Las Tunas, Cuba. Miércoles 22 de Noviembre de 2017
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El amor también se aprende

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Siempre que llega el Día de los enamorados, o del Amor y la amistad como también se conoce, se acostumbra a afirmar que el amor se manifiesta en relación con todo. Es decir, se ama a la Patria, a la Revolución, a los hijos, a la humanidad.

Pero, en realidad el 14 de febrero es propicio para reafirmar el amor de pareja, para entregarse a la persona amada y demostrar la sinceridad de ese hermoso sentimiento. De ahí que sea tan esperado por adolescentes, jóvenes y adultos.

La mayoría de las personas no rehúsan entonces exhibir su afecto por alguien en especial, ya se trate de un amor platónico, de una relación informal, de un noviazgo en vías de ser algo más serio o de un matrimonio establecido.

Las jornadas previas hay expectativas en busca de los regalos, o ansiedad si no se consiguió reservación en un buen restaurant, y llegado el día de San Valentín, desbordan los ojos de felicidad y no están quietas las manos, que revolotean como palomas en busca del nido.
Así es el Día de San Valentín, y Cupido se presta a completar el gozo de la celebración con sus flechazos inesperados para quienes aún no habían conseguido su media naranja.
Toda esta euforia nos lleva a preguntarnos por qué el resto del año muchos se olvidan del divino sentimiento, confundido a veces, olvidado entre carencias, dificultades o estrés.
Piensen si no en las jóvenes parejas que no quieren una relación «seria» porque formalizar implicaría irse a vivir juntos y no tienen donde; en los matrimonios agobiados por la rutina y problemas materiales; los que toparon con alguien que es infiel por mero deporte o porque prefirió a otro(a) con mayores posibilidades económicas…

Algunos han llegado a pensar que el amor no existe; otros hablan de una crisis del divino sentimiento; la mayoría se deja llevar y lo sueña, lo imagina, hasta sentirlo de verdad aunque no le dure tanto como quisiera; los menos tropiezan con él una vez y no lo dejan escapar.

Pero… la vida moderna con su vertiginoso movimiento, la independencia alcanzada por la mujer en una sociedad que cada vez más posibilita a las féminas aspirar a la igualdad plena en el trabajo y en el hogar, hacen que muchas relaciones, incluso tras muchos años de convivencia, terminen por falta de comunicación y de una verdadera comprensión ante las necesidades del otro.

¿Dónde queda el amor cuando enfrentamos situaciones como estas? Recuerdo una frase del físico Zeldóvich que aprendí hace un tiempo: «la felicidad es cuando por la mañana se quiere ir al trabajo y por la tarde se quiere regresar a la casa».

Esto quiere decir que una persona feliz desde el punto de vista amoroso es más productiva y disfrutará plenamente de su trabajo, y viceversa, el hombre, o mujer, realizado en su trabajo, útil por su actividad laboral, estará en mejores condiciones sicológicas para amar.
La reflexión, en apariencia sencilla, cobra un tinte de melodrama si analizamos las pequeñas escaramuzas diarias, tanto en la casa como en los centros de trabajo, por enfrentar de la mejor manera posible los problemas que nos afectan.

En cualquier caso, solo el amor puede salvarlo todo. No puedo dejar de pensar en parejas como la de Amalia Simoni e Ignacio Agramonte, Aleida March y Ernesto Guevara, o la de Adriana y Gerardo, más cercana en el tiempo, por solo citar las que me impresionaron con mayor profundidad por los obstáculos que tuvieron que vencer para amarse, cuando no parecía posible la vida en común.

Pero, lograr este tipo de relación significa «domesticar», «crear lazos» como le enseñó la zorra al Principito en la obra de Saint-Exupery:

«Esa es una cosa muy olvidada… Aún tú no eres nada para mí más que un niño parecido a cien mil niños. Y no tengo necesidad de ti. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que una zorra, parecida a cien mil zorras. Pero si me domesticas, necesitaremos el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti única en el mundo…».

En nuestra sociedad tenemos dificultades objetivas que a veces hacen desviar la atención, sobre todo de los jóvenes, de los sentimientos y valores más preciados para priorizar intereses materiales que si bien pueden hacer la vida más agradable, para nada son imprescindibles.

Por eso, hay que priorizar una educación que enseñe a amar sin mezclar los sentimientos con los beneficios o ganancias que se puedan obtener de una relación; hay que enseñar el amor como se enseña la honestidad, la solidaridad.

¡Cuántas personas en el mundo, ahora mismo, darían cualquier cosa por amar y ser amadas!, pero no se les permite ese privilegio en un país bombardeado, asolado por la ambición de los poderosos, donde la muerte es el único refugio ante el dolor.

Nuestra realidad es otra, tan diferente que no podemos resignarnos a la idea de perder la posibilidad de amar y ser correspondido. Dejemos pues a un lado el temor al fracaso, o al ridículo, y probemos a entregarnos sin condiciones. De hecho, les auguro que no se arrepentirán.

/ymp/

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Sobre Rosa María García Vargas

Periodista. Graduada de Letras en la Universidad de Oriente. Se desarrolló como especialista del Grupo Metodológico del Sistema de Radio en la provincia de Las Tunas. Directora del noticiero Impacto de Radio Victoria por varios años. Se desempeña como redactora de los Servicios Informativos de esta emisora. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba. @RosaMaraGarca

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