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La afgana Nadia Anjuman vive en sus versos

La afgana Nadia Anjuman vive en sus versos
Nadia Anjuman.

Las Tunas.-  ¿Quién puede imaginar siquiera la angustia contenida en un cuerpo maltrecho por la humillación y los golpes? ¿Quién, que no lo haya experimentado, supone el dolor de callar la impotencia y el miedo? Nadia Anjuman vivió esas experiencias y muchas otras, terribles, agónicas, hasta fallecer, víctima de la violencia de su esposo, a los 25 años de edad.

En Herat, Afganistán, nació Nadia, en 1980. Era la sexta hija de una familia humilde y numerosa. En un país y época nada propicios para el desarrollo de la mujer, terminó la escuela secundaria, tras dos años de interrupción debido a que el régimen talibán, de acuerdo con las enseñanzas del Corán, impedía a las mujeres leer, escribir, trabajar y hasta reír en voz alta.

Desafiando el peligro –su afán de aprender podía costarle la vida- se sumó a los Círculos de Costura de Herat, donde se reunía con un grupo de féminas a estudiar literatura. Así conoció escritores prohibidos como William Shakespeare, Honoré de Balzac, Fiódor Dostoevski, Charles Dickens, León Tolstoi, James Joyce y Nabokov. De haber sido atrapadas, hubieran terminado en la horca.

Por entonces, sus padres quisieron casarla una primera vez y no se consumó la unión; al respecto, Nadia escribió: «Creo que he tenido bastante éxito. Se supone que aquí las niñas se casan a los 14 o 15 años de edad».

Para su desgracia, luego la obligaron a contraer matrimonio con Farid Ahmad Majid, licenciado en Literatura, conferencista de Filología y empleado administrativo en la facultad de Literatura de la Universidad de Herat. Su nueva situación no cambió para nada su vida. Ahora estaba sometida al esposo, y cualquier desliz sería castigado con una golpiza.

En la literatura, Nadia encontró no solo refugio, sino también un medio para denunciar la discriminación a que eran sometidas las mujeres en su mundo. Poeta y periodista logró publicar un libro que atrapó la atención de la crítica y los lectores. Aún estudiaba en la universidad cuando apareció su poemario Gul-e dodi (en farsi, Flor ahumada) que fue muy popular en Afganistán, Pakistán e Irán.

Los versos de la joven describían la opresión que sufren las mujeres afganas:

Estoy enjaulada en esta esquina

llena de melancolía y pena…

Mis alas están cerradas y no puedo volar.

Soy una mujer afgana y debo lamentarme.

En general, Flor ahumada constituyó una afrenta para la familia, una deshonra: una mujer no podía escribir sobre el amor y la belleza, mucho menos reflejar el mundo interior y las insatisfacciones de las féminas.

Apenas un año más tarde, el 4 de noviembre de 2005, la policía la encontró muerta en su casa. En prisión, el esposo había confesado haberla golpeado, pero no haberla asesinado y afirmaba rotundamente que ella se había suicidado.

Aunque la evidencia apuntaba en su contra, el ilustrado marido logró que no se hiciera autopsia y solo permaneció preso un mes. Al salir de la cárcel obtuvo la custodia del hijo de ambos sin mayores contratiempos. ¡Así de injusta puede ser la vida!

Miles de simpatizantes asistieron al funeral de Anjuman, en Herat. Las Naciones Unidas condenaron el suceso al poco tiempo: «La muerte de Nadia Anjuman, según lo divulgado, es de hecho trágica y una gran pérdida para Afganistán. Ha de ser investigada y cualquiera que sea encontrado responsable deberá ser juzgado».

Sin dudas, con el asesinato de Nadia, se truncó un talento en ciernes -ella había sido calificada por especialistas como una «gran poetisa en persa» a pesar de su juventud- y aún tenía mucho por decirle al mundo. Sus congéneres perdieron a una defensora de sus derechos. Su pequeño hijo creció sin el calor materno y, quizás hasta hoy, no conozca quien fue ella en realidad.

Pero, la obra de Nadia perpetúa su memoria, cada verso suyo revive sus sufrimientos y escasas alegrías, sus sueños y aspiraciones, y esa rebeldía que la llevó a afirmar: «algún día / romperé la jaula. / Volando saldré de esta soledad».

No deseo abrir la boca

¿A qué podría cantar?

A mí, a quien la vida odia,

tanto me da cantar que callar.

¿Acaso debo hablar de dulzura

cuando es tanta la amargura que siento?

Ay, el festín del opresor

me ha tapado la boca.

Sin nadie a mi lado en la vida

¿a quién dedicaré mi ternura?

Tanto me da decir, reír,

morir, existir.

Yo y mi forzada soledad

con mi dolor y mi tristeza.

He nacido para nada

mi boca debería estar sellada.

Ha llegado, corazón, la primavera,

el momento propicio del festejo.

¿Pero qué puedo hacer si un ala

tengo ahora atrapada?

Así no puedo volar.

Llevo mucho tiempo en silencio,

pero nunca olvidé la melodía

que no paro de susurrar.

Las canciones que brotan de mi corazón

me recuerdan que algún día

romperé la jaula.

Volando saldré de esta soledad

y cantaré con melancolía.

No soy un frágil álamo

sacudido por el viento.

Soy una mujer afgana

Entiéndase pues mi constante queja.

/YDV/

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