psicológicas, de espionaje,
propagandísticas,
terroristas, de organización y apoyo logístico a bandas
armadas y otros grupos mercenarios, sin faltar el aliento a la
deserción y la emigración ilegal.
Ningún método, por más cruel y contrario a la
ética que pueda parecer, ha escapado a la obsesiva política
anticubana de Estados Unidos, que con tal de destruir a la
Revolución ha concebido o respaldado cientos de actos para asesinar
al máximo líder
Fidel Castro Ruz y a sus más cercanos colaboradores, e
introdujo en la Isla el dengue hemorrágico, causante de la muerte de
más de cien niños y varias decenas de adultos.
Ofuscado por la idea de doblegar a los cubanos,
retrotraernos a su dominio o matarnos por hambre y enfermedades, si
no nos rendimos, el imperialismo yanqui mantiene contra nuestra
nación el más
genocida y prolongado bloqueo conocido hasta hoy, el cual
impide u obstaculiza adquirir incluso medicamentos indispensables
para prolongar la supervivencia o mitigar la agonía de los enfermos
de cáncer, sean ancianos o niños.
Del total respaldo al régimen de Fulgencio
Batista, la acogida en su territorio a los criminales de guerra que
huían de la justicia popular, y las difamatorias campañas en
perjuicio de la joven revolución, Estados unidos pasó al abierto
apoyo a la subversión y a todo acto capaz de dañar a Cuba en
cualquier ámbito.
Hoy bien se sabe que desde un primer instante,
el gobierno de Dwight David Eisenhower (1953-1961) aprobó un
“Programa de acción encubierta contra el régimen de Castro”, entre
cuyos planteamientos se encontraban la creación de una “responsable
y unificada” oposición fuera de la Isla, el desarrollo de una gran
ofensiva mediática, la estructuración de organizaciones de
inteligencia y acción supeditadas al exilio miamense y el despliegue
de fuerzas paramilitares para invadir a Cuba sin comprometer
directamente a la Casa Blanca y al Pentágono.
Deseoso de cumplir sus promesas anticubanas, y
apremiado por el tiempo, el 3 de enero de 1961, 17 días antes de
concluir su mandato, Eisenhower decidió romper las relaciones
diplomáticas con Cuba.
Heredera de tales compromisos, la
Administración de John Fitzgerald Kennedy (1961-1963) asumió
responsabilidades aún mayores, que desembocaron en la invasión
mercenaria de Playa Girón, el 17 de abril de 1961, derrotada en
menos de 72 horas, y la
Crisis de Octubre (1962), provocada por la instalación de
cohetes nucleares soviéticos en territorio cubano, acorde con el
legítimo derecho de la pequeña nación a defenderse y de la Unión de
Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) a buscar un mejor
equilibrio de fuerzas frente a la agresiva escalada estadounidense.
Aunque la URSS manejó a espaldas de Cuba la
crisis, y su actitud menoscabó la línea de principios asumida por la
dirección de la Revolución, el heroísmo del pueblo cubano evitó la
hecatombe y posibilitó seguir construyendo el socialismo en esta
parte del Hemisferio Occidental.
Decepcionados por la
humillante derrota en Playa Girón, Kennedy y sus
seguidores urdieron de inmediato la Operación Mangosta, que incluyó
entre sus alternativas el apoyo a las bandas alzadas en las
centrales montañas del Escambray y otras regiones, y el respaldo
material, político y logístico a numerosos grupos clandestinos que
actuaban en las ciudades, protagonistas, unas y otros, de horrendos
crímenes contra la población civil.
Siguiendo su habitual, prepotente y agresivo
proceder, el 31 de enero de 1962 Washington logró expulsar a Cuba de
la Organización de Estados Americanos (OEA), felonía que halló la
solitaria y honrosa oposición de México. Poco después, el 7 de
febrero, el todopoderoso imperio decretó el bloqueo económico,
comercial y financiero, bajo el cual han nacido siete de cada 10
cubanos que hoy habitamos la patria.
Irrefutables datos demuestran que el bloqueo ha
causado inauditos sufrimientos a la población cubana, incluida la
pérdida de miles de vidas humanas y más de 203 mil millones de
dólares en recursos financieros y materiales.
