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Cuba: La alfabetización, como abrir los ojos

Ernesto Montero Acuña
Prensa Latina

La Habana.- Cada día el papel simbólico del Escambray, la cordillera extendida entre las actuales provincias de Cienfuegos, Santa Clara y Sancti Spíritus, adquiere mayor relevancia en Cuba, tanto por sus valores ecológicos como por su trascendencia histórica en la lucha contra bandidos y en la campaña de alfabetización de 1961.

Sobre esto último han sido muy elocuentes las valoraciones hechas por el presidente cubano, Raúl Castro; por el líder de la Revolución, Fidel Castro; por el Poeta Nacional, Nicolás Guillén, y por destacados revolucionarios cuya trayectoria ha estado muy vinculada al desarrollo de Topes de Collantes, en aquel sistema montañoso.

A 365 kilómetros al suroriente de La Habana se accede a un territorio ideal para perpetuar la trascendencia de la batalla por el desarrollo educacional de Cuba -luego compartido con otros países- y para reflejar la inmortalidad de los jóvenes mártires allí asesinados por contrarrevolucionarios, mientras desempeñaban una labor tan altruista como alfabetizar a sus compatriotas campesinos.

El significado de aquella gesta se traduce en que hoy cada profesional cubano posee en su pergamino, simbólicamente, la cuota depositada allí hace 55 años por 120 mil alfabetizadores: 100 mil jóvenes de las brigadas Conrado Benítez, 13 mil brigadistas obreros y más de 34 mil maestros y profesores que extrajeron de la ignorancia a cerca de un millón de adultos.

La campaña desplegada por valles y montañas, como proclamaba el himno de las brigadas Conrado Benítez, creó asimismo la nueva cantera de especialistas que requería el desarrollo futuro de Cuba en todos los órdenes, proceso que a su vez ha trasmitido a las nuevas generaciones el dominio profesional en las más diversas ramas.

Como resultado, países africanos y numerosos de América Latina, significativamente Nigeria, Mozambique, Sudáfrica, Nicaragua, Bolivia, Venezuela y otros, a partir del método Yo sí puedo, han recibido también los beneficios de la experiencia que involucró a los cubanos en aquel año decisivo para el futuro nacional.

No parece obviable que la Unesco reconozca hoy la existencia de alrededor de 781 millones de adultos analfabetos en el mundo, sin que ello implique considerar los incontables millones de subescolarizados, de niños sin acceso a la enseñanza en numerosos países y de jóvenes que no pueden alcanzar un adecuado nivel de enseñanza, ni dejar de sufrir muchas otras carencias.

El presidente cubano, Raúl Castro, sintetiza así la campaña alfabetizadora en su mensaje por el aniversario 55 de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, el 22 de agosto: «En medio de la atención y los recursos que exigía entonces defender nuestro país, no descuidamos las labores estratégicas de la educación y la cultura».

En tal sentido, a la Campaña de Alfabetización la califica como «el acontecimiento cultural más trascendente de nuestra historia», precisamente en «el año en que, poco después del triunfo de Playa Girón, Fidel se reunió con los escritores y artistas y pronunció el discurso de tanta vigencia conocido como Palabras a los intelectuales».

Acerca de la indudable trascendencia apuntada, educadores de entonces y luchadores por la soberanía y los valores nacionales sugieren la creación de un espacio dedicado a perpetuar aquella campaña en un escenario simbólico, como el Escambray en torno a Topes de Collantes, un Paisaje Natural Protegido que posee elevados valores históricos.

Ángel Fernández Vila, participante en la retención de Juan Manuel Fangio, el domingo 23 de febrero de 1958, en La Habana; y Marcos Pérez Álvarez, realizador de obras educacionales y constructivas en Topes, insisten en la necesidad de concretar el sitio alegórico en las cercanías de donde se asesinó a Conrado Benítez, Manuel Ascunce Domenech y Delfín Sen Cedré.

