Las Tunas, Cuba. Lunes 25 de Septiembre de 2017
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Acciones y pensamiento del general mambí cubano Enrique Loynaz

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Marta Denis Valle
Prensa Latina

La Habana.- El patriota Enrique Loynaz del Castillo (1871-1963), uno de los generales más jóvenes de la guerra de 1895 a 1898, soñó con Cuba y Puerto Rico libres casi desde su nacimiento de padres cubanos en la República Dominicana.

Revolucionario de numerosos afectos y méritos, desde niño apoyó la causa separatista y a los 20 años fue presentado a José Martí en Nueva York, por los generales mambises Serafín Sánchez (1846-1896) y Francisco Carrillo (1851-1926).

Muy joven tomó parte en los preparativos de la lucha independentista cubana; el 30 de marzo de 1894 introdujo, clandestinamente, 200 fusiles Remington y 47 mil balas por el Puerto de Nuevitas, Camagüey; y aunque fue descubierto por las autoridades, logró escapar al extranjero.

A los 24 años de edad, se incorporó al Ejército Libertador, en el cual participó en más de 60 acciones combativas (1895 a 1898) y alcanzó el grado de general de brigada.

Su marcha en el Contingente Invasor a Occidente -de Baraguá hasta La Habana-, y en otros escenarios también de hechos notables, lo nutrieron de ricas experiencias que supo narrar fielmente en su obra Memorias de la Guerra, publicadas póstumamente (1989).

Estas crónicas, un clásico en el género, que fueron escritas con rigor, emoción patriótica y belleza -e incluyen también la consulta de otras fuentes-, enaltecen una visión real y de enfoque humanista, de la Historia de Cuba.

Así recrea el nacimiento hace 120 años, del Himno Invasor de su autoría que acompañó al Ejercito Libertador desde entonces en sus grandes y pequeñas batallas; una excelente marcha patriótica, aun vigente hoy.

Recuerda en su narración que acampaban las fuerzas invasoras, en La Matilde, Camagüey, el 15 de noviembre de 1895, en una casa en cuyas paredes soldados enemigos habían dejado insultos y alguno de ellos, versos con una bandera española.

Entonces Enriquito, como le llamaban, pintó una bandera cubana en la otra ventana, blanca y azul, y escribió seis cuartetas de versos, un himno en honor del Lugarteniente general Antonio Maceo, quien al escucharlo sugirió se le cambiara el nombre.

Loynaz del Castillo había arribado a Cuba (Tayabacoa, Punta Caney, sur de Sancti Spíritu), en el vapor James Woodal, la madrugada del 25 de julio de 1895, en la llamada Expedición Sánchez-Roloff.

Tuvo su bautizo de fuego en Taguasco y Los Pasitos, y casi de inmediato fue elegido delegado a la Asamblea Constituyente de Jimaguayú, celebrada en septiembre con el fin de establecer las instituciones y mandos de la República de Cuba en Armas.

Se destacó en los debates y tuvo el encargo de escribir la declaración de independencia contenida en la constitución allí aprobada, cuyo original, de su puño y letra, conserva el Archivo Nacional de Cuba.

Una misión que califica de intensidad espiritual, lo llevó a Oriente, en vez de volver al Cuarto Cuerpo de Ejército mambí, y para cumplirla en la fecha y lugar previstos, se arrojó al Cauto muy crecido y a nado cruzó por la pérdida de uno de los caballos.
«… marchas forzadas, acompañado de un práctico, llegué al amanecer del 10 de octubre al histórico campo de Dos Ríos», sitio de especial veneración, a determinar exactamente donde cayó José Martí y allí enterrar dentro de una botella el acta correspondiente.

Investigó y exploró con los vecinos cada detalle hasta cumplir con el encargo del presidente del Consejo de Gobierno cubano, Salvador Betancourt Cisneros.

Horas de contemplación y velorio silencioso, tras besar «la tierra santificada por la sangre del Maestro», completó con la despedida del Prefecto mambí capitán José Rosalía Pacheco y familiares.

A marchas presurosas, nuevamente, partió al encuentro de Maceo y vivió el preludio y salida del Ejército Libertador desde Mangos de Baraguá, el 22 de octubre de1895, »al asomar sobre las cumbres de la cordillera Maestra el Sol, reflejando fulgores en las armas…»

Algo de arrojo y carisma caracterizan a quien sin experiencia militar previa, sobresalió por su notable inteligencia y valor que le ganaron la confianza y estimación de sus superiores.

Desde ese momento fue ayudante del Lugarteniente general Antonio Maceo -hasta la llegada de la invasión a La Habana.

Seguidamente, jefe de Estado Mayor de los MG Serafín Sánchez y José María (Mayía) Rodríguez Rodríguez (1849-1903), con quien terminó la guerra.

El 31 de diciembre de 1895, en los límites de Matanzas y la Habana, el General en Jefe Máximo Gómez ordenó a Serafín regresar a Las Villas con el Cuarto Cuerpo de Ejército a su mando, y allí volvió Loynaz.

Dos veces Loynaz presentó planes al Consejo de Gobierno cubano, en 1896 y 1897, para conducir una expedición armada a la isla hermana de Puerto Rico, y liberarla del yugo español; la última vez en unión del general José Lacret.

Otras notables acciones muestran su valía, como aquella en que salvó la vida de Antonio Maceo, el 10 de noviembre de 1894, cuando resultó herido, víctima de un atentado, a la salida de un teatro en San José de Costa Rica.

En ese momento lo acompañaba y rápido eliminó de un disparo al agresor que se disponía a rematarlo, por lo cual tuvo que escapar de ese país.

En otra ocasión rescató de manos españolas el cadáver de su jefe Serafín Sánchez, entonces Inspector General del Ejercito Libertador, en el funesto combate de Paso de las Damas, el 18 de noviembre de 1896.

Después del desconcierto inicial y haber llorado al héroe, a quien quería como hijo, cargó al machete con tal fuerza que impidió se llevaran el cadáver.

ESTIRPE CUBANA DE LOYNAZ DEL CASTILLO

Al constituirse la República, Loynaz del Castillo resultó electo por Camagüey miembro de la Cámara de Representantes, rehuyó cargos gubernamentales y solo prestó importantes servicios diplomáticos.

Fue embajador en México, Panamá, Portugal, Costa Rica y Venezuela.

Contrario a la política fraudulenta neocolonial, se alzó en armas en 1906 y 1917, y contra la dictadura de Gerardo Machado, en 1933.

Era de amplia cultura, orador fogoso, erudito en historia de ambas Américas; gran admirador de Simón Bolívar, sobre quien ofreció conferencias en el antiguo Teatro Fausto de la Habana.

Vivió una niñez feliz en Santo Domingo; estudioso y amante de la naturaleza, se graduó de Bachiller en Ciencias y Letras y de Profesor en el Instituto de Azúa. Hablaba con fluidez varios idiomas.

Se reconocía según sus ideas, como cubano de nacimiento porque cuando vino al Mundo, el cinco de junio de 1871, en Puerto Plata, radicaba en su casa la Agencia de la República de Cuba en Armas en ese país. (Prensa Latina)

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