Educación

En La lomita de la EIDE

La lomita de la EIDELas Tunas.- El año 1990 fue esencial en la vida de Rosa Pilar Alonso Fernández: fue en este entonces que subió por primera vez la lomita de la Escuela de Iniciación Deportiva (EIDE).

Desde ese entonces su vida ha dejado de ser efímera y, de cierta forma, normal, y sus días han pasado a componer una hermosa y agridulce novela llena de matices y de variadas historias.

«Ahora me cuesta trabajo creer que yo llegué a la EIDE haciendo resistencia. A mi esposo, Manuel Moro Cruz, lo mandaron a dirigir esta escuela cuando la inauguraron, él fue el primer director, y me pidió que viniera con él para que lo ayudara en la secretaría.

«Mi firmeza ante la idea de venir a trabaja para acá era por dos razones fundamentales: una era la lejanía del lugar que está en las afueras de la ciudad y otra eran mis dos hijas, que estaban pequeñas.

«Soy licenciada en Física y Astronomía y trabajé muchos años dando clases de la asignatura; pero en una ocasión a mi esposo lo mandaron a dirigir la escuela Reynaldo Bermúdez, me lleva como secretaria y me gustó esta labor».

¿Entonces ustedes son fundadores de la EIDE?

 «Si, nosotros fuimos de los que acomodamos almacenes, aulas, recogimos piedras, limpiamos telas de araña cuando aún esta institución no había abierto sus puertas por primera vez».

Según tengo entendido su esposo duró poco tiempo como director, ¿por qué usted no decide irse con él?

«Por una simple razón: me quedé enamorada del deporte.

«En este tipo de escuelas hay mucha diversidad de niños. Hace 28 años atrás, los pequeños que tocaban mi puerta no tenían una buena educación, ni un buen nivel de aprendizaje.

«Muchos venían cargados de problemas familiares sobre sus hombros, de abandonos de mamás o papás; otros venían muy pobrecitos y entre entrenadores y profesores les traíamos ropitas o recogíamos dinero para comprarles zapatos.

«Inevitablemente yo me empapaba con cada historia, porque siempre he sido quien los matricula, quien les llena el expediente, venía de dónde venían, cuáles eran sus características y me fui apegando a ellos».

¿Acaso es eso lo que más te gusta de esta labor?

 «Si, en verdad creo que gran parte del amor que le tengo a mi labor radica en eso. Sufro, a veces mi alma llora; pero muchas otras veces veo en mis manos la posibilidad de ayudarlos, por lo menos encaminarlos en su vida.

«En ocasiones llego a mi casa desesperada, y al conversar con mi esposo siempre me aconseja dejar los problemas en el trabajo; sin embargo me resulta casi imposible y estoy poniendo mi cabeza en la almohada y aún pensando en la historia nueva que conocí».

¿Está usted en edad de retiro?

 «En realidad yo hace un año estoy jubilada».

¿Y está enferma también?

 «Si, tengo una rodilla que no me acompaña, uso bastón por ella. He estado sometida a tres operaciones y nada que se me arregla».

¿Y por qué no decides descansar y dejar a un lado el trabajo?

 «Porque lo he intentado, pero no puedo. Yo sinceramente no concibo mi vida, sin subir la lomita de la EIDE».

Pilar no pudo hablar más. Voz cortada, lágrimas brotaron de sus ojos. Quitó sus espejuelos para secar las lágrimas. Me miró triste. En el fondo sabe que nada puede contra el paso de los años y que dentro de muy poco, quizás, deba dejar a un lado la labor que la hace vivir y dedicarse a sus nietos, a su familia, a cuidar de su salud.

Esos niños que un día ayudó, serán los protagonistas de su historia. Volverá a ellos una y otra vez para darle a su vida la magia que la hace fuerte. O ellos irán a la casa de ella a contarle sus triunfos, darle un beso y las gracias.

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