En su formulación, Fernández Vila ilustra así sobre la trascendencia de la iniciativa: «Si existe Waterloo como lugar de recordación, donde murieron 115 mil soldados en una guerra, ¿por qué no crear en Cuba el sitio donde se inmortalice la alfabetización, para que nunca se olvide la forma y los lugares en que se inmortalizaron aquellos más de cien mil jóvenes?»

Argumenta que gran parte de la población juvenil de Cuba abandonó su habitual medio citadino para trasladarse a las más apartadas zonas rurales, algunas de las cuales implicaron riesgos mortales debido a la saña de quienes se proponían impedir el empeño altruista.

Cuando el país se declaró Territorio Libre de Analfabetismo, el 22 de diciembre de 1961, su máximo impulsor, Fidel Castro, destacó la trascendencia del hecho, rindió homenaje a los brigadistas, alfabetizadores, maestros y alumnos; y condenó las acciones criminales cometidas contra quienes acogieron la tarea y la cumplieron.

Sobre la estatura del acontecimiento, dijo con exactitud: «Ningún momento más solemne y emocionante, ningún instante de júbilo mayor, ningún minuto de legítimo orgullo y de gloria, como este en que cuatro siglos y medio de ignorancia han sido derrumbados».

A ello añadió la condena contra los asesinatos cometidos: «Cuando nosotros, hondamente conmovidos, escuchábamos las notas del corneta, tocando a silencio [en el acto político], veíamos en cada nota vibrante una acusación a los criminales, una acusación eterna a los cobardes».

Entonces asignó a los jóvenes brigadistas allí congregados las nuevas tareas formadoras, sobre todo en la docencia, para un porvenir en el cual se apreciaba la educación como fundamental, a partir de una concepción que desplegarían decenas de miles de alfabetizadores formados como nuevos maestros.

Referente a esto es imprescindible invocar también a Nicolás Guillén, que así lo publicó en su libro de memorias Páginas vueltas, en 1982: «Para mí la alfabetización de los cubanos es un hecho que tiene rango de epopeya, con la consecuencia inestimable de instalar en el sitio más alto de nuestra vida cívica un problema que parecía insoluble».

A lo que añadía: «A veces creo que a  la alfabetización le faltó, le falta todavía un poeta que la cante, un poeta de ancha envergadura que nos diga cuán dura fue la vida de los muchachos alfabetizadores; y a veces cuán dura fue su muerte».

No olvidaba los asesinatos de Conrado Benítez y Manuel Ascunce, «adolescentes que cerraron los ojos -y no quiero que esto tenga sabor a frase más o menos deliberada- para que sus paisanos los abrieran» y de Delfín Sen Cedré, joven obrero incorporado a reforzar la tarea.

A ello agregaba: «Por aquellos días escribí unos versos [dedicados a Conrado Benítez], muy breves, pero que quisiera dejar ahora en el papel, y que son estos:

«Maestro, amigo puro,/ verde joven de rostro detenido,/ quien te mató el presente/ ¿cómo matar creyó que iba el futuro?/ Fijas están las rosas de tu frente,/ tu sangre es más profunda que el olvido./ En la sagrada tumba/ donde al viento que pasa/ los lirios dan su aroma,/ mariposas de sueño hallan su casa;/ y en la alta serranía/ en que se alzó, resplandeció tu escuela,/ se alza resplandeciente el blanco día/ y una paloma entre fulgores vuela».

De este modo lo publicó también en un libro presuroso titulado Tengo (1964), casi íntegramente aparecido en la prensa para responder a las urgencias políticas de su país y de su época, como apreciación sobre el elevado mérito que tuvieron la campaña alfabetizadora y aquellos mártires juveniles que abonaron con sus vidas el empeño memorable.

Como escribía Nicolás Guillén: «cerraron los ojos […] para que sus paisanos los abrieran».

/YMP/

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