Las Tunas, Cuba. Viernes 24 de Noviembre de 2017
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Mi última bocanada

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Mi última bocanadaEra el 7 de enero de 1998 y mi anterior esposa y yo disfrutábamos de vacaciones, por lo cual decidimos visitar a su familia. Comenzamos por la casa de su padre, ubicada en Vázquez, municipio de Puerto Padre, unos 730 kilómetros al este de La Habana.

Llegamos al anochecer, después de un día en que el cielo se había caído a chorros sobre las desnudas calles de aquel pequeño poblado, y el fango casi daba a media pierna.

Después de los consabidos besos, abrazos y apretones de manos, mi suegro y yo nos sentamos a degustar unas copas mientras escuchábamos canciones de la llamada Década prodigiosa, trasmitidas por el programa Nocturno, de la Radio Cubana.

Poco a poco iba yo tornándome menos conversador y afable, hecho que advirtió Leticia, la angelical hermana de mi esposa.

Sin comentarlo con nadie y desafiando el lodazal y algunas tardías rachas de lluvia, mi cuñada fue hasta el centro del poblado, ya pasadas las 11:00 de la noche, y me compró una cajetilla de cigarros, porque notó que los míos se habían agotado y eso me afectaba el ánimo.

La joven regresó empapada y mordida por el frío. ¡Qué pena! Pero, triunfalmente, me dijo: «Ahí tienes. No quiero volver a verte preocupado». Y me puso enfrente el paquete de cigarros. Lo peor de todo era que allí nadie fumaba.

Al día siguiente nos levantamos temprano para visitar a mi suegra, quien vive en un caserío algo alejado, al cual se accede mediante un cochemotor ferroviario que sale a primera hora de la terminal local, en cuya cafetería, muy previsor, compré una caja de mis cigarros preferidos, pues ya apenas me quedaban cinco o seis de los 20 que Leticia me había obsequiado.

El viejo equipo partió puntualmente y al cabo de un siglo de rítmico traqueteo nos dejó en el apeadero de Yeso 30, a menos de cinco minutos de la primera taza de café, pues en ese caserío residen numerosos parientes de mi antigua compañera, cuya casa materna se encuentra a unos dos kilómetros de allí.

En el trayecto visitamos a unos seis o siete núcleos familiares, cada uno de los cuales nos brindó una ración de la estimulante bebida. Sépase que, casi sin excepción, cualquier fumador cubano acompaña toda taza de café con un cigarro. Y yo no era la excepción.

Fumé a pulmón lleno, y, cuando al caer la tarde, volví de nuevo a mi hogar, ya no tenía con qué satisfacer el intolerante vicio.

Tomé los únicos cinco pesos que nos quedaban, fui a la casa vecina, donde vendían cigarrillos a granel, y pedí ocho; pero de inmediato rectifiqué, compré solamente dos y le prometí a mi amigo el vendedor no ocuparlo jamás en esos menesteres, porque en aquel preciso día yo dejaría de fumar.

Comuniqué a mi esposa la buena nueva, le pedí colar un poco de café, lo bebí con especial deleite, encendí uno de los dos cigarros, lo saboreé con singular fruición, coloqué el otro sobre la cómoda del dormitorio y prometí en alta voz olvidarlo allí para siempre.

Luego, en el barrio y en el centro de trabajo, informé a cuantos pude acerca de mi decisión, tratando de obligarme así a cumplir el compromiso y no demeritarme ante mí mismo ni frente a los demás.

Por supuesto que nadie me creyó; ni siquiera Walner y William Ortega, dos hermanos muy ligados a mí, quienes lejos de apoyarme, me provocaban, no por maldad, sino más bien porque querían salvarme del ridículo, al considerarme incapaz de vencer tan fuerte reto.

Frecuentemente, los Ortega se aparecían con abundantes cigarrillos y una que otra botella de ron; me echaban el humo prácticamente en la cara y me invitaban a fumar, pues, según ellos, yo lo estaba haciendo a escondidas, y así era más dañino, desde el punto de vista sicológico, fisiológico y moral.

Pienso que aún ellos no saben con suficiente certeza todo el bien que me hicieron. Su actitud me demostraba su falta de confianza en mi fuerza de voluntad y en mi capacidad para superar la prueba. Y ese adicional desafío me avivaba el amor propio y afianzaba mi seguridad en el triunfo. ¡Y triunfé!

El pasado 8 de enero hizo 18 años que lancé al aire mi última bocanada de humo. ¿Soy ahora más saludable que antes? Sí, aunque los años no pasan por gusto, como suele decirse.

¿Atesoro algún dinero del dejado de invertir en la compra de cigarros? No, porque ahora lo dedico a satisfacer necesidades que realmente valen la pena.

Pero… ¡Eso sí!: hoy soy mejor persona, pues no molesto ni contamino con humo a los demás; me siento más dueño de mí, y, en fin, he crecido como ser humano.

/mdn/

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Sobre Raúl Estrada Zamora

Periodista. Graduado de la Universidad de Oriente. Ha trabajado en todos los medios y fue director de la revista Transporte, de La Habana. Se inició en el diario 26 y trabajó como Jefe de Información en la Televisión. Fue editor de Tiempo21. Como reportero atiende los temas del programa alimentario y la agricultura, entre otros. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba. @Raulezdecuba

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