El San Gregorio bendito de Librada

libradaLas Tunas- A Librada Peña Peña el campo la hechizó y aunque por su aspecto siempre tan emperifollado parece más una mujer citadina, en San Gregorio, un agreste sitio de Las Tunas, ella tiene su paraíso.

A la ciudad va solo porque allá residen sus hijos y sus nietos, pero por encima de todo prefiere su ambiente campestre donde ha vivido gran parte de sus 85 provechosos años.

En 1947 llegó al lugar salida de otro paraje intrincado y nunca se fue aunque no le faltaron oportunidades.

Pronto sintió que podía y quería ser útil aunque ello implicara que en lo adelante la vida le transcurriera en lo más duro y con un compromiso ineludible que es también parte importante de su anónima pero fructífera existencia.

Dice que por ese entonces el hoy San Gregorio de su vida, era un pueblito olvidado por Dios y por los gobiernos de paso que solo podía contar con gente dispuesta como ella a echar raíz en él y a empujarlo «palante» sin remilgo de ningún tipo.

Se enamoró de un guajiro reyoyo y en la más absoluta estrechez, lo primero fue asegurar lo elemental para la prole que resultó de cuatro hijos hecha gente preparada y de bien gracias a lo que vino después de enero de 1959.

De antes de la fecha evoca mil y una penurias, aunque no se queja porque le sirvieron para crearse una coraza de mujer vencedora que nunca se deja amilanar ni por la más recia adversidad.

Piensa y como en un ejercicio de desenterrar recuerdos, repasa los agotadores recorridos a pie o a caballo por Barranca, Dormitorio, Hermanos Mayo, Maniabo, Kilometro Siete y otros sitios llevando vacunas para los niños, atrayendo mujeres para trabajar en los primeros programas de la Revolución, asegurando donaciones voluntarias de sangre o el éxito de la campaña de alfabetización y de más de un curso escolar.

Librada ha hecho eso y mucho más sin cobrar un solo centavo y no se arrepiente porque también ha recibido mucho a cambio.

Dos ejemplos le bastan para demostrarlo. Sus hijos alcanzaron títulos universitarios sin que nadie le exigiera pago alguno y cuando una las hembras enfermó, tuvo atención médica hasta en los mejores hospitales de La Habana sin tener que desembolsar ni un medio. Y no fue por golpe de suerte ni cosa que se le parezca.

Es una dicha, dice, que los creadores de la Revolución en Cuba la hicieran pensando en mejoras para todos pero más que nadie para los hombres y mujeres del campo, los más pobres y con menos oportunidades.

Lo agradece infinitamente sin reparar en ello. La verdad es que no tiene tiempo porque sus jornadas, que comienzan mucho antes de salir el sol, se le va volando con tanto qué hacer en los cultivos y los animales de la pequeña parcela que le da lo necesario para vivir.
Y a los 85 años de edad sigue en su San Gregorio querido todavía ayudándolo a construir.

/YMP/

Comente con nosotros en la página de Facebook y síganos en Twitter y Youtube

Artículos relacionados

Inés y el banco: una unión para toda la vida

Leydiana Leyva Romero

José Carlos, comunicador a todas

Naily Barrientos Matos

Un innovador de estos tiempos

Yaimara Cruz García

Escribir Comentario