Las Tunas, Cuba. Martes 26 de Septiembre de 2017
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La familia cubana en la independencia patria

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Marta Denis Valle

La Habana.- Sacrificios sin límites ofrendó la familia cubana en aras de la independencia patria desde el comienzo de la Revolución en 1868 y en los 30 años siguientes, con martirologio de niños, mujeres y hombres.

En las glorias y vicisitudes de la llamada Guerra de los Diez Años se forjó la nación cubana y ese sentimiento fue alimentado por familias enteras en los escenarios bélicos junto a los combatientes, también en las cárceles, la deportación y el exilio.

Durante esos días y noches de la primera y larga guerra independentista cubana (1868-1878) fueron numerosas las familias que marcharon a la manigua y cubrieron de lágrimas y sangre sus campos como hicieron los Céspedes y los Maceo Grajales.

El 10 de octubre de 1868 estalló en Cuba la lucha por la independencia con el alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes, en su ingenio Demajagua, Manzanillo, detonante de sucesivos levantamientos en toda la región de Oriente y en poco tiempo, además, en Camagüey y Las Villas.

Desde el más encumbrado patricio revolucionario hasta el humilde combatiente de fila sumó la presencia y apoyo de familiares y amigos, como característica del proceso cubano.

GUERRA A MUERTE

En respuesta al alzamiento del 10 de octubre de 1868 se aplicó en Cuba una política de tierra arrasada en los territorios sublevados; la fuerte ofensiva militar frente a los insurrectos era combinada con el terror aplicado contra los pobladores.

El 20 de octubre de 1868, la Gaceta oficial publicó un bando del gobernador y capitán general de Cuba, en el cual ordena castigar a los insurrectos cubanos sumariamente, con las más severas penas, por los tribunales militares de excepción.

Califica a los patriotas de traidores, rebeldes y sediciosos; considera delitos el alzamiento público, la redacción, publicación o circulación de escritos con noticias subversivas, interrumpir las comunicaciones telegráficas, destruir o interceptar la correspondencia pública.

De hecho se negó a los independentistas el reconocimiento como una fuerza enemiga con derecho a ser tratada con sujeción a las leyes de la guerra civilizada y nunca se reconoció el derecho de los cubanos a la independencia.

Los cubanos llamaron «creciente de Valmaseda» a la campaña de este jefe militar español contra la insurrección independentista que provocó a su paso la destrucción y la muerte, sin respetar a mujeres, niños, ancianos, heridos, enfermos o prisioneros.

El general Blas Villate, Conde de Valmaseda, nombrado jefe del Ejército de Operaciones en Cuba, lejos de llevar a cabo acciones correspondientes a una contienda civilizada, declaró una guerra a muerte para eliminar cualquier potencial apoyo a los mambises.

Después que los españoles entraron a Bayamo el 15 de enero de 1869, incendiada antes por sus habitantes, fueron recuperados los principales poblados que habían liberado los insurrectos en el Valle del Cauto.

Valmaseda basó su campaña en crear pequeños centros militares, que a su vez sirvieron para reconcentrar a la población campesina, y operó con fuerzas móviles que pudieran recorrer en 10 días el territorio a su cargo.

Durante 1869, 1870 y 1871 el mando español se propuso cazar a los insurrectos como fieras y el hecho de ser cubano era suficiente motivo para cualquier sospecha de infidencia en las ciudades cuyos vecinos sufrieron tenaz persecución.

Esto se tradujo en que los españoles recuperaron los principales pueblos orientales del Valle del Cauto, en Las Villas lograron la superioridad absoluta y en Camagüey fueron destruidas las bases insurrectas.

Un bando del 12 de febrero de 1869, acerca de los delitos de infidencia (traición a lesa nación, rebelión, insurrección, conspiración, sedición y otros actos más a favor de la independencia de Cuba), estableció que serían juzgados y sancionados por tribunales militares.

Se ordenó el fusilamiento en el acto de todo cabecilla y de «toda persona que con medios naturales e influencia moral contribuyese al fomento y sostén de la insurrección» y a «todo médico, abogado, escribano, o maestro de escuela que se aprehendiese con los insurrectos…»

En marzo de 1869 otro bando anunció que serían tratados como piratas los barcos que trasladaran personas, armas y otros recursos y fueran apresados en aguas españolas o en mares libres cercanos a Cuba. Tales viajeros serían pasados inmediatamente por las armas.

Sin formación de causa ni investigación alguna, las cárceles fueron abarrotas y el 21 de marzo comenzó la deportación de presos hacia Fernando Poo y Ceuta.

El régimen colonial dispuso, además, en decretos del mes de abril, la confiscación de los bienes de todos los que tomaran parte en el movimiento insurreccional.

Una proclama dictada el cuatro de abril de 1869 por el general Conde de Valmaseda estableció lo siguiente:

«Todo hombre desde la edad de quince años en adelante que se encuentre fuera de su finca, que no acredite un movimiento justificado para haberlo hecho, será pasado por las armas».

«Todo caserío donde no ondee un lienzo blanco en forma de bandera, para acreditar que sus moradores desean la paz, será reducido a cenizas».

«Las mujeres que no estén en sus respectivas fincas o viviendas o en casa de sus parientes, se reconcentrarán en los pueblos…; las que así no lo hicieren serán conducidas por la fuerza».

LAS FAMILIAS AL SERVICIO DE LA PATRIA

Entre los hechos horribles ocurridos, el patriota Ignacio Mora de la Pera (1829-1875) escribió una carta a Valmaseda, lleno de indignación y dolor por el injustificado asesinato de sus hermanas Juana y Mercedes junto con sus seis sobrinos Mola Mora, el 6 de enero de 1871, a manos de la soldadesca enemiga.

