Las Tunas, Cuba. Lunes 18 de Diciembre de 2017
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Mi Fidel, nuestro Fidel

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Mi Fidel, nuestro Fidel

Desde niña aprendí a querer a Fidel, era algo inconsciente, intuitivo, siempre le decía a mi padre qué grande tú eres papá, y él me explicaba, mira mi cielo, yo soy un hombre alto, el grande es Fidel.

Yo lo recordaba vagamente vestido de verde olivo junto a un grupo de rebeldes barbudos, cuando pasaron en camiones por mi barrio en El Caney al triunfo de la Revolución, en enero de 1959, y la algarabía del pueblo por la victoria, todo el mundo quería abrazarlo o, aunque fuera, tocarle las manos.

Después escogí la carrera de Periodismo para ser cronista de mi tiempo, y qué tiempo tan hermoso me tocó vivir y reseñar; una elección que me dio la oportunidad única de estar cerca de él en innumerables ocasiones.

La que me marcó para siempre fue la del 11 de marzo de 1978, cuando él encendió la Llama Eterna que arde en honor a los héroes y mártires del II Frente Oriental Frank País, en la provincia de Santiago de Cuba.

Era el aniversario 20 de la creación del frente guerrillero que comandó el entonces Comandante Raúl Castro en la época de la guerra de liberación nacional, y Fidel habló y la gente de allí tan patriota, tan revolucionaria, no cabía del orgullo.

 Tuve la alta responsabilidad de atender esa cobertura y también el recorrido del Comandante en Jefe y los demás dirigentes de la Revolución por instalaciones de ese municipio, como el Palacio de Pioneros, ciento por ciento obra de la Revolución.

Me escogieron para reseñar el recorrido, en mi condición de santiaguera, y yo estaba entre feliz y nerviosa; el fotógrafo del periódico Granma, escogido también, me decía: «Hoy es un día grande para ti» y en verdad lo fue, apenas me había graduado unos meses antes. Era mi primera gran oportunidad de lucirme en el reporte periodístico y lo logré, hasta me felicitaron.

Después tuve otro tremendo privilegio profesional: me seleccionaron para la cobertura del centenario de la viril Protesta de Baraguá, el 15 de marzo de 1978, en el mismo escenario de los hechos cuando la hidalguía e intransigencia revolucionaria de Cuba brilló en lo más alto en la voz de Antonio Maceo. Y aquel discurso patriótico de Fidel y yo dichosa reportando.

Así se sucedieron vivencias junto al Líder con delegaciones de alto nivel que visitaban la ciudad de Santiago de Cuba, que acrecentó su gloria cuando el primero de enero de 1984 Fidel le entregó el Título Honorífico de Héroe de la República de Cuba y la Orden Antonio Maceo, y todo el mundo quería visitar la legendaria urbe.  Y qué honor poder estar allí como testigo.

En aquellos años Fidel inauguró muchas obras en esta tierra oriental, varias de las cuales tuve la oportunidad de reseñar, además de aniversarios del asalto al Cuartel Moncada,  atacado el 26 de julio de 1953 por un grupo de jóvenes corajudos dirigidos por él.

Recuerdo, especialmente,  sus palabras tan emocionantes para Santiago y su rica historia en un aniversario del triunfo de la Revolución, celebrado en el propio corazón de la ciudad en el emblemático Parque Céspedes, desde donde se dirigió al pueblo para proclamar la victoria el Primero de Enero.

Durante los años 1986 y 1987, cuando La Habana se convirtió en un laboratorio de la Revolución, dicho así por el propio Fidel, yo tuve la suerte de estar trabajando en la sede central de la  Agencia de Información Nacional, ahora Agencia Cubana de Noticias, en la capital de la Isla. Y de qué manera aproveché esa coyuntura.

Así estuve en diversos encuentros de él con intelectuales, médicos de la familia, constructores, en inauguraciones de obras, visitas a distintos sitios; a veces ni la propia dirección de la Agencia sabía que donde yo estaba había llegado Fidel, y yo llamaba, no se preocupen estoy aquí y ya se sabía que tendríamos la noticia, pues muchas veces él iba a los lugares sorpresivamente.

Hay otros momentos que no puedo olvidar como delegada  a tres Congresos de la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC), el quinto, séptimo y octavo, y lo más importante: con la dicha de tener su aleccionadora presencia en los dos primeros, ya en el octavo él se había enfermado y nos acompañó Raúl.

Visionario al fin, estratega al fin, Fidel nos había dicho despuésdel séptimo que los delegados e invitados nos reuniríamos con él cada seis meses, en una especie de pleno ampliado de la UPEC, ya que no sabía si para el próximo Congreso (el octavo) estaría con lucidez suficiente, en condiciones de estar con nosotros, y así fue.

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Sobre todo su compañía en el Séptimo Congreso, en marzo de 1999, fue verdaderamente histórica, eran tres días de sesiones y a propuesta suya se extendieron a cinco, pues decía que necesitaba conspirar con nosotros sobre muchas ideas para perfeccionar nuestra obra, nuestro proyecto social.

Ese evento concluyó con la visita a la Escuela Latinoamericana de Medicina, él tenía un interés especial  en que los periodistas se acercaran a esa gigantesca obra, ejemplo de la solidaridad de Cuba, y para mí resultó, además, una demostración de la dimensión humana de este inmenso hombre.

También nos pidió con la modestia que lo caracterizaba que quería que lo consideráramos un periodista más en las filas de la UPEC,   y con qué orgullo lo aceptamos con un aplauso que tronó en el Palacio de Convenciones.

Y realmente, él constituyó un extraordinario periodista, lo demostró siempre y en los últimos años de su vida, cuando había renunciado a la dirección del país por su salud resquebrajada, hacía esas excelentes Reflexiones que nos quedan para la historia de Cuba como una lección permanente.

Lo sentí bien cerca al invitarnos a una Tribuna Abierta, en el Palacio de Convenciones,  en La Habana, en enero de 2000 por la liberación del niño Elián, también a la inauguración del Amadeo Roldán, reconstruido luego de ser prácticamente quemado, y de las instalaciones de Bellas Artes, en la Habana Vieja, en ese afán suyo por cimentar una cultura general integral en el pueblo.

En 2016, cuando tuve la triste misión de testimoniar el dolor del pueblo santiaguero ante su desaparición física, ese aciago 25 de noviembre, me quedó el consuelo de haber tenido mi propio Fidel, ese que cada cubano tiene muy cerca del corazón, donde se conservan los hechos más sagrados y los seres más queridos. (Aída Quintero Dip, ACN)

/tme/

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