Las Tunas, Cuba. Lunes 21 de Agosto de 2017
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Domingo Urrutia: un jonrón con las bases llenas

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Domingo Urrutia: un jonrón con las bases llenas

Foto: Yaciel Peña- ACN

Las Tunas.- Una hernia inguinal, el brazo derecho con poca movilidad y una lesión en la columna  vertebral, que lo obliga a caminar muy encorvado, son las huellas visibles en Domingo Urrutia, un hombre que, aun así, no se rinde y desafía los obstáculos para mantener en alto su voluntad y la grandeza de su corazón.

«La columna me doblega, pero no el trabajo, siempre encuentro algo para  ser útil y no dejarme arrastrar por el almanaque».

Esta cita del caballero de marras induce a pensar en Francisca, el personaje célebre de un cuento de Onelio Jorge Cardoso, quien al preguntársele cuándo iba a morir, respondió: «Nunca, siempre hay algo que hacer».

Fui a entrevistarlo en una mañana de abril con el cielo encapotado, ideal para trabajar a la intemperie, sin ser castigado por los rayos solares. Pero al llegar al portal, donde reposaban un machete, un azadón y un par de botas, sospeché que ese día no había ido a su pequeño conuco, distante unos 50 metros de su casa, en el reparto La Victoria, de la ciudad de Las Tunas.

Pregunto por él y su esposa Valentina Estrada Cisneros me dice: está ahí acostado. Lo llama, se levanta y comienza la plática.

Tengo entonces a mi lado a una leyenda viva del trabajo, de tez negra, pelo bien canoso, barba rala, fornido, de antebrazos largos, fuera de lo común, y de baja estatura; pero se ve más pequeño aún por la hernia discal que le obliga a inclinarse hacia adelante.

En la medida en que avanza la conversación, su rostro refleja dolor y respiración entrecortada. Es entonces cuando me dice: «Estoy mal». Y me habla de la hernia inguinal izquierda que ya había sido operada, pero la derecha está tan inflamada que no lo deja tranquilo.

La entrevista se pospone y al cabo de una semana lo llamo y me dice: Sí, ya puedes venir. Entonces me cuenta que aquel día lo llevaron al hospital Ernesto Guevara, le pusieron suero y lo tuvieron en observación durante cuatro horas.

Ya con fortaleza en su voz, afirma sentirse como un roble y con deseos de demostrar que aún hay que contar con él, a pesar de sus 84 años de edad.

¿JESUS O DOMINGO?

«Nací en El 20 de Manatí, cuenta, donde me inscribieron con el nombre de Jesús, pero como fue al amanecer de un domingo, el 16 de octubre de 1933, mi abuela me llamaba Dominguito. Desde entonces todos me decían así, hasta que ya siendo adulto opté por reinscribirme como Domingo.

«A los ocho años fui con mi mamá y mis hermanos a vivir al Nueve de Macagua, un lugar intrincado, de muchas lomas, que desde principio de siglo era conocido porque en las cuevas, que todavía existen, vivía un hombre solitario, inofensivo, apodado El Pelú de la Macagua, que  llegó a figurar como un personaje mitológico.

«En esa zona comencé a laborar desde muy temprano, pues como era el mayor de los varones, a los 14 años tuve que hacerme cargo de un pedacito de tierra, heredado de mi padre, que había fallecido.

«Mi vida comenzó a dar un giro allí, donde muchos haitianos se dedicaban a cortar caña para ganarse la vida en el central Jobabo. Me embullaron a picar con ellos, cogí una mocha y empecé…

«A los pocos días como los dejaba “botao”, decían que estaba “embrujao”; no podían creer que en tan poco tiempo yo cortara más caña que ellos».

Ese fue el arranque de una carrera indetenible, de un hombre espectacular, pero que no le alcanzaba el dinero para vivir. De ahí que cuando llegaba el “tiempo muerto”, cogía un “jolongo” y se iba a recoger café en la Sierra Maestra.

«A partir de 1959 no viví más el “tiempo muerto”, lo que me faltaba era tiempo para hacer todo lo que quería en los campos del “Jobabo”, comenta este hombre que en 1971, en Jamaica, representó a Cuba en una competencia de macheteros, en la que el primer ministro Michael  Manley lo declaró ganador.

«Después, dice, le respondí a alguien que decía: es imposible que un hombre corte mil arrobas en una jornada. Se escogió a San Jorge, en el central Amancio Rodríguez, para que yo demostrara que sí se podía; pero antes de comenzar puse como condición que ni mujeres ni muchachos se acercaran para que no me sacaran conversación.

«Cuando estaba inspirado, sin descansar un minuto, un hombre parado detrás me decía: oiga deténgase un momento, y yo, sin mirarlo le respondía: hable que lo escucho. Hasta que me dijo, yo soy el normador, quiero preguntarle si esto lo ha cortado usted solo.

«Hizo la pregunta en forma de broma, porque él estaba allí, vigilante para ser testigo de la cantidad de caña que cortaba.  Y al terminar la jornada me senté debajo de una mata a contemplar cómo me ajilaban las dos mil 610 arrobas de caña quemada que corté ese día.  Pero eso es poco, durante 15 años seguidos corté más de 200 mil arrobas por zafra y en una ocasión 300 mil».

