Las Tunas, Cuba. Martes 26 de Septiembre de 2017
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Presencia de un revolucionario ejemplar

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El 16 de enero de 1934 falleció en una cama de hospital en La Habana, víctima de la tuberculosis, el revolucionario cubano Rubén Martínez Villena. A pesar de no haber cumplido 35 años en el momento de su deceso, el joven dejaba una huella indeleble en la historia de Cuba, de la cultura y de las luchas revolucionarias de este país.

Mucho se ha escrito de Villena, quien desde muy temprana edad se destacó como líder estudiantil y obrero, poeta y revolucionario íntegro.

Son memorables en los pasajes biográficos de Rubén Martínez Villena la Protesta de los Trece, ocurrida en 1923; el encuentro con el general Gerardo Machado, el entonces presidente de la nación el 12 de diciembre de 1925, con el objetivo de interceder por la vida de Julio Antonio Mella que se encontraba preso y hacía huelga de hambre y la frase con la cual describiría al dictador, epíteto con el que aún se le conoce: “…es un salvaje… un animal… una bestia… Es un asno con garras!

En 1927, mientras permanecía hospitalizado, Villena recibió un elogio hipócrita y malsano de un antiguo compañero, el doctor Jorge Mañach, graduado de Harvard y profesor de la Universidad de La Habana. El insidioso polemista, utilizando una sutil ironía, se refiere a Rubén como si este pretendiera convertirse en un nuevo Rubén Darío. Ante la burda insinuación el joven poeta responde públicamente en una carta en la cual expresa:

“Yo no soy poeta (aunque he escrito versos); no me tengas por tal, y por ende, no pertenezco al “gremio” de marras. Yo destrozo mis versos, los desprecio, los regalo, los olvido; me interesan tanto como a la mayor parte de nuestros escritores interesa la justicia social. No soy, pues, un competidor…”

Villena nunca había aceptado publicar su valiosa obra poética, aún cuando era reconocida en los círculos de intelectuales de su tiempo y sus amigos insistían en verla impresa. Sin embargo, para él lo primero era trabajar, luchar, hasta alcanzar su ideal de justicia social.

La respuesta no solo sirvió para poner en ridículo a Mañach, sino también para mostrar una vez más los valores reunidos en el carácter de un hombre puro que, aún cuando se encontraba muy enfermo se preocupaba por la situación del país y de los obreros, organizaba huelgas y entregaba su vida a la causa de los oprimidos.

Otros rasgos atrayentes de su personalidad resultan la lealtad a sus amigos, entre ellos Julio Antonio Mella y Pablo de la Torriente Brau, y el intenso amor -felizmente correspondido- que profesaba a su esposa Asela Jiménez, quien estuvo siempre a su lado.

Rubén y Asela se comprometieron el 4 de febrero de 1924 y hasta el último aliento del joven enamorado no hubo más consuelo para él, en medio de los azares de la lucha revolucionaria y su enfermedad, que la de ese amor. Cuentan sus biógrafos que él la llamaba “su compañera y amada”, su “estímulo y descanso”.

En muchas ocasiones Rubén se vio obligado a permanecer separado de Asela, entonces le escribía hermosas y conmovedoras cartas que no fueron reunidas y publicadas en el año 2000, en ocasión del centenario del poeta, por las doctoras Angelina Rojas Blaquier (La Habana, 1947) y Ana Núñez Machín (San Antonio de los Baños, La Habana, 1933), compilación que apareció con el título Asela Mía, Cartas de Rubén Martínez Villena a su esposa.

De sus cartas se desprenden sentimientos encontrados, a la vez que bien definidos y sencillos: el amor a la patria, a la familia, a su esposa, la necesidad de estar siempre con la mujer amada y disfrutar de su hija Rusela, la fidelidad a sus compañeros de lucha, pero, sobre todo, sobresale el compromiso con la causa que defendió hasta su muerte, el deber con la patria, con la revolución.

Las actividades revolucionarias de Rubén no cesaron nunca, a pesar de los inconvenientes de su enfermedad y de la preocupación de sus familiares, amigos y compañeros de lucha. Prácticamente lo obligaron a salir de Cuba y fue internado en un sanatorio en el Cáucaso, antigua Unión Soviética, desde allí escribía a Asela cuánto la extrañaba y le preocupaba su embarazo y le daba consejos acerca de cómo adaptarse a la pequeña que había nacido ya.

También reflexionaba sobre todo a su alrededor, opinaba sobre el desarrollo de los acontecimientos en Cuba… era asombrosa su capacidad para continuar la lucha a pesar de su deteriorado estado físico. Su espíritu inquieto lo obligó a regresar a la isla aún cuando sus fuerzas ya no respondían como antes.

Sin embargo, su labor fue determinante en el proceso de organización de las huelgas parciales que culminaron en la huelga general de agosto de 1933 la cual derrocó al tirano Gerardo Machado.

Tanta responsabilidad lo hacía olvidar el cuidado de su salud cada vez más debilitada. No obstante, el 29 de septiembre de 1934 habló por última vez en público al recibir las cenizas de Mella y luego se encargó de organizar las bases del Congreso Obrero de Unidad Sindical. Para entonces había llegado al límite de sus fuerzas y lo ingresan en un sanatorio, donde fallece el 16 de enero de 1934; era una fría madrugada y solo lo acompañaba su médico y amigo Gustavo Aldereguía. Sus últimas palabras fueron para preguntar cómo iba el congreso.

La vida y obra de Rubén Martínez Villena no puede resumirse en escasas líneas, ni siquiera se puede escribir del poeta sin referirse al revolucionario o viceversa; tampoco es justo olvidar que fue un ser humano de alma sensible, inteligente y apasionado, inspirado por el pensamiento martiano y de los próceres de las guerras de independencia del Siglo XIX cubano: su ejemplo nutrió a la Generación del Centenario y aún vive en cada obra de la Revolución.

/ymp/

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Sobre Rosa María García Vargas

Periodista. Graduada de Letras en la Universidad de Oriente. Se desarrolló como especialista del Grupo Metodológico del Sistema de Radio en la provincia de Las Tunas. Directora del noticiero Impacto de Radio Victoria por varios años. Se desempeña como redactora de los Servicios Informativos de esta emisora. Miembro de la Unión de Periodistas de Cuba. @RosaMaraGarca

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