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A 105 años del famoso torneo de San Sebastián|El exitoso inicio de la carrera de Capablanca hacia la inmortalidad

Capablanca

Antes de adentrarnos en las peripecias del evento, hay que decir que el ajedrez de fines del siglo XIX y principios del XX no era como ahora un deporte profesional organizado, y para participar en competencias internacionales los jugadores debían afrontar muchas peripecias en los demorados viajes en barco, además de costear sus gastos, y por lo general recibían menos de lo que aportaban.

Sin embargo, en esta ocasión los patrocinadores del evento San Sebastián-1911 ofrecieron pagar el traslado y la estancia a todos los maestros, hecho que ocurría por primera vez en un torneo internacional, además de otorgar jugosos premios que fluctuaban entre cinco mil y mil 500 francos de oro a los jugadores que se ubicaran del primero al cuarto lugares.

Los organizadores del fenomenal evento invitaron a los 17 más grandes ajedrecistas del momento, de los cuales respondieron afirmativamente 15 y sólo se negaron a asistir el entonces campeón mundial, el alemán Emanuel Lasker, y el inglés Henry Atkins.

En aquella época, José Raúl Capablanca contaba con apenas 22 años y no había participado en ningún torneo de los que se efectuaban en Europa con la asistencia de las principales luminarias ajedrecísticas del planeta, aunque había demostrado su talento superior durante su estancia como estudiante universitario en Estados Unidos, donde ganó más de 700 partidas y, en 1909, con sólo 20 años de edad, efectuó un largo match contra el campeón estadounidense, Frank Marshall, en el cual el cubano se impuso inobjetablemente con ocho triunfos, 14 tablas y sólo una derrota.

La inexperiencia en torneos y la falta de estudios teóricos sobre el ajedrez del joven Capablanca, provocó algunas reticencias y comentarios públicos desfavorables hacia el cubano por parte de varios de los avezados jugadores participantes en San Sebastián, entre ellos los afamados Ossip Bernstein (ruso) y Aron Nimzowitch (danés).

Un interesante artículo sobre este torneo publicado en 2011 por Javier Cordero Fernández en la página digital ajedrezdeataque.com, reseña la “venganza” ajedrecística tomada por Capablanca en los siguientes términos:

El azar quiso que Capablanca se enfrentase a Bernstein en la primera ronda… era una ocasión idónea para que el cubano pusiese las cosas en su sitio y así lo hizo. Eran tiempos de ‘afrentas ajedrecísticas’, las cuales se resolvían en el tablero, un deporte de caballeros del que poco queda en la actualidad. Capablanca barrió del tablero a su rival, partida por la que recibió el premio de belleza del torneo.

“Un extramotivado Capablanca jugó con gran energía esta partida, realizando un inteligente sacrificio de peón que le permitió atacar con contundencia al rey enemigo. Capablanca empezaba a mostrar su talento al mundo, una forma de jugar natural y única que le haría coronar las más altas cimas del ajedrez”.

Luego de esta histórica partida, el genial cubano batiría también a su otro detractor, Nimzowitch, y terminaría el torneo en el primer lugar con balance de seis victorias, siete tablas y apenas una derrota, dejando el segundo, tercer y cuarto puestos a luminarias como el polaco Akiba Rubinstein, el austro-húngaro Milan Vidmar y el estadounidense Frank Marshall. Era un título que nadie había pronosticado para el bisoño cubano frente a rivales mucho más afamados y  experimentados en este tipo de competencia.

Este notable éxito en el fortísimo evento convirtió a Capablanca en el ajedrecista más famoso del momento y lo llevó en los próximos años a ser catalogado como el indiscutible retador de Lasker, el campeón mundial , y a participar en varios torneos internacionales, en los que siempre ocupó uno de los lugares cimeros.

Se iniciaba con este trascendental triunfo en San Sebastián, hace 105 años, la laureada carrera que condujo a Capablanca a ganar en 1921 el Campeonato Mundial, con una rotunda victoria ante el curtido y afamado Emanuel Lasker (cuatro victorias sin derrotas para el cubano, con 10 tablas), y a convertirse en una figura que fue, es y será por siempre un paradigma inspirador para pasadas, presentes y futuras generaciones de ajedrecistas.

 

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