Las Tunas, Cuba. Domingo 24 de Septiembre de 2017
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Rosa La Bayamesa, una mujer de armas tomar

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Rosa La Bayamesa, una mujer de armas tomarEn una sociedad de arraigados sentimientos machistas, inmersa en la lucha por la independencia, una mujer bien plantada y de férreo carácter conquistó la admiración y el respeto de los hombres junto a quienes combatió en los campos de Cuba.

Cuentan sus biógrafos que Rosa Castellanos Castellanos, La Bayamesa, era una verdadera heroína, y no es extraño, pues sus hazañas se conocieron en tiempos en los que abundaba el valor y los actos dignos de ser inmortalizados en la historia de la Patria amada.

De la estirpe de Mariana Grajales era Rosa. Como la madre de los Maceo ella entregó su vida a la causa de los cubanos que ansiaban echar de la isla a los españoles.

Hija de esclavos, nació en un barracón del poblado de El Dátil, Bayamo, en 1834. Ella misma fue esclava hasta que al iniciar la guerra de 1868 se le concedió la libertad.

Quizás su espíritu rebelde se debió a ese origen, o a la zona donde creció; lo cierto es que muy joven ya destacaba por su pensamiento revolucionario, reacio a aceptar la injusticia y la opresión.

También conoció el amor y fue correspondida. José Florentino Varona Estrada, antiguo esclavo negro con quien se incorporó a la contienda independentista, fue su compañero, juntos sortearon las vicisitudes de la manigua.

Al Ejército Libertador se integró desde el inicio de la Guerra de los Diez Años, que reivindicó la necesidad de los criollos de acabar con la explotación colonial de España en la isla caribeña, y su paso por la manigua dejó impreso en la memoria del pueblo el ejemplo de una mujer valiente, decidida, solidaria.

Rosa desempeñó un papel decisivo en el abastecimiento de alimentos a las fuerzas mambisas y a los heridos en campaña. Como enfermera alcanzó bien merecida fama, organizó hospitales en la manigua, y también empuñó el machete. Sobradas razones para que fuera perseguida por las tropas españolas.

En 1871 tuvo que marchar a Camagüey para internarse en la Sierra de Najasa, donde se dedicó a curar a los heridos insurrectos. Allí creó un admirable hospital en una cueva de la Loma del Polvorín.

No había secreto del monte, ni de las plantas medicinales, que no terminara por descubrir. Elaboraba medicamentos utilizando la flora tradicional cubana y no se le resistían las heridas ni las enfermedades comunes.

Esta faceta de enfermera le valió para ser muy conocida. En 1873, Gómez la visitó en el rústico hospital en que asistía a los heridos, ocasión en que elogió su labor, y le dijo:

-Yo he venido con mis ayudantes expresamente para conocerte. De nombre ya no hay quien no te conozca por tus nobles acciones y los grandes servicios que prestas a la patria.

Rosa le respondió con su habitual modestia:

–No general, yo hago bien poca cosa por la patria. ¿Cómo no voy a cuidar de mis hermanos que pelean? (…) Yo cumplo con mi deber y de ahí no me saca nadie porque lo que se defiende se defiende y yo aquí no tengo a ningún majá (vago); ¡el que se cura se va de nuevo a la batalla! (…).

Con el Pacto del Zanjón la brava mambisa no estuvo de acuerdo, y tras la Tregua Fecunda, en junio de 1895, se hizo de nuevo al monte. Por encargo expreso de Gómez organizó el hospital de Najasa que nunca fue descubierto por el enemigo, tales eran las medidas de seguridad en aquel sitio.

En mayo de 1896, en el lugar conocido por Providencia de Najasa, Máximo Gómez le otorgó los grados de Capitana del Ejército Libertador de Cuba, así Rosa se convirtió en la única mujer que llegó a ostentarlos durante toda la epopeya.

El ascenso además traía la siguiente observación:

«Esta mujer abnegada prestó servicios excelentes en la guerra de los diez años, y en la revolución actual, desde sus comienzos ha permanecido al frente de un hospital, en el cual cumple sus deberes de cubana con ejemplar patriotismo».

Terminada la guerra, Rosa se quedó a vivir en la ciudad de Camagüey. Allí vivió en extrema pobreza después de habérsele liquidado sus haberes como militar. Recurrió entonces a su oficio de comadrona y su experiencia en la cura de erisipelas y empachos.

En medio de esta triste situación, el Ayuntamiento le aprobó un crédito de 25 pesos mensuales, el 4 de septiembre de1907, ayuda que llegó veintiún días antes de su fallecimiento, víctima de una afección cardiaca.

Rosa la Bayamesa murió en Camagüey, el 25 de septiembre de 1907. Su cadáver fue velado en el Salón de Sesiones del mismo Ayuntamiento. Fue enterrada con elevados honores militares y el pueblo desfiló con ofrendas para otorgarle merecido tributo.

En la primera plana del Periódico El Camagüeyano de ese día, se publicó la noticia. Dos años después, el Ayuntamiento acuerda darle su nombre a la calle donde se conserva su última morada en vida.

El 15 de marzo de 2002 se inauguró en Bayamo, el monumento a Rosa la Bayamesa, con la presencia de Vilma Espín.

Sin embargo, aún es poco para saldar la deuda con esta insigne cubana que lo dio todo por Cuba. Habrá que profundizar en el estudio de su vida heroica y divulgar más lo que se ha investigado para que  las nuevas generaciones se nutran de su ejemplo.

/DCG/

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Sobre Rosa María García Vargas

Periodista. Graduada de Letras en la Universidad de Oriente. Se desarrolló como especialista del Grupo Metodológico del Sistema de Radio en la provincia de Las Tunas. Directora del noticiero Impacto de Radio Victoria por varios años. Se desempeña como redactora de los Servicios Informativos de esta emisora. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba. @RosaMaraGarca

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