Las Tunas, Cuba. Viernes 24 de Noviembre de 2017
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José Martí, Estados Unidos y Nuestra América

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Randy Saborit Mora

La Habana.- Si José Martí hubiera sido un hombre de luz corta seguramente habría creído, como muchos, que Estados Unidos era el modelo a imitar. Pero él pensaba todo lo contrario.

Aunque 15 años bastarían para que cualquiera mudara de ideología, el pensamiento «nuestro americano» de Martí maduró aceleradamente entre 1880 y 1895, mientras vivió en Estados Unidos.

A medida que se sumergió en el contexto neoyorquino, leyó su prensa y reportó con soltura sobre la realidad estadounidense, el prócer cubano aprendió a discernir entre lo plausible y lo criticable de aquella nación.

Pero si algo comprendió, fue que ninguna república de América Latina sería completamente libre bajo el ala del águila norteña: amante de la independencia, Martí no vio nunca como opción emancipadora la propuesta anexionista.

Como agudo observador y analista, el cubano desentrañó qué había más allá del desarrollo económico de Estados Unidos y alertó sobre las intenciones expansionistas de ese gobierno en el continente.

Abogó por preparar a los sudamericanos para habitar en Sudamérica y «no para vivir en Francia, cuando no son franceses, ni en los Estados Unidos, que es la más fecunda de estas modas malas, cuando no son norteamericanos».

Tal consideración la compartió con los lectores de La América, revista neoyorquina de agricultura, industria y comercio, en la cual colaboró desde marzo de 1883 y al siguiente enero pasó a dirigirla.

Como defensor de la nación espiritual latinoamericana, criticaba que del Río Bravo a la Patagonia se viviera suspenso de toda idea y grandeza ajena, con cuño de Francia o Norteamérica.

La historia hispanoamericana se debe enseñar antes que la de los arcontes de Grecia, enunció en su medular ensayo «Nuestra América» en 1891.

No por gusto, en La Edad de Oro, revista que redactara en 1889, contó a los niños la historia de los «Tres héroes» latinoamericanos (Bolívar, San Martín e Hidalgo) antes que la de la griega Ilíada.

Sirva de ejemplo de cuánto le enorgullecía escribir sobre el talento latinoamericano, un artículo de La América en el cual destacaba las calificaciones de los estudiantes de origen latino en un colegio estadounidense: «por cada seis americanos del Norte premiados hay otros seis americanos del Sur».

«El mejor tenedor de libros es un Vicente de la Hoz. El que más supo de leyes comerciales es un Esteban Viña. El que acaparó todos los premios de su clase, sin dejar migaja para los formidables yanquizuelos, es un Luciano Malabet; Âíy los tres premios de composición en inglés no son para un Smith, un O’Brien y un Sullivan, sino para un Guzmán, un Arellano y un Villa!», escribió.

En junio de 1883 se refirió a que los productos norteamericanos no eran, como se hacía creer, los mejores del mercado:

«Los Estados Unidos, con relojeros en todas partes del mundo, con caudales pasmosos y con la legislación más amparadora de los productos nativos (…) producen a $2.75 relojes inferiores, en seguridad, material y apariencia, a los que pueden por cinco francos obtenerse en Suiza».

En clara alusión a Estados Unidos, Martí era del criterio que «ni se debe exagerar sus faltas de propósito, por el purito de negarles toda la virtud, ni se ha de esconder sus faltas, o pregonarlas como virtudes».

Con esas líneas inauguraba en Patria, periódico independentista dirigido por él, la sección «Apuntes sobre Estados Unidos», que salió por vez primera el 23 de marzo de 1894.

Desde esa fecha el semanario se propuso hacer público «sin exageraciones ni ocultamientos» algunas claves de la historia de aquel país. Se citaba lo publicado en influyentes diarios estadounidenses como The Herald y The Sun.

El propósito editorial era mencionar los sucesos que demostraran «las dos verdades útiles a nuestra América: el carácter crudo, desigual y decadente de los Estados Unidos, y la existencia, en ellos, continua de todas las violencias, discordias, inmoralidades, y desórdenes de que se culpa a los pueblos hispanoamericanos».

El pensador subrayaba que los grupos humanos eran idénticos en su esencia porque las naciones se cuecen en el mismo horno.

Por tanto, calificaba como «hombres de prólogo y superficie» a los que veían «variedad sustancial entre el egoísta sajón y el egoísta latino, el sajón generoso o el latino generoso, el latino burómano o el burómano sajón».

Los sajones y latinoamericanos, aclaró, se diferenciaban únicamente según la consecuencia peculiar de la agrupación histórica de la que procedían.

Le resultaba ilógico que se midiera de igual forma a «una nación de mocetones del Norte, hechos de siglos atrás al mar y a la nieve y (…) una Isla del trópico, fácil y sonriente».

Así mostraba el Apóstol la verdad del gobierno norteamericano, que miraba por encima del hombro a la Latinoamérica que vivía entonces tiempos de fundación: «Lo malo se ha de aborrecer, aunque sea nuestro; y aun cuando no lo sea. Lo bueno no se ha de desamar solo porque no sea nuestro».

Y esas palabras, como tantas otras de Martí que parecen acabadas de salir del horno, son una verdad como un templo que los pueblos latinoamericanos deben tener en cuenta a la hora de defender su cultura y libertades política y económica. (Prensa Latina)

/YMP/

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