Las Tunas, Cuba. Lunes 23 de Octubre de 2017
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Che Guevara y el fracaso de sus asesinos

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 Che Guevara y el fracaso de sus asesinos«¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!»,  con estas palabras recibió Ernesto Guevara a su asesino  el Sargento Jaime Terán, según su propio testimonio,  en la escuelita de La Higuera, Vallegrande,  Bolivia, al mediodía del nueve de octubre de 1967, cuando el militar borracho e incapaz de mirarle a los ojos le  disparó una ráfaga que extendió su agonía hasta que otro militar criminal lo remató.

Previamente fueron asesinados en esa jornada los sobrevivientes  de la guerrilla: el peruano Juan Pablo Chang y  los bolivianos Simeón Cubas y Aniceto Reinaga, por los cuales en sus últimos segundos de vida su entrañable jefe se preocupó y le preguntó a Terán por ellos. Al conocer que murieron con honor, dijo: «¡Eran unos valientes!», según testimonio mencionado.

La suerte del Che, al quedar cercado en la quebrada del Yuro en Vallegrande, tuvo mucho que ver con su alto sentido de responsabilidad y altruismo, ya que al llegar a la zona perseguido  por el ejército y  con varios  enfermos que no se podían mover con rapidez les ordenó que siguieran, mientras él  decidió quedarse con un pequeño grupo para aguantar al ejército que lo rodeó y selló su suerte, según cuenta  Harry Villegas (Pombo), uno de los sobrevivientes de la gesta.

El Comandante en Jefe al hablar de los últimos instantes de vida de su entrañable compañero expresó: «Las horas finales de su existencia en poder de sus despreciables enemigos tienen que haber sido muy amargas para él; pero ningún hombre mejor preparado que el Che para enfrentarse a semejante prueba».

La muerte del Guerrillero Heroico como una solución para acabar con sus ideas -algo  practicado durante toda la historia por los regímenes opresores-,  era  también un método  compartido en  la Casa Blanca. En esos días  Walt Rostow, asesor de Seguridad Nacional  del  presidente estadounidense Lyndon Johnson, escribió  que la muerte del Che marca la desaparición de otro de los agresivos revolucionarios románticos y que (…) En el contexto latinoamericano, tendrá un gran impacto en descorazonar futuros guerrilleros».

Según investigaciones realizadas, la orden de ejecutar al Comandante Guevara y sus compañeros la recibió el dictador boliviano Rene Barrientos del embajador norteamericano  Douglas Henderson, y fue preparada minuciosamente por la jerarquía militar por temor a que el líder revolucionario  convirtiera un posible juicio en tribuna si lo dejaban vivo y como  escarmiento a los revolucionarios del mundo.

La indicación final  viajó de La Paz a Vallegrande en forma de mensaje de radio codificado al agente de la CIA de origen cubano Félix Rodríguez Mendigutía, encargado de dirigir las acciones  contra la guerrilla en el teatro de operaciones de Bolivia y quien organizaría los asesinatos de La Higuera.

El verdugo, quien vive  actualmente protegido por el  gobierno estadounidense en Miami como  miembro destacado de la mafia cubano-americana, se ufana de su participación en estos hechos y  confesó a la revista española Cambio 16, edición del 18 de diciembre de 1998: «Salí y mandé a Terán que cumpliera la orden. Le dije que le disparara por debajo del cuello, pues tenía que parecer muerto en combate».

Para completar la imposible tarea de eliminar con su muerte su  causa y con temor inclusive a que su tumba se convierta en sitio de veneración, su cadáver junto con los de sus compañeros fueron desaparecidos y se divulgaron las más disimiles versiones, incluyendo  que sus restos habían sido incinerados y sus cenizas esparcidas al viento.

En su honor, el poeta Nicolás Guillen escribió en los días en que el pueblo cubano conoció la triste noticia  su antológico poema Che Comandante, en el cual prefiguró la esperanza de que  un día sus sagrados restos serían objeto de culto revolucionario.

«Y no porque te quemen/, porque te disimulen bajo tierra/, porque te escondan, en cementerio, bosques, páramos, van a impedir que te encontremos/, Che Comandante/, amigo».

En ocasión de la llegada de sus restos en 1997 y de algunos de sus compañeros, tras ser hallados,  y su posterior inhumación,  el Comandante en Jefe  definió el fracaso de los asesinos del Che por borrar su huella y legado en la historia.

«Los interesados en eliminarlo y desaparecerlo no eran capaces de comprender que su huella imborrable estaba ya en la historia y su mirada luminosa de profeta se convertiría en un símbolo para todos los pobres de este planeta, que son miles de millones. Jóvenes, niños, ancianos, hombres y mujeres que supieron de él, las personas honestas de toda la tierra, independientemente de su origen social, lo admiran».

A 50 años de su muerte, el Che sigue irradiando luz de aurora. (Jorge Wejebe Cobo, ACN)

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