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Honestidad para la vida: la mejor opción

«La honestidad es incompatible con amasar una fortuna».
Mahatma Gandhi

Hace apenas unos días, una amiga me contó que su hijo adolescente vende la merienda que le dan en la secundaria con el fin de reunir suficiente dinero para luego comprar peces o cualquier otro objeto digno de su interés.

La verdad, no parecía ella preocupada ni molesta por el hecho, solo lo comentó porque le habían dado las quejas en la escuela, con el agravante de los malos resultados académicos del menor.

Entonces reflexioné un poco con ella acerca de las diferencias entre quienes como nosotras ya peinan algunas canas, y nuestros hijos o nietos, esos que hoy son estudiantes de la enseñanza media.

Es evidente que para los adolescentes y jóvenes de estos días el entorno social, y familiar incluso, está marcado por si determinadas necesidades materiales se satisfacen o no, y si están a su alcance objetos característicos de un determinado estatus social y económico.

Para nosotras, esos temas no ocupaban espacio en juegos ni conversaciones de niños o adolescentes; entonces, la mayoría no sabía el precio de la ropa ni los zapatos, ni con cuánto sacrificio los padres los ponían en nuestras manos.

Mi abuelo contaba a una prole de cinco o seis muchachos reunidos cerca de él, las anécdotas de su infancia y juventud, siempre relacionadas con las carencias propias de su época y un elevado concepto de la honradez.

«Pobre, pero honrado», decía entre bocanadas de humo el venerable anciano, quien además era el mejor ejemplo de laboriosidad y altruismo.

Con él aprendí que la rectitud e integridad en todos los ámbitos de la vida caracterizan a un hombre superior, no por sus bienes materiales sino por sus valores.

Vivir del propio trabajo y esfuerzo es la mayor riqueza de hombres y mujeres en cualquier etapa: ¿por qué cambiar eso que ennoblece por la fatuidad y oropeles de la ropa y zapatos de marca, el teléfono celular, la tablet y otros muchos objetos que, lejos de engrandecer el espíritu, lo empobrecen?

Y no se trata solo de impedir que el adolescente venda su merienda –en definitiva es suya, ¿no?- sino de prevenir que por poner su atención en lo material, desatienda el estudio y tome decisiones erradas.

Educar a los jóvenes en los valores que nos inculcaron nuestros abuelos es una decisión sabia; piense si no en cuántas preocupaciones y dolor se pueden evitar, si se enseña a tiempo que por escoger mal el camino hacia una «vida fácil» y llena de lujos cualquiera puede terminar echando a perder los mejores años de su vida y marcando para siempre lo que bien pudo ser una existencia feliz, útil a los demás y provechosa para sí mismo.

/mdn/

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