Las Tunas, Cuba. Sábado 26 de Mayo de 2018
Home > Opinión > Pobreza rural y la ruptura de un ciclo vicioso

Pobreza rural y la ruptura de un ciclo vicioso

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page

María Julia Mayoral
Prensa Latina

La Habana.- Desarrollo agrícola y protección social pueden acoplar como eficaz binomio para romper el ciclo vicioso de la pobreza rural que azota a millones de seres humanos, sustenta la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

Según estimaciones del Banco Mundial, más de un tercio de la población total en los países de ingresos bajos y medianos vive con menos de dos dólares al día y para uno de cada seis habitantes la situación es peor: 1,25 dólares.

Mientras, indagaciones de la FAO, el Programa Mundial de Alimentos y el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola advierten que alrededor de 780 millones de individuos en el planeta padecen de hambre crónica.

Aunque en el transcurso de los últimos tres decenios disminuyó la proporción de personas en condiciones menesterosas, apreciaciones del Banco Mundial sitúan como muy pobres a casi mil millones y a otra cifra similar en calidad de pobres.

Esa adversa situación «está desproporcionadamente concentrada en las zonas rurales», insiste la FAO en su informe de 2015 sobre El estado mundial de la agricultura y la alimentación.

Un reporte de este año, hecho por el Banco Mundial, expuso que a la altura de 2010 el 78 por ciento de la población muy pobre en el planeta residía en áreas rurales y ese patrón es semejante en todas las regiones, salvo diferencias en las tasas generales de pobreza.

Cientos de millones de familias residentes en el campo «se ven atrapadas en un ciclo de hambre, pobreza y baja productividad que da lugar a un sufrimiento innecesario y obstaculiza el desarrollo agrícola y el crecimiento económico en general», considera la FAO.

A juicio de esa agencia de Naciones Unidas, la ