Lecturas

Martí en Dos Ríos

José Martí en Dos RíosLas Tunas.- En la noche del 18 de mayo de 1895, treinta y siete días después del desembarco por Playita, en el campamento de Dos Ríos y a la luz de una vela, escribió José Martí la carta a su amigo mexicano, Manuel Mercado.

El texto de la misiva es fiel exponente del pensamiento político de Martí. Sin medias tintas, el joven olvida los dolores que provoca su vieja dolencia -irritada entonces por los rigores de la marcha en la manigua- y revela su pensamiento político:

[…] ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber –puesto que lo entiendo, y tengo ánimo con que realizarlo- de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuánto hice hasta hoy, y haré, es para eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, porque hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas […]».

La carta quedó interrumpida por la llegada de Bartolomé Masó y su gente. El jefe de Manzanillo acampó en la Vuelta Grande, al otro lado del Contramaestre y a una legua de Dos Ríos. Martí se encontró con él después de avisar a Máximo Gómez.  

En la mañana del 19, retornó Gómez de perseguir en vano a la columna enemiga mandada por Ximénez de Sandoval.

La tropa mambisa reunida sumaba unos trescientos cuarenta jinetes. La presencia de los dos jefes máximos de la Revolución alegró el ambiente y se enardecieron los ánimos. Se escuchó entonces la arenga de Gómez, concisa y enérgica; luego habló Masó y finalmente Martí, quien se adelantó en su jaca mora, iluminado el rostro por el sol.

Como siempre, su discurso conmovió a todos, su voz fue subiendo de tono hasta ser atronadora y al terminar, la tropa enardecida dio vivas al «Presidente de la República».

Después de almuerzo, dos soldados de la guardia avisaron a Gómez de un tiroteo por Dos Ríos. Al parecer la columna española les había seguido el rastro, además habían capturado e interrogado a un mensajero y un práctico que enviaron en busca de provisiones.   

El generalísimo ordenó enseguida: «¡A caballo!» La tropa aún vibraba por el ardor de los discursos de la mañana y se lanzó impetuosa en busca de los españoles.

Al otro lado del río cayeron sobre una avanzadilla que pusieron fuera de combate a machetazos. Pero, la columna ya había tomado posición en la pequeña sabana y se aprestaba para dar duro quehacer a los bravos mambises.

Entonces, Gómez le ordenó a Martí que se mantuviera con Masó en la retaguardia, mientras la tropa dividida intentaba rodear al enemigo. Martí le pidió un revólver a uno de los ayudantes de Masó, el joven Ángel de la Guardia, a quien propuso seguir adelante.

Así avanzaron en medio de la humareda y el fragor del combate; pero, no llegaron muy lejos, una descarga cerrada los detuvo. Ángel cayó bajo su caballo herido, y al incorporarse vio a Martí tendido a pocos pasos, el pecho y la quijada ensangrentados.

No pudo el joven cargar el cuerpo exánime del Maestro, y tuvo que retroceder en busca de ayuda. En ese momento, los españoles avanzaron bajo el fuego nutrido de su propia fusilería.

La caballería mambisa fracasó en su propósito de quebrantar la fuerte posición española. Gómez ordenó retirarse para organizar una nueva carga; entonces recibió la tremenda noticia que en un primer momento se negó a creer…

Cuentan que Ximénez de Sandoval también dudó cuando le llevaron el cuerpo sin vida del cubano que tanto había dado qué hacer a las autoridades de la metrópoli; pero, la confirmación no dejó lugar a dudas: algunos de los presentes lo conocían por haberlo visto antes, y en uno de los bolsillos de su levita llevaba la carta inconclusa dirigida a Mercado.

Los esfuerzos de Gómez por recuperar el cuerpo de Martí fueron inútiles. La columna española era muy superior en hombres y armas, además estaba protegida por las condiciones naturales del terreno. Así que se retiró apresuradamente con el objetivo de enterrar lejos al valioso cubano.

Había caído en combate, de cara al sol como siempre quiso, el Apóstol de Cuba, que así se le comenzó a llamar aquella misma noche, cuando el silencio, el estupor y no pocas lágrimas, invadieron la aguerrida tropa.

«En mí, solo defenderé lo que tengo yo por garantía o servicio de la revolución. Sé desaparecer. Pero no desaparecería mi pensamiento, ni me agriaría mi oscuridad […]», había escrito la víspera en la carta a Mercado.

El intelectual que organizó la Revolución y pudo hacerla realidad aunando voluntades sabía que la única manera de llevarla adelante hasta lograr la República democrática y virtuosa, era demostrando su arrojo en el campo de batalla. De ahí la prisa en mostrar su valor frente al enemigo, aunque no tenía experiencia alguna como militar.

El duro golpe no detuvo la guerra, que aún causó enormes pérdidas a los españoles, quienes tenían perdida prácticamente la contienda cuando Estados Unidos intervino para usurpar el triunfo de las tropas mambisas. Se sucedieron días muy tristes para los revolucionarios. En medio de su congoja, Máximo Gómez lo evocó así:

«Y yo vi entonces también a Martí, atravesando las abruptas montañas de Baracoa, con un rifle al hombro y una mochila a la espalda, sin quejarse ni doblarse, al igual que un viejo soldado batallador acostumbrado a marcha tan dura a través de aquella naturaleza salvaje, sin más amparo que Dios. Después de todo este martirizante calvario y cuando el sol que alumbraba las victorias comenzó a iluminar nuestro conuco, yo vi a José Martí -¡oh, qué día aquel!- erguido y hermoso en su caballo de batalla, en Boca de Dos Ríos, jinete rodeado de aquellos bravos soldados […]»

Nunca fue más grande ni más digno aquel cubano valiente, que el día de su caída en combate. Desde entonces ha estado presente en cada batalla por la libertad y el honor de su Patria, en cada hijo de esta tierra, en las victorias y en los momentos difíciles, siempre señalando el camino a seguir.

/YMP/

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