Las Tunas, Cuba. Sábado 21 de Octubre de 2017
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Walt Whitman en José Martí

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«Walt Whitman en José MartíNo dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños»
Walt Whitman

Entre las páginas más hermosas de José Martí se cuentan las que consagró a Walt Whitman, el poeta de esas prodigiosas Hojas de hierba, cuyo primer tomo vio la luz a principios de 1855. Si queremos conocer y apreciar en toda su dimensión al poeta estadounidense, debemos leer esa crónica que le dedica nuestro Apóstol.

Cuentan que hasta el momento de publicarse el texto de Martí, Whitman era prácticamente desconocido en el mundo hispanoamericano, pero bastó el reconocimiento martiano, la admiración impresa en cada palabra suya para despertar no solo la curiosidad sino también el debido respeto y asombro ante la calidad de los versos del viejo poeta.

Martí tituló esa crónica con un lacónico «Walt Whitman», que luego engrandece a lo largo del texto con un análisis profundo de su obra. Así inicia Martí:

«Parecía un dios anoche, sentado en un sillón de terciopelo rojo, todo el cabello blanco, la barba sobre el pecho, las cejas como un bosque, la mano en un cayado». Esto dice un diario de hoy del poeta Walt Whitman, anciano de setenta años a quien los críticos profundos, que siempre son los menos, asignan puesto extraordinario en la literatura de su país y de su época. Sólo los libros sagrados de la antigüedad ofrecen una doctrina comparable, por su profético lenguaje y robusta poesía, a la que en grandiosos y sacerdotales apotegmas emite, a manera de bocanadas de luz, este poeta viejo, cuyo libro pasmoso está prohibido.

Y más adelante enfatiza:

Hay que estudiarlo, porque si no es el poeta de mejor gusto, es el más intrépido, abarcador y desembarazado de su tiempo. En su casita de madera, que casi está al borde de la miseria, luce en una ventana, orlado de luto, el retrato de Víctor Hugo; Emerson, cuya lectura purifica y exalta, le echaba el brazo por el hombro y le llamó su amigo; Tennyson, que es de los que ven las raíces de las cosas, envía, desde su silla de roble en Inglaterra, ternísimos mensajes al «gran viejo»; Robert Buchanan, el inglés de palabra briosa, «¿qué habéis de saber de letras -grita a los norteamericanos-, si estáis dejando correr, sin los honores eminentes que le corresponden, la vejez de vuestro colosal Walt Whitman?».

Martí se detiene en la consideración de diversos aspectos, tanto temáticos como formales, de la poética de Whitman. Se refiere a la aparente ambigüedad de su palabra, también al estilo desordenado que llama su «irregularidad aparente», aquella que «resulta luego ser, salvo breves instantes de portentoso extravío, aquel orden y composición sublimes con que se dibujan las cumbres sobre el horizonte».

«Eso es su poesía, índice; el sentido de lo universal pervade el libro y le da, en la confusión superficial, una regularidad grandiosa». Martí no oculta su entusiasmo por la novedad estrófica y rítmica del verso de Whitman y en varios momentos reconoce su maestría en el uso de la métrica y de la lengua: «habla en versículos sin música aparente»; »un verso tiene cinco sílabas; el que le sigue cuarenta, y diez el que le sigue»; «un adverbio le basta para dilatar o recoger la frase, y un adjetivo para sublimarla».

Aprovecha estas líneas en que deja fluir sus conocimientos literarios y su propia experiencia con el propósito de enaltecer la poesía de Whitman, para volver sobre sus conceptos acerca de la obra literaria y la poesía en particular, y sobre la función de ambas en tanto su condición de arte que debe llegar al pueblo.

«¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? […] La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues esta les proporciona el modo de subsistir, mientras que aquella les da el deseo y la fuerza de la vida».

Y hace gala Martí de su proverbial ética cuando se detiene a considerar a Whitman víctima de la incomprensión, culpable de lascivia, por la intensidad afectiva que reclamara a la solidaridad entre los hombres, al amor de los amigos, donde “algunos creyeron ver, con remilgos de colegial impúdico, el retorno de aquellas viles ansias de Virgilio por Cebetes y de Horacio por Giges y Licisco».

Es de admirar la altura moral de Martí al tratar estos temas, vedados para época y tachados por la mayoría de una manera rotunda de la vida tanto como de la literatura.

Walt Whitman (West Hills, Nueva York, 31 de mayo de 1819 – Camden, Nueva Jersey, 26 de marzo de 1892) fue en diferentes etapas de su vida enfermero voluntario, ensayista, periodista y un gran humanista, pero alcanzó su mayor dimensión en la poesía, la misma que exalta el Maestro en su crónica y que tiene a bien recomendar para su estudio.

Este poeta estadounidense se inscribe en la transición entre el trascendentalismo y el realismo filosófico, incorporando ambos movimientos a su obra.

Aquejado de varias enfermedades, en 1873 se vio obligado a abandonar Washington y trasladarse a Camden, en Nueva Jersey, donde permaneció hasta su muerte. Dedicó los últimos años de su vida a revisar su obra poética, y a escribir nuevos poemas que fue incluyendo en las sucesivas ediciones de Hojas de hierba.

Whitman fue el primer poeta que experimentó las posibilidades del verso libre, sirviéndose para ello de un lenguaje sencillo y cercano a la prosa, a la vez que creaba una nueva mitología para la joven nación estadounidense, según los postulados del americanismo emergente.

El individualismo, los relatos de sus propias experiencias, un tratamiento revolucionario del impulso erótico y la creencia en los valores universales de la democracia son los rasgos novedosos de su poética.

Tanto por sus temas como por la forma, la poesía de Whitman se alejaba de todo cuanto se entendía habitualmente por poético, aunque supo crear con los nuevos materiales momentos de hondo lirismo.

Aunque para muchos de sus contemporáneos estas características suyas solo despertaban la suspicacia y el rechazo, en Martí, por las mismas razones, encontró un admirador sincero.

/ymp/

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Sobre Rosa María García Vargas

Periodista. Graduada de Letras en la Universidad de Oriente. Se desarrolló como especialista del Grupo Metodológico del Sistema de Radio en la provincia de Las Tunas. Directora del noticiero Impacto de Radio Victoria por varios años. Se desempeña como redactora de los Servicios Informativos de esta emisora. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba. @RosaMaraGarca

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