Las Tunas, Cuba. Lunes 23 de Octubre de 2017
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El ruido que nos rodea…

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Las Tunas.- Mi barrio es como cualquiera, con gente servicial y atenta, niños intranquilos que juegan en medio de la calle y adolescentes y jóvenes apasionados por el reggaetón… no es el más tranquilo ni el mejor; tiene ruido y resume la cultura y hábitos acumulados por la población de una pequeña ciudad con aspiraciones de gran urbe.

Para un día normal se escuchan las conversaciones de una acera a la otra entre vecinas; alguien vocea a un vendedor que da la espalda y se aleja en sentido contrario o el ladrido de un perro llega a ser semejante a un taladro en el oído.

No importa la hora ni el motivo: el ruido se enseñorea en el ambiente y llega a ser compañero natural de quienes permanecen en casa.

Así las cosas, no hay momento para el descanso que no sea interrumpido por un grito, un concierto de ladridos, el abuso innecesario de un claxon o el motor insistente de un carro parqueado en espera de alguien.  

Pero, ruido no habrá suficiente hasta que algún contento celebre su cumpleaños o simplemente su deseo de vivir, entonces la música será protagonista de la peor manera posible: penetrará en sus oídos y le hará olvidar las delicias que provocan las notas musicales bien interpretadas y a niveles permisibles para el organismo humano, entonces se producirá el efecto contrario en quienes no están de fiesta y se ven obligados a escuchar el escándalo.

La madrugada, rota por la música grabada, particular o del Estado, puede ser interminable, desesperante cuando sus vecinos celebran, y no está mal que se alegren de vez en cuando, solo que para hacerlo molestan a los demás.

Las fiestas populares también forman parte del entramado del ruido martillando en la cabeza de aquellos que solo quieren dormir porque al día siguiente deben tirarse temprano para ir a trabajar.

La tarima del carnaval se convierte en suplicio cuando hay una orquesta en vivo, lo mismo si el sonidista decide que el reggaetón es lo mejor para bailar, y que se disfruta más si el equipo de audio revienta por lo alto que difunde su arsenal de groserías y vulgaridades.    

Los expertos establecieron como límite aceptable del ruido 65 decibelios. Este grado se alcanza, por ejemplo, en el ambiente cotidiano y disciplinado de una oficina. En cuanto a los hogares, 35 decibelios durante el día y 30 en la noche.

Nada que ver con la tormenta sonora descrita antes. Y aunque usted se sienta maltratado, en la mayoría de los casos no se anima a protestar, porque ¿cómo decirle al vecino que gusta del alto volumen de su equipo de música que debe bajarlo?

Interesante contradicción: un mismo sonido puede ser diversión para unos y ruidos para otros. Por tanto, en algunos casos deviene problema subjetivo.

Sin embargo, los especialistas establecen el ruido como efecto acumulativo negativo sobre la salud, culpable de causar hipertensión arterial, incidencia de accidentes cardiovasculares, alteraciones digestivas, entre otras dolencias.

Los otorrinolaringólogos, se pronuncian contra el daño sobre la salud auditiva con los siguientes resultados: hipoacusia, trauma acústico y acúfenos. En cuanto a los psicólogos, argumentan: estrés, dificultades para la comunicación oral, trastornos del aprendizaje y pérdida de la concentración.

Por su parte, las directrices marcadas por la Organización Mundial de la Salud, OMS, sobre la agresión auditiva, plantean: «El ruido puede llegar a representar un factor psicopatógeno y una fuente permanente de perturbación de la calidad de vida de los ciudadanos».

Para evitar sus efectos lo primero es combatir sus ataques y para ello hay que enfrentar a sus causantes. Claro, se debe insistir en la educación de las personas sobre el tema, pero la realidad es que existen regulaciones jurídicas para los transgresores del sonido, tanto en viviendas, en la calle o industrias.

Si usted se decide por el diálogo amistoso, entonces deberá recurrir a los argumentos y la reflexión sobre los perjuicios que puede ocasionar el ruido. Con suerte, el «culpable» sea de aquellas personas que ignora las consecuencias de sus actos y decida transigir. Pero, si no, aún le queda la opción de denunciar al infractor y acudir a lo establecido por la ley. 

Los cubanos y las cubanas tenemos fama bien ganada de ruidosos, expresivos y gritones, razón de más para cuidar la salud propia y la de quienes nos rodean evitando las afectaciones que causan los ruidos y protegiendo al medio ambiente.

/YDV/

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Sobre Rosa María García Vargas

Periodista. Graduada de Letras en la Universidad de Oriente. Se desarrolló como especialista del Grupo Metodológico del Sistema de Radio en la provincia de Las Tunas. Directora del noticiero Impacto de Radio Victoria por varios años. Se desempeña como redactora de los Servicios Informativos de esta emisora. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba. @RosaMaraGarca

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