Las Tunas, Cuba. Martes 26 de Septiembre de 2017
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Cuba: El rostro esclavista de la oligarquía azucarera

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Marta Denis Valle
(Prensa Latina)

La Habana.- Condes, marqueses y otros oligarcas de la sociedad colonial cubana bien escondieron su pecado original esclavista, amos de miles de esclavos bajo el sol tropical, la mayoría como fieles vasallos de la metrópoli española.

La historia refiere el hecho cierto de que existió en Cuba presencia esclava desde el siglo XVI, aunque nunca se conocerá el número exacto, debido a la trata clandestina desde 1820 hasta1860, ocurrida casi a la vista de las cómplices autoridades hispanas.
Hubo poderosos señores que fomentaron sus fortunas con fuerza de trabajo esclava, hasta la abolición en 1880-1886, principalmente con el sistema de plantación, a la caída de la producción azucarera haitiana, la primera del planeta.

Pero pocas veces se escribe o habla de ellos, enmascarados bajo títulos aristocráticos conferidos por Madrid, o puestos públicos, emparentadas las viejas familias con peninsulares de más tardía emigración.

Una fuerte pugna se entabló en lo interno y frente a los productores europeos de azúcar de remolacha, mediante el incremento de los ingenios (fábricas de azúcar) y esclavos, unos 300 mil que según algunas fuentes, llegaron por vía ilegal.

En 1792, la Cuba colonial había situado su producción azucarera en el tercer lugar mundial, después de Jamaica y Brasil, desde el puesto decimoprimero donde se encontraba en 1760.

Ya en 1849 produjo 220 mil toneladas, el 23,5 por ciento de la producción mundial de azúcar de caña (923 mil 789 toneladas), seguida por las Antillas Británicas (142 mil 200 toneladas) y Brasil (121 mil 509).

También por encima de las 95 mil 500 toneladas de la industria remolachera (9,2 por ciento del total mundial), pero en 1862 los remolacheros la superaron con 133 mil 321 toneladas más.

Un inmenso cañaveral se expandió por las llanuras occidentales de la isla desde La Habana hasta más allá de Matanzas y, después, a Trinidad, en la región central.

En 1860 existían en el Departamento Occidental 236 trapiches e ingenios movidos por fuerza de trabajo animal o fluvial; 762 ingenios semimecanizados y 67 mecanizados.

Las jurisdicciones orientales contaban con 182 del primer grupo, 118 del segundo y solo dos del tercero.

Las instalaciones eran atrasadas e insuficientes y baja la productividad del esclavo, privado de libertad y sometido a largas jornadas de labor.

Como promedio los ingenios mecanizados requerían 500 esclavos, los semimecanizados 250 y cien los movidos por fuerza animal, aunque en muchos casos las cifras variaban.

Los sugestivos nombres de Armonía y Santa Rosa dio Domingo Aldama a dos mecanizados, cuyas dotaciones de 400 y 350 hombres producían anualmente seis mil y ocho mil cajas de azúcar; el primero, 20 cajas por esclavo, y el segundo 17,14.

Aldama y socios, las cabezas del poderoso grupo esclavista Alfonso-Aldama-Madan, constituido alrededor de 1820, llegaron a tener 40 ingenios azucareros, 11 de ellos gigantes productores y unos 15 mil esclavos, a mitad del siglo XIX.

La tercera generación de estos esclavistas y traficantes negreros -también de los llamados culies chinos- poseía 10 títulos nobiliarios en 1860.

Grandes dotaciones tuvieron otros centrales mecanizados: Flor de Cuba (729 esclavos) de Joaquín de Arrieta; Tinguaro, de Francisco Diago (560); Ponina, de Fernando Diago (500); San Martín (452) y Echevarría (412), ambos de Francisco Pedroso.

El vasco Julián de Zulueta y Amondo (1814-1878), comerciante de víveres, traficante clandestino de esclavos y hacendado esclavista, tuvo en sus cinco ingenios y fincas casi dos mil esclavos; en el Avala (600), Habana (310), Vizcaya (225), España (466) y en el Zaza (231).

De simple empleado, llegó a ser millonario, marqués y vizconde, Presidente del Casino Español de La Habana y del Círculo de Hacendados; fue parte de la élite de la oligarquía hispano-cubana y se insertó en el aparato colonial español.

José María Herrera y Herrera (1788-1853), II conde de Fernandina, fue propietario de los ingenios Santa Teresa (a) Agüica (380) y San José (a) La Angosta.

Coronel graduado de artillería en las milicias disciplinadas de la plaza habanera, este aristócrata criollo recibió honores y varias órdenes reales, así como la categoría de senador vitalicio del Reino y Gentilhombre de Cámara de la reina Isabel II.

El ingenio El Progreso, fue del marqués de Arcos (590 esclavos); Monserrate (360), del II Conde de Santovenia (José María Martínez de Campos y de la Vega), y el Trinidad (560), de Esteban Santa Cruz. Estaos tres trapiches eran semimecanizados.

El II Conde de Santovenia, nacido en Sevilla en 1792 y fallecido en La Habana en 1865, fue abogado, coronel del ejército y del Regimiento de Milicias de Caballería de Matanzas, senador del Reino, caballero de la Orden de Alcántara y poseedor de la Gran Cruz de la Orden de Carlos III.

El Narciso (400) y San Nicolás pertenecían al II Conde de Peñalver (Narciso José de Peñalver y Peñalver), Capitán de las milicias disciplinadas, distinguido con la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica y Caballero de la Orden de Montesa.

El acaudalado español Joaquín Gómez (1776-1860), jefe de otro grupo esclavista y traficante negrero principalísimo, dejó de heredero a su sobrino Rafael Toca Gómez y Hano de la Vega (1811-1879), quien continuó su turbio comercio, enaltecido por España con el título de primer Conde de San Ignacio.

Toca fue tesorero de la Caja Real de Descuentos, de la Junta Protectora de Emancipados, y Juez español del Tribunal Mixto de Justicia; y obtuvo también la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica. Era dueño de los ingenios Santa Teresa, Gerardo, Neptuno y San Ignacio.

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