También Jerónimo y Gregorio Boza Agramonte fueron sorprendidos con sus familias por una partida al servicio de España y cuando una de las mujeres gritó, para salvarles la vida, «Somos los Boza que venimos a presentarnos», el último de ellos replicó: «Ningún Boza se presenta, fusílennos».

Los hombres murieron macheteados y a las mujeres las llevaron presas a Puerto Príncipe.

Los hermanos camagüeyanos Manuel, Jerónimo, Gregorio y Juan Nepomuceno Boza Agramonte pertenecieron a la Junta Revolucionaria de Camagüey y sin reservas entregaron sus vidas a la causa de la independencia.

El mayor general Manuel Boza (1820-1871) murió heroicamente en los montes del Babujal y Juan Nepomuceno Boza (Cheno), expedicionario del vapor Virginuis, resultó fusilado en Santiago de Cuba, el 7 de noviembre de 1873.

Los asesinatos cometidos por cuadrillas anti-insurgentes, los fusilamientos indiscriminados, los desmanes del Cuerpo de Voluntarios, los arrestos, deportaciones y todo tipo de tropelías enardecieron el espíritu patriótico y nada pudo aplastar la insurrección durante 10 años.

Así la historia pone en un mismo sitial a las familias Céspedes y Maceo Grajales, a la cabeza de centenares de forjadores.

La numerosa familia Maceo, encabezada por el padre Marcos Maceo y la madre Mariana Grajales, es símbolo de la consagración del pueblo cubano a alcanzar la independencia al precio que sea necesario.

Al ocurrir el estallido de la primera guerra independentista cubana, los Maceo Grajales, pardos libres, eran pequeños propietarios agrarios con cierta buena posición económica pero como otros criollos ya participaban en las labores conspirativas.

El desconocido mulato Antonio Maceo Grajales, de 23 años, se incorporó a una partida de insurrectos la noche del 11 de octubre de 1868, en unión de sus hermanos José Maceo y Justo Regüeyferos Grajales, a quienes poco tiempo después seguirá toda la familia Maceo.

Mariana también marchó a la manigua y ni un solo día faltó su aliento a los soldados o su cuidado y alimentación a los heridos en la retaguardia.

Los primeros en morir fueron el capitán abanderado Justo Regueyferos Grajales (1843-1868), fusilado tras caer prisionero, y el tronco familiar, Marcos Maceo, gravemente herido en combate el 14 de mayo de 1869 y fallecido después en un hospital de montaña.

Casi niños perecieron en combate Julio (1854-1870), subteniente de 16 años, y Miguel Maceo Grajales (1852-1874), teniente coronel de 21 años, destacados ambos en numerosas acciones.

Los más conocidos fueron José Marcelino (1849-1896), quien peleó en las tres guerras independentistas y estuvo preso en las cárceles españolas, y Antonio Maceo Grajales (1845-1896); ambos llegaron a mayores generales y murieron en combate.

Rafael Maceo Grajales (1850-1882), general de brigada, veterano del 68 y de la Guerra Chiquita, falleció en la prisión española de Chafarinas, África, víctima de pulmonía.

Mariana sufrió también la muerte de su hija Baldomera (1847-1893), enferma de tuberculosis a consecuencia de las penalidades de la guerra y el destierro.

Felipe Regueyferos Grajales (1832-1901), teniente coronel, veterano del 68 y de la Guerra Chiquita, sufrió prisión en las cárceles españolas; recibió heridas en más de 10 combates cuyas consecuencias padeció hasta su fallecimiento.

Tomás Maceo Grajales (1858-1917), teniente coronel, resultó incapacitado en campaña en la Guerra de los Diez Años.

En conjunto los Céspedes dieron 24 vidas a la causa de la independencia de Cuba.

Céspedes descendía de una familia patricia encabezada por Jesús María de Céspedes y Luz (bayamés con recursos económicos) y Francisca de Borja del Castillo y Ramírez de Aguilera, de raíces camagüeyanas.

Carlos Manuel de Céspedes y sus hermanos tuvieron tierras, esclavos y dinero pero todos dedicaron sus vidas a la causa independentista.

Después del incendio de Bayamo, su hermana Borjita (Francisca de Borja) vivió en la manigua con otras bayamesas hasta que fue apresada, conducida a Manzanillo, y más tarde liberada marchó al extranjero donde resultó el sostén de la familia.

Céspedes demandó de sus hermanos y de su hijo mayor Carlos Manuel de Céspedes y de Céspedes (1840-1915) que revalidaran en la lucha los grados militares obtenidos como copromotores del alzamiento del 10 de octubre.

Su hijo Oscar de Céspedes y Céspedes (1847-1870) fue hecho prisionero y fusilado por los españoles el 29 de mayo de 1870, en Camagüey.

Oscar estudiaba en La Habana y logró salir al extranjero de donde regresó a Cuba en una expedición, al ser apresado estaba en territorio liberado, recién casado, y aún no había tomado parte en acciones armadas, según comprobaron sus captores.

Los integristas jugaron con los sentimientos de Céspedes al proponerle respetar la vida de su hijo a cambio de que se apartara de la insurrección, aunque en ese momento el prisionero ya había sido pasado por las armas.

«Oscar no es mi único hijo, lo son todos los cubanos que mueran por las libertades patrias», respondió el 2 de junio, al conocer el chantaje, el desde entonces llamado Padre de la Patria.

De sus hermanos, el coronel mambí Pedro María de Céspedes (1825-1873) abrió la lista en el fusilamiento de los expedicionarios del Virginius, el 4 de noviembre de 1873, en Santiago de Cuba.

El mayor general Francisco Javier de Céspedes (1821-1903) ocupó interinamente, en 1877, la presidencia de la República en Armas. (Prensa Latina)

/YMP/

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