Esos son momentos que recuerda el machetero, pero ¿cuántas anécdotas pueda tener un hombre que en sus 45 contiendas cortó cuatro millones de arrobas de caña?  ¿Cuéntame el secreto para lograr tanta productividad?, le espeté.

«Para tener rendimiento en el corte la disposición es lo primero, después venía lo demás:      Preparar las condiciones antes de comenzar. Dar un solo tajo (machetazo) para no agotarme y cortar bien abajo, porque si cortaba alto, luego los troncos me molestaban».

SU AMIGO FIDEL

Por sus méritos visitó la ex Unión Soviética y Alemania, fue invitado al Segundo y Tercer Congresos del Partido y estimulado con un auto; pero confiesa que su mayor estímulo lo constituyó el haber estado junto a Fidel varias veces.

Sentado en un balance de su casa, se detiene ante una amplia foto del líder cubano que conserva en su archivo personal, la  mira una y otra vez y repite con nostalgia y en voz baja: ¡Fidel cará!

¿Recuerdas algo que no te haya gustado en tu vida?

«Son muchas las cosas que le han pasado a uno, para bien y para mal, pero ahora viene a mi mente 1996, cuando me dijeron: vamos a Jobabo, para que ayudes a tu central. Ese año el ingenio cumplió, Fidel vino al acto y no me invitaron.

«Claro, ya yo había estado varias veces junto a él, en los desfiles por el Primero de Mayo y en la tribuna de la Plaza de la Revolución. Incluso, en una ocasión el sindicato azucarero portaba en el desfile un cartel con la imagen mía. Y en ese momento Fidel, sonriéndose, me dijo: ¿“Tú conoces al negrito aquel?

«Con anterioridad él mismo me puso en el pecho varias medallas; pero también tengo el orgullo de haberle puesto en sus manos un gran regalo: el primer millón de pesos recaudados por los CDR, para financiar las MTT».

Domingo Urrutia: un jonrón con las bases llenas

Foto: Yaciel Peña- ACN

Ahora hace un alto en la conversación, mira otra foto y explica que Raúl también fue muy familiar con él, que un día lo mandó a buscar a La Habana para que lo atendieran en una  clínica, y en otra ocasión, en el salón de protocolo El Laguito, donde fue con su esposa y ocho de sus nueve hijos, apuntó hacia él y dijo que Domingo tenía un hijo por medalla.

UN EMPEDERNIDO A LA PELOTA

El zas, zas, zas de la mocha, en contacto con la caña y el cogollo, no ha sido la única pasión de Domingo Urrutia Estrada, también es un empedernido a la pelota. Dice que jugaba todas las posiciones, pero se desempeñaba mejor en la lomita de lanzar que en el cajón de batear. No hizo equipo grande, pero sí un hijo y un sobrino.

No se perdía un juego en el estadio Julio Antonio Mella, se alegraba cuando ganaban Los Leñadores y se mortificaba cuando perdían. Pero el día que rompió récord de emoción fue en la sala de su casa, sentado frente al televisor, en los instantes en que su hijo Ermidelio dio tres jonrones en la final contra Puerto Rico en los Juegos Panamericanos La Habana-1991.

Más la emoción no quedó ahí. Durante la ceremonia de premiación Fidel le expresó a Ermidelio: ¡pero yo pensaba que eras un gigante!, ¿de dónde sacas tanta fuerza para conectar esos batazos?  Y Orestes Kindelán, que estaba cerca del podio le comentó: «Comandante, él dio esos batazos con el corazón».

Ipso facto Ermidelio selló el diálogo con estas palabras: «El problema no es darle a la pelota, sino darle bien».

La pelota se enraizó en él más cuando Ermidelio y su sobrino Osmany (el Señor de los 400), se coronaron campeones olímpicos, el primero en Barcelona 1992 y el segundo en Atenas 2004.

Domingo evoca que vio empinarse a su nieto Henry, con muchas cualidades en esa misma disciplina, pero decidió ir a jugar en las Grandes Ligas. «Fue un duro golpe para mí y su padre Ermidelio, en ese momento, pero después pensé que toda persona es un mundo. El me sigue queriendo y yo también».

La conversación con Domingo termina en su “finquita”, otrora infestada de malezas, ahora sembrada de maíz, yuca, boniato y maní. Es el hobby de un exabrupto de la naturaleza,  conquistador de ocho títulos de Héroe Nacional del Trabajo firmados por Fidel, con un texto que reza así: «La distinción más alta a un hombre común que se comporta heroicamente».

Todo ello hace de Domingo un hombre muy feliz por lo que aportó y porque vino a ocupar el lugar del jonrón con las bases llenas que no pudo conectar. 

/YDV/

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Sobre Roger Aguilera

Periodista. Graduado de Español y Literatura del Instituto Superior Pedagógico. Fue reportero del periódico Sierra Maestra, en la antigua provincia de Oriente. Fue reportero y jefe de Información en el diario 26. Es una de las cátedras del Periodismo en Las Tunas por su alta profesionalidad en el sector. Es el Corresponsal-Jefe de la Agencia Cubana de Noticias en Las Tunas.

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