Las Tunas, Cuba. Miércoles 25 de Abril de 2018
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Ignacio y Amalia, un amor eterno y mágico

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poesia…yo no te quiero casi como tú a mí. Si quieres tener una idea (ya que no una medida porque no la admite) de mi amor, multiplica el tuyo, que me figuro que es grande, por la inmensidad del espacio y por la eternidad del tiempo y su resultado te la dará. No quiere ni se inquieta una madre por el hijo que contempla en sus brazos como yo por ti, ni concibo amor alguno que alcance la intensidad y vehemencia del mío.
Ignacio Agramonte, San Diego, Abril 13 de 1867 (Carta a Amalia)

Corre el año 1866. Una preciosa criolla, camagüeyana de nacimiento y de una belleza sin par, descubre el amor y pone en él toda la fuerza de su alma apasionada.

El objeto de aquel amor, que no admitió fronteras y pronto se desbordó encontrando cauce no solo en las caricias y mimos, sino también en las cartas que acortaron la distancia y aliviaron el dolor de la ausencia, era un joven abogado, camagüeyano también, y por más luces, inteligente, culto y buen mozo.

Amalia e Ignacio se enamoraron siendo muy jóvenes. Ambos poseían suficientes virtudes y atractivo físico como para llamar la atención de otras personas, pero los dos supieron desde el principio que sus vidas estaban indisolublemente ligadas.

Amalia Simoni Argilagos era una mujer de cuerpo arrogante y postura altiva, negros ojos, profusa mata de cabellos y gentil figura, a lo cual añadía una cultura exquisita, deliciosa voz, perfección a la hora de tocar el piano y el dominio de varios idiomas.

Razones de más para cautivar el corazón de Ignacio Agramonte y Loynaz, abogado, hombre culto y de ideas independentistas, que con su actitud firme y decidida logró convencer al padre de Amalia, el Dr. Simoni, quien se había opuesto al noviazgo porque esperaba encontrar un yerno con mayor fortuna.

Y por azar de una vida llena de sorpresas y sinsabores, tuvieron que separarse enseguida: Ignacio estudiaba en La Habana; ella lo esperó en su natal Puerto Príncipe. Ya por entonces las actividades independentistas absorbían la atención de Agramonte, lo cual auguraba tiempos difíciles.

El ferviente enamorado sufría horrores la lejanía y trataba de llenar la ausencia de la amada con apasionadas cartas llenas de cariño y del compromiso de un amor eterno. Frases como esta conmueven hoy al más insensible a pesar del tiempo transcurrido desde que fue escrita:

«…Sí, Amalia de mi vida, eres mi único delirio; a nadie, a nadie amo tanto como a ti, jamás lo dudes. ¡Me siento tan dichoso amándote y siendo el objeto de tu amor!»
En una esquela fechada el 13 de abril de 1867 Ignacio decía: «En una de tus cartas leo estas palabras: Tu deber antes que mi felicidad es mi gusto, Ignacio mío. Y cómo no amarte si eres tan grande, si tan elevado es tu corazón. Sí, Amalia, me siento arrastrado porque se ama lo bueno, y se adora lo bello. Sin embargo, yo te aseguro que vacilaría si alguna vez encontrara tu felicidad y mi deber frente a frente; creo que ya te lo dije en otra ocasión. Ojalá nunca se encuentren. Adiós, mi Amalia, hasta otro día».

El patriota no soportaba la idea de que sus dos pasiones fueran contrapuestas y que la mujer amada no comprendiera la urgencia del llamado de la patria. Pero, Amalia no solo lo entendía, sino que ella misma estaba inmersa en afanes conspirativos.
Se casaron el 1ro de agosto de 1868. Muy poco tiempo disfrutaron de su luna de miel. Unos meses después, el inicio de la guerra, el 10 de octubre de ese año, y la incorporación de Ignacio a las fuerzas mambisas deciden un nuevo camino para el matrimonio.

Amalia no quiso quedarse en casa y siguió al amado a la manigua. La joven de familia acaudalada, culta, distinguida, de formación hogareña, aprendió a lidiar con el monte, la inseguridad y el peligro.

Haciendo honor a su estirpe de cubana valiente, decidida a darlo todo por Cuba, Amalia estuvo alzada desde el 1ro de diciembre de 1868, hasta mayo de 1870, cuando fue hecha prisionera por las tropas españolas, en la Sierra de Cubitas, junto a su pequeño mambisito, de apenas un año de edad, y embarazada de la segunda hija del matrimonio.

