¡Yo soy el maestro!

El 26 de noviembre de 1961 pudo haber sido como cualquier otra jornada en Limones Cantero, finca Palmarito, término municipal de Trinidad, en la antigua provincia de Las Villas, y quizás hubiera terminado con las actividades de rutina en la casa de Pedro Lantigua Ortega si la banda de alzados de Julio Emilio Carretero no hubiera elegido la tortura y la muerte para esa noche.

Eran días difíciles los de aquel año. La amenaza se cernía sobre los campesinos, maestros, alfabetizadores o combatientes solitarios. Tras las medidas tomadas por el nuevo gobierno, las bandas contrarrevolucionarias cometían todo tipo de desmanes en el Escambray; se ensañaban sobre todo con quienes les parecían «comunistas», y con los maestros, porque llevaban la luz del saber a aquella zona, una de las más atrasadas y de más alto índice de analfabetismo de la nación.

Pedro era un obrero agrícola, fundador de las Milicias Nacionales Revolucionarias y figura muy conocida como combatiente y administrador de los latifundios expropiados por la Ley de Reforma Agraria, razón suficiente para ganarse el odio de los enemigos de la Revolución.

Por aquellos días, terminaba de alfabetizarse y en su casa vivía el joven maestro Manuel Ascunce Domenech, un muchacho de apenas 16 años, pero muy serio, responsable y miembro de las Brigadas Conrado Benítez.

Aquel 26 de noviembre nada presagiaba la desgracia. Amparados en la oscuridad y vestidos de milicianos, los bandidos llegaron hasta el humilde hogar de Pedro y le conminaron a abrir la puerta. El ardid dio resultado y ya dentro del bohío comenzaron los golpes e insultos.

Manuel salió en defensa de su alumno, y de inmediato le preguntaron que quién era él. Mariana, la esposa del campesino quiso protegerlo y dijo que era su hijo; pero, la respuesta del joven no se hizo esperar: «¡Yo soy el maestro»!

Entonces, los sacaron de la casa y los torturaron. Medio moribundos, fueron ahorcados en una acacia, a poca distancia de la vivienda. Sus cuerpos maltrechos, llenos de golpes y cortaduras, aparecieron al día siguiente: no habían hecho daño a nadie, su único delito había sido ser fieles a la causa de la Revolución.

Manuel Ascunce y Pedro Lantigua, integran la dolorosa cifra de los 549 asesinados por los bandidos terroristas en los campos de Cuba. El gobierno norteamericano y la CIA dieron la orden: su objetivo era destruir la Revolución e impedir el feliz término de la Campaña de Alfabetización.

Sin embargo, en solo unos meses, 707 mil 212 personas aprendieron a leer y escribir. El 22 de diciembre de ese año, en la Plaza de la Revolución, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, declaró a Cuba Territorio Libre de Analfabetismo.

Los sueños de Manuel y Pedro se hicieron realidad con creces. El héroe adolescente y el revolucionario probado abonaron con sangre inocente el camino luminoso de la Revolución cubana.

/YMP/

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