Fidel: crónica de una crónica inacabada
Opinión

Fidel: crónica de una crónica inacabada

Fidel: crónica de una crónica inacabadaDesde hace un año, cuando Fidel hizo el viaje hacia la inmortalidad, me propongo escribirle una crónica. Pero acaso no lo logro. Fidel no cabe en ninguna. No en las  edulcorantes. No en las míticas. No en las desconsoladas. No en las legendarias. Incluso, no en las mejores crónicas.

La muerte de Fidel fue la crónica de una muerte anunciada por todos los medios. En la fría Siberia, en el árido Sahara, en el abrupto Himalaya, en la lejana Australia, en la solitaria Pampa, en la populosa India, en el milenario Egipto, en la adelantada Europa.

Los más consagrados periodistas de todas las latitudes repetían, desconcertados, en una misma oración las palabras «muerte» y «Fidel», como si los demás vocablos se hubiesen borrado de un solo golpe del diccionario, como si no hubiese nada ni nadie más por quién escribir.

Yerran quienes piensan haber terminado una crónica fidelista. Solo el paso indetenible del tiempo, solo la ausencia y el dolor por extrañarlo, consumarán la verdadera crónica de Fidel. Y tendríamos que sobrevivir al desfile de siglos y más siglos para palpar la constante reedición de su historia.

Ahora el almanaque se empeña en recordarnos su partida. Pero no lloremos. Celebremos por haber sido sus contemporáneos. Que lloren aquellos que no lo conocerán.


Que lloren los que vendrán a esta tierra sin compartir el tiempo de Fidel.

Que lloren aquellos que mañana leerán o escucharán estas crónicas.

Que lloren los padres del futuro cuando escuchen ese nombre de leyenda, y lo pondrán a sus hijos, y lo llevarán sus nietos, y se repetirá generación tras generación, y será más duradero que el mismísimo tiempo.

Que lloren aquellos que tal vez tendrán mucho que ostentar, pero no tendrán la suerte de haber sobrevivido con tantas carencias y con tanta dignidad en la Cuba del período especial. Porque, en esos durísimos años, Fidel nos enseñó que por nuestra calidad humana éramos invencibles. Y resurgimos con más fuerzas, con más decoro, con más vergüenza.

Que lloren quienes, por muy glorioso que sea el triunfo deportivo, no podrán dedicarle sus medallas. Porque Fidel inspiraba un jonrón con las bases llenas, un gran salto a la altura del monte Olimpo, un fulminante remate por encima del más alto bloqueo, un gancho de nokao, un ippon de victoria.

Que lloren quienes no escucharán en vivo sus larguísimos discursos y tendrán que conformarse con frías y resumidas grabaciones. Que lloren los que resistirán en casas sumamente fortificadas el embate de huracanes, pero no recibirán la visita fraternal de Fidel ni escucharán de sus consejos para levantar los cultivos.

Que lloren ellos, que en las postreras eras querrán escribirle una crónica pero, desesperados, fracasarán porque tendrán que imaginarlo sin conocerlo. Lo magnificarán como a un Dios sin acercarse siquiera a la verdadera índole y sumamente especial aura humana que lo cubrían.

Nosotros, no. Nosotros, que sí lo conocimos, hoy podemos testificar la naturaleza de su persona. Nosotros, aunque queramos, no debemos llorar. Debemos tragarnos el dolor que nos desgarra por dentro, porqué él nos enseñó a ser fuertes. Debemos apretar las gargantas y no dejar que se escape el sollozo.  Debemos disimular las lágrimas, aunque los párpados exploten.

Mi crónica, como no es una crónica acabada, se empeña en no terminar. En no poner el punto final. En no claudicar. Mi crónica solicita esgrimir una sonrisa, imaginarlo vivo, recordarlo como siempre fue: indeteniblemente alegre. (Vismar Pupo Martínez, ACN)

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