Indoblegable desde su captura, Amalia Simoni mantuvo en ese dramático momento total entereza de principios patrióticos y fidelidad sin límites a los ideales de emancipación social que compartió con su esposo.

Ante una propuesta para que convenciera a Ignacio de traicionar sus ideales, Amalia respondió:

«General, primero me corta usted la mano, antes que escriba a mi esposo que sea traidor…»
Amalia salió de Cuba deportada, y de nuevo la separación los sumió en el dolor. Pero, ambos persistían en salvar el gran amor que los unía, y la constante esperanza en un futuro juntos los mantuvo de alguna manera cercanos.

De nuevo las cartas llenaban el obligado silencio de los amantes. Cada misiva era un lamento desesperado y a la vez compromiso de reunirse en la patria libre:

«No vuelves a quedar sola otra vez, como dices: allá te acompaña mi pensamiento que nunca te deja, mi amor está contigo; allí tienes mi alma. Nunca mientras viva tú estarás sola, que nunca dejaré de acompañarte…»

«Idolatrada esposa mía: Mi pensamiento más constante en medio de tantos afanes es el de tu amor y el de mis hijos. Pensando en ti, bien mío, paso mis horas mejores, y toda mi dicha futura la cifro en volver a tu lado después de libre Cuba. ¡Cuántos sueños de amor y de ventura, Amalia mía! Los únicos días felices de mi vida pasaron rápidamente a tu lado embriagado de tus miradas y tus sonrisas. Hoy no te veo, no te escucho, y sufro con esta ausencia que el deber me impone. Por eso vivo en lo porvenir y cuento con afán las horas presentes que no pasan con tanta velocidad como yo quisiera…»

El 11 de mayo de 1873, El Mayor cae en combate. La noticia sorprende a Amalia en la ciudad de Mérida. Pocos días antes ella le había escrito:

«Zambrana dice que con pesar cree que no verás el fin de la revolución. Estas palabras de Zambrana recién llegado del campo de Cuba, no sé cómo no me han hecho perder la razón. ¡Ah! tú no piensas mucho en tu Amalia, ni en nuestros dos ángeles queridos, cuando tan poco cuidas de una vida que me es necesaria, y que debes también tratar de conservar para las dos inocentes criaturas que aún no conocen a su padre».

«Yo te ruego, Ignacio idolatrado, por ellos, por tu madre y también por tu angustiada Amalia, que no te batas con esa desesperación que me hace creer que ya no te interesa la vida. ¿No me amas? Además, por interés de Cuba debes ser más prudente, exponer menos un brazo y una inteligencia de que necesita tanto. Por Cuba, Ignacio mío, por ella también, te ruego que te cuides más…»

Esta carta nunca llegó a las manos de Ignacio. Amalia enfermó de gravedad al saberlo perdido para siempre; pero, el amor a sus hijos y la causa cubana la animaron a seguir luchando por la vida y por la Patria.

Muchos años más tarde, el 24 de febrero de 1912, en la Plaza de Armas de la ciudad de Camagüey, se develó una estatua ecuestre del Mayor General Ignacio Agramonte y Loynaz.

Una anciana venerable tiró del cordón que anudaba el pabellón de la estrella solitaria que cubría el monumento. Fulguró al sol el bronce, y la mujer, conmovida, cayó desmayada.

Aquella anciana era Amalia Simoni Argilagos, la viuda de El Mayor. Más allá del tiempo, de la muerte, ahí estaba su Ignacio idolatrado…

Amalia falleció el 23 de enero de 1918, en La Habana, su cansado corazón dejó de latir mientras escuchaba la música que Herminia, la hija que no conoció El Mayor, interpretaba al piano.

Bajo su almohada se encontraban las cartas que el amado esposo le había escrito cuando eran jóvenes y compartían sueños y esperanzas.

«…quisiera oírte decir incesantemente que me quieres como no es posible querer a nadie más, y que te es necesario mi cariño; mi cariño que excede a todos; cuya inmensidad no es posible exagerar y que desafía por su duración a la misma muerte, como por su constancia a las mayores contrariedades…»

/ymp/

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Sobre Rosa María García Vargas

Periodista. Graduada de Letras en la Universidad de Oriente. Se desarrolló como especialista del Grupo Metodológico del Sistema de Radio en la provincia de Las Tunas. Directora del noticiero Impacto de Radio Victoria por varios años. Se desempeña como redactora de los Servicios Informativos de esta emisora. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba. @RosaMaraGarca

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