Elemento perturbador de las relaciones
bilaterales ha sido, desde hace más de un siglo, la ya mencionada
ilegal posesión e imposición de la
Base Naval de Guantánamo, foco de permanentes conflictos
y escenario de actos agresivos tan graves como el asesinato de los
soldados cubanos Ramón López Peña, el 19 de julio de 1964, y Luis
Ramírez López, el 21 de mayo de 1966.
Es verdad que hubo un momento de cierta
distensión en los vínculos recíprocos entre los dos países, después
del ascenso del demócrata James Carter a la presidencia de su nación
(1977-1981), pero esas positivas señales se apagaron con bastante
rapidez, pues en sus dos últimos años dicha Administración retornó a
la “línea dura”, e incluso sentó las bases para las posteriores
campañas difamatorias acerca de la supuesta violación de los
derechos humanos en Cuba.
Cumpliendo al pie de la letra el Informe o
Programa de Santa Fe, elaborado en mayo de 1980, el gobierno de
Ronald Wilson Reagan (1981-1989) asumió posiciones ultraderechistas,
que si no llevaron a la agresión armada directa contra la Isla fue
porque nuestro pueblo no descuidó ni un ápice su defensa, y aún la
existencia del socialismo en Europa Oriental y la vitalidad de la
Unión Soviética actuaban como factores de distensión en las
relaciones internacionales.
Junto a la intensificación de las amenazas en
el plano militar, Reagan y su equipo incrementaron las maniobras
políticas y diplomáticas, y avivaron las presiones sicológicas e
ideológicas contra su odiada vecina.
Fruto de esa estrategia, en octubre de 1983 se
firmó la Ley de Transmisiones Radiales hacia Cuba, la cual permitió
que el 20 de mayo de 1985 saliera al aire la mal llamada Radio
Martí, en franca violación del espacio radioelectrónico cubano y de
las regulaciones internacionales al respecto.
Se trata de una emisora gubernamental dirigida
a inmiscuirse en los asuntos internos de Cuba y subvertir el orden y
el sistema político vigente en el país, refrendado por más del 90
por ciento de la ciudadanía.
Sordo a la razón, ya con George Bush padre en
el poder (1989-1993), el gobierno norteamericano intensificó aún más
su campaña diversiva en detrimento de la soberanía cubana, al poner
en marcha, el 27 de marzo de 1990, la TV Martí, acto igualmente
violatorio del derecho internacional.
Tras la caída del socialismo europeo y la
desintegración de la Unión Soviética, a principios de los años 90,
la mayoría de los enemigos de Cuba esperaban el inminente colapso de
la Revolución. Algunos incluso tienen desde entonces preparado el
equipaje para el retorno a la patria que un día abandonaron.
Pero pese a haber perdido las justas relaciones
de intercambio con el campo socialista, los socios con los cuales
realizaba el 85 por ciento de su comercio bilateral y todas las
fuentes de financiamiento, y no obstante la caída en más de un
tercio de su producto interno bruto, Cuba no solo resistió, sino que
avanzó y se desarrolló en áreas tan vitales como la biotecnología,
el turismo, la industria médico-farmacéutica y otros sectores,
mientras aumentaba su capacidad y disposición combativas.
Muchos pensaron que con la llegada a la Casa
Blanca de William Jefferson Clinton (1993-2000) el diferendo Estados
Unidos-Cuba adquiriría matices más positivos. Sin embargo los
habitantes de la Isla hemos adquirido una cultura política gracias a
la cual, y a nuestra larga experiencia, hemos aprendido que el
bloqueo y demás medidas agresivas responden a un sistema sumamente
complejo, cuya modificación escapa a la buena voluntad de cualquier
presidente.
Sabemos más los cubanos: y es que tampoco
ninguno de los 11 mandatarios estadounidenses electos desde el
triunfo de la Revolución hasta ahora ha demostrado suficiente
entereza y voluntad política respecto a la normalización de las
relaciones con Cuba.
