Las Tunas, Cuba. Sábado 18 de Noviembre de 2017
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La leyenda de Ernesto Che Guevara, el guerrillero heroico

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David Corcho Hernández
Prensa Latina

La Habana.- Cuando el sargento boliviano Mario Terán asesinó a Ernesto Guevara de la Serna el nueve de octubre de 1967, nunca imaginó que poniéndole fin a su vida paradójicamente había contribuido a crear un mito.

Desde entonces el recuerdo del guerrillero, político e intelectual nacido en Rosario, Argentina, el 14 de junio de 1928, provoca ardientes pasiones en hombres y mujeres de todos los continentes, algunos partidarios de ideologías antagónicas, pero unidos por el hechizo que provoca su nombre.

El país donde nació era un hervidero cultural sin paralelo en América Latina: comunistas, fascistas, anarquistas y socialistas malvivían enfrentados unos con otros sin saber que con ello daban a la cultura argentina el carácter plural y vivaz que la identificó a mediados del siglo XX.

En ese clima Guevara escuchó por primera vez hablar de política y filosofía.

Lo hizo a temprana edad pues desde los 12 años sufría de ataques de asma que lo obligaban a permanecer en reposo y ocupaba el tiempo leyendo con voracidad.

El hábito no lo abandonó nunca: en una carta fechada en Bolivia hacia el final de su vida le pedía a la esposa una caja de libros entre los que destaca un clásico como las Vidas Paralelas de Plutarco y obras de diversión como las de Julio Verne.

Pero sus biógrafos coinciden en que los viajes por el continente a inicios de la década del 50 (uno de ellos junto a su amigo y compatriota Alberto Granado) terminaron con la formación moral e ideológica de Guevara, al contemplar con ojos propios el sufrimiento de la América profunda.

Ese periplo lo llevó a Guatemala hacia 1954, en donde fue testigo de cómo el Ejército, con el apoyo de Estados Unidos, derrocó al gobierno progresista de Jacobo Arbenz y lo obligó a huir hacia México.

México era una especie de santuario para los perseguidos políticos de todo el mundo; albergaba a los republicanos españoles vencidos por Franco y también a los opositores de las dictaduras latinoamericanas.

El azar hizo que allí conociera a Fidel Castro y su grupo, quienes preparaban una expedición para derrocar al tirano Fulgencio Batista, usurpador de la silla presidencial en Cuba desde 1952.

Con ellos desembarcó en el oriente de Cuba en 1956 y dio inició a la más fundamental de sus ocupaciones, la de guerrillero y revolucionario, que no culminó hasta su muerte en La Higuera, Bolivia, en 1967.

La Revolución cubana fue la primera de otras revoluciones que intentó sin éxito en América y África, pero a diferencia de Bolivia y el Congo en esta pudo ser testigo de cómo un pueblo lograba tomar las riendas de su propio destino y enfrentaba a la nación más poderosa del mundo para defender su reciente libertad.

No temía enfrentarse a la difícil tarea de gobernar un país acosado desde dentro y fuera por enemigos dispuesto a volver al poder, pero su elemento era la montaña, las escaramuzas guerrilleras: la tranquilidad urbana lo impacientaba.

En su credo los pueblos del Tercer Mundo tenían un único enemigo: el imperialismo estadounidense, al que condenó en Naciones Unidas y desde cualquier tribuna en la que pudo hablar.

Washington utilizó su extensa red de agentes y mercenarios para dar con su paradero hasta que por fin pudo encontrarlo en Bolivia, al caer prisionero en un duro combate con el Ejército de ese país, al que combatía desde 1965 con escaso éxito.

Un agente de la CIA enviado con el objetivo de asesinarlo, Félix Rodríguez, dio a sus captores la orden de matarlo que provenía directamente del dictador René Barrientos y solo hasta el año 1997 pudieron encontrarse sus restos mortales, gracias a un equipo cubano de investigación.

Sin embargo, los asesinos no previeron que al eliminar a un hombre de tanta autoridad, tan solo acrecentarían su prestigio, de modo que aún hoy el nombre del Che Guevara permanece como sinónimo de rebeldía y justicia para los revolucionarios de todo el mundo.

/YMP/

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