Las Tunas, Cuba. Viernes 20 de Julio de 2018
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Proteger a los niños es salvar el futuro

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Proteger a los niños es salvar el futuro

Los días de intenso calor del mes de julio se convierten en celebración y asueto para los estudiantes cubanos, quienes disfrutan de sus vacaciones en plena etapa estival para bien de los que prefieren la playa y el campismo.

Viajes a otras provincias, el contacto con la naturaleza, visitas a familiares y amigos, lecturas inolvidables, los Joven Club de Computación, los centros de turismo o instituciones culturales acaparan la atención de todos, con opciones hasta para los gustos más exigentes.

Es julio: la mayoría de los niños y jóvenes cubanos descansa de las horas de estudio intenso con el fin de obtener notas excelentes o la carrera anhelada.

En tanto, los infantes de países del Tercer Mundo e inmersos en conflictos bélicos sufren por hambre y miseria; se ven obligados a hacer trabajos forzados o a prostituirse; centenares de ellos son víctimas de las bombas que aviones inmisericordes dejan caer en escuelas u hospitales; otros no pueden vencer la malnutrición, la falta de agua potable, y mueren pronto, como si se propusieran alejarse de un lugar tan nefasto.  

Hace pocos días el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, (UNICEF), alertó que miles de niños requieren protección y asistencia médica y psicológica luego de la ofensiva contra el grupo terrorista Estado Islámico en la ciudad iraquí de Mosul. 

La información -una entre muchas sobre el mismo tema: la guerra- deja un sabor amargo en la boca, sobre todo porque se trata de una realidad que afecta a varios países, díganse Afganistán, Siria, Yemen, Somalia, Sudán del Sur, Nigeria… la lista, tristemente, es demasiado larga.

Solo en Oriente Medio se han visto afectados por los conflictos armados más de 14 millones de menores que, agobiados por la destrucción y el temor a la muerte, deciden abandonar su lugar de origen en busca de zonas adonde no llegue la guerra.

De esta suerte, son los niños y niñas los principales protagonistas de la migración, un fenómeno que ha alcanzado niveles insospechados en los últimos años.

Según un informe de UNICEF, el número de niños refugiados y migrantes que viajan solos por el mundo casi se ha quintuplicado desde 2010. Por lo menos 300 mil niños no acompañados o separados fueron registrados en 80 países en 2015 y 2016, frente a los 66 mil entre 2010 y 2011. 

Y son los niños migrantes los más propensos a caer en manos de traficantes, contrabandistas y bandidos de todo tipo que se dedican a explotarlos, los venden como esclavos, los maltratan y en muchos casos los utilizan como juguetes sexuales.

En Yemen, a la guerra interna y la pérdida de prácticamente todo el comercio y la actividad agrícola, se suma la epidemia de cólera, la mayor conocida en nuestros días. La guerra por un lado y la falta de un programa de salud capaz de detenerla por otro: el ambiente es propicio para que la epidemia crezca y siembre la muerte a una velocidad increíble. En cualquier caso, los infantes llevan la peor parte.

Los niños soldados son una derivación de la guerra. Nadie ignora ya que alrededor de 250 mil niños en el mundo se ven obligados a luchar por su vida. Se abusa de ellos, matan y mueren.

Sobre el tema de los pequeños combatientes, la ONU se ha manifestado en múltiples ocasiones y existen acuerdos que prohíben su uso, no importa del bando que sean: del gobierno, de los insurgentes o terroristas.

En Nigeria, Boko Haram los utiliza además como esclavos sexuales o escudos humanos y también en ataques suicidas.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) trabajan por contrarrestar esta situación. Sus llamados de atención a los gobiernos, informes y recomendaciones pretenden garantizar a los infantes seguridad y bienestar, pero la realidad es que no se puede lograr mucho ante la dimensión de los problemas que enfrentan. 

Lo peor es pensar en lo difícil que resultará el regreso de estos niños a ser personas corrientes, si los traumas causados por la guerra, el abandono, la desconfianza estarán presentes más allá de la voluntad propia y de quienes pretendan encauzarlos en un ambiente favorecedor, de paz y prosperidad.

¿Cómo evitar tras largos años de conflagración que esos niños usen armas para sentirse más fuertes y protegidos? ¿Cómo pretender que se acabe la guerra y todo vuelva a la normalidad?

Pasarán los años y varias generaciones adelante recordarán los días en que el miedo a perecer era la primera sensación al despertar y el último pensamiento antes de quedar dormidos, cuando podían hacerlo.

Cada día les devolverá la imagen del ser querido destrozado por los proyectiles enemigos, o la vez aquella en que se vieron obligados a disparar a sangre fría a la cabeza del enemigo, solo para cumplir una orden.

Será tarea ardua y lenta borrar las secuelas de la guerra, y para lograrlo los gobiernos de los países afectados tendrán que garantizar a los pequeños educación, salud, alimentos, la posibilidad de conseguir un empleo cuando les llegue el momento de trabajar.

Las ciudades serán reconstruidas, los edificios y el patrimonio cultural e histórico quizás se restauren en un tiempo más o menos largo; pero la estabilidad emocional de los menores que hoy juegan a la guerra junto a los adultos, su inocencia y felicidad ya no volverán jamás.  

Se impone no cejar en el empeño, porque sobre los hombros de esas criaturas signadas por el dolor, la miseria y la muerte recae el futuro del mundo.

/MDN/

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Sobre Rosa María García Vargas

Periodista. Graduada de Letras en la Universidad de Oriente. Se desarrolló como especialista del Grupo Metodológico del Sistema de Radio en la provincia de Las Tunas. Directora del noticiero Impacto de Radio Victoria por varios años. Se desempeña como redactora de los Servicios Informativos de esta emisora. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba. @RosaMaraGarca

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