Dicho en el más criollo argot, George
Washington Bush (2000-2008), cual buen hijo de papá, “le puso la
tapa al pomo”. Tomando como pretexto el condenable atentado del 11
de septiembre de 2001 a las Torres Gemelas y otros objetivos
ubicados en su país, el “autoiluminado” señor decretó una cruzada
“antiterrorista” contra numerosos países, incluida por supuesto
Cuba.
Embriagado de poder, Bush hijo llevó a su gran
potencia a la guerra con Afganistán e Iraq, conflictos que al cabo
de los años siguen sin mostrar perspectivas de triunfo, y sí por el
contrario presagian un total fracaso.
Sobre tales injustas y erróneas concepciones,
el actual presidente cubano, General de Ejército
Raúl Castro Ruz, en ocasión del aniversario 50 del
desembarco del yate Granma y Día de las Fuerzas Armadas
Revolucionarias (FAR), dijo el 2 de diciembre de 2006:
A los ojos de todo el
mundo, la llamada "cruzada contra el terrorismo" se encamina
inexorablemente a una derrota humillante.
El pueblo
norteamericano, al igual que hizo en Vietnam, pondrá fin a estas
guerras injustas y criminales. Esperamos que las autoridades de los
Estados Unidos aprendan la lección de que la guerra no es la
solución a los crecientes problemas del planeta; que proclamar el
derecho de atacar irresponsablemente a "sesenta o más oscuros
rincones" del mundo, aún cuando ya están empantanados en dos de
ellos, hace más complejas y profundas las diferencias con el resto
de los países; que el poder basado en la intimidación y el terror no
pasará nunca de ser una ilusión efímera y sus terribles
consecuencias para los pueblos, incluyendo el norteamericano, están
a la vista. 6
Otra de las
bárbaras atrocidades cometidas por la Casa Blanca contra Cuba es
permitir que aún permanezcan en cárceles de aquel país
cinco antiterroristas cubanos que se jugaron sus vidas
para proteger las de sus compatriotas y las de todos los
norteamericanos, al penetrar los grupos mafiosos que en Miami
organizan toda suerte de agresiones físicas a quienes busquen un
acercamiento entre ambas naciones.
Privados de
derechos tan elementales como el de recibir algunos la visita de sus
más cercanos familiares, Gerardo Hernández, René González, Ramón
Labañino, Antonio Guerrero y Fernando González (Los Cinco), están
pagando la prepotencia del imperio, que ve frustrado su empeño de
acabar con la Revolución cubana.
No existe razón
alguna para falsas ilusiones. Barack Obama, con todo y ser el primer
presidente negro en la historia de los Estados Unidos, no obstante
su educación dentro de los cánones de la religión musulmana, aparte
de sus aparentes virtudes éticas en lo personal y familiar, sus
autoproclamadas “buenas intenciones” y
su increíble Premio Nobel de la Paz, tampoco hace nada
realmente convincente para solucionar el diferendo de su país con la
nación cubana.
¿Qué hará Cuba por
su parte? Al respecto, Raúl Castro afirmó:
(…) estamos dispuestos
a esperar pacientemente el momento en que se imponga el sentido
común en la conducta de los círculos del poder en Washington.
Con independencia de
ello, proseguiremos consolidando la invulnerabilidad militar de la
nación sobre la base de la concepción estratégica de la Guerra de
Todo el Pueblo, cuya planificación e introducción iniciamos hace 25
años. Este tipo de guerra popular, como ya se ha demostrado de modo
reiterado en la historia contemporánea, es sencillamente imbatible.
Continuaremos elevando
la preparación y cohesión combativa de las tropas regulares y sus
reservas, de las Milicias de Tropas Territoriales, las Brigadas de
Producción y Defensa y los demás elementos del dispositivo defensivo
territorial, incluyendo las estructuras partidistas, estatales y
gubernamentales en todos los niveles. Seguiremos acondicionando el
Teatro de Operaciones Militares a la vez que desarrollamos las
comunicaciones y la modernización de los medios de combate como vía
para elevar sus cualidades combativas y hacerlas corresponder con el
empleo previsto en caso de una agresión.
Preservaremos, al
precio que sea necesario, la libertad del pueblo cubano y la
independencia y soberanía de la Patria. 7