Las Tunas, Cuba. Sábado 18 de Noviembre de 2017
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Rubén Martínez Villena, ejemplo y guía para las nuevas generaciones

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Las Tunas.- El 16 de enero de 1934 dejó de existir Rubén Martínez Villena, un joven que había consagrado su vida a defender los derechos de los obreros, de los pobres y oprimidos, y a su Patria escarnecida por los gobiernos de turno, en una república maltrecha por la intervención de los Estados Unidos.

Cuentan quienes lo acompañaron hasta el final, que estuvo luchando junto a los trabajadores hasta su último aliento. Sus pocas fuerzas se habían agotado mientras organizaba y dirigía la huelga general que derrocó a la dictadura de Gerardo Machado en agosto de 1933, lo cual realiza casi moribundo, desde su cama de enfermo.

Pero, este gesto no es el único que retrata al hombre excepcional, al patriota convencido. Más bien, sobresalen en su biografía las acciones heroicas, las lecciones de grandeza de alma, si bien encubiertas tras su sencillez y entrega a la causa del pueblo.

Martínez Villena conoció desde muy joven la obra de José Martí, de ella nutrió su espíritu. También bebió de las fuentes más puras del marxismo-leninismo motivado por su amigo Julio Antonio Mella.

De sus padres heredó el carácter enérgico, la bondad y el sentido del deber patrio. Se hizo abogado para complacer a la madre; pero, supo utilizar la profesión escogida para defender a los trabajadores, a la gente humilde, o a revolucionarios como el propio Mella.

Se destacó tempranamente en las luchas de estudiantes y obreros. Lideró la llamada Protesta de los Trece en 1923. A pesar de ser un intelectual -poeta, escritor, periodista, abogado- también se destacó como hombre de acción, se hizo piloto de guerra en Estados Unidos, para un año después participar en un proyecto insurreccional contra el régimen de turno.

Inspirado en el pensamiento del Apóstol, se desempeñó como maestro en la Universidad Popular José Martí para enseñar a leer y a escribir a analfabetos, desamparados y obreros, una labor que como dijera él en su primer artículo pedagógico: era «una forma de hacer patria».

Ingresó en el Partido Comunista en 1927. Asumió responsabilidades en la Liga Antimperialista, el Partido, La Falange de Acción Cubana, el Movimiento de Veteranos y La Liga Anticlerical, organizaciones en las que dejó una clara huella de sentimientos patrióticos, honestidad y sacrificio.

Su fina sensibilidad artística se desbordó en versos apasionados: le escribió al amor en sus múltiples facetas, a su esposa, a su pequeña hija que apenas llegó a conocer. Le cantó sobre todo a la Patria y a sus héroes en vibrantes poemas, como los dedicados a Ignacio Agramonte, Máximo Gómez, Carlos Manuel de Céspedes y al Apóstol de la independencia.

Sin embargo, no se permitió dedicarse por completo a su obra literaria porque había un empeño mayor que reclamaba toda su atención: conquistar la independencia absoluta de Cuba. Ante esta realidad escribió «Yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los olvido: me interesan tanto como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la justicia social».

Sobre él escribió Graciela Pogolotti: «La capacidad aglutinadora y el liderazgo natural de Rubén se volcaron hacia el empeño por construir el país soñado. Perteneció a la generación de la primera vanguardia, caracterizada por colocar al intelectual en lugar visible y eficaz en la sociedad cubana, reacción radical ante el repliegue de sus predecesores, decepcionados por la frustrante intervención norteamericana en la Isla».

Víctima de una terrible enfermedad, el Partido lo obligó a marchar aunsanatorio del Cáucaso, en la URSS, donde los médicos le informaron que la tuberculosis que padecía no tenía cura.

Le escribió entonces a su esposa y compañera de luchas, Asela Jiménez: «Mi último dolor no es el de dejar la vida, sino dejarla de modo tan inútil para la Revolución y el Partido, tengo el consuelo de haberte ayudado a dar un contenido tan grande a la vida, que él mismo te resguardará del dolor de mi pérdida. ¡Hay que estudiar, hay que combatir alegremente por la Revolución, pase lo que pase, caiga quien caiga! ¡No lágrimas! ¡A la lucha!»

Estaba solo y alejado de las luchas que arreciaban en Cuba ante los desmanes del régimen de turno. Por eso, para asombro de los médicos decidió su inminente regreso a la Isla. Llegó a tiempo para dirigir la huelga que hizo caer a Machado…

Rubén Martínez Villena es un ejemplo para quienes se acercan a su vida y obra, patriota sin mácula, antimperialista convencido, intelectual revolucionario, un ser superior, aunque tan humano que impresiona por su grandeza.

Con él tenemos una deuda: aún no es suficientemente conocido, no solo por sus méritos como dirigente político, movilizador de conciencias, líder de los trabajadores, sino también por su obra literaria que permanece casi olvidada ante la fuerza de su imagen de revolucionario intransigente.

Volvamos entonces a sus versos, a sus narraciones y artículos periodísticos y reencontremos a ese gigante que sigue siendo luz para iluminar el camino de las actuales y futuras generaciones.

/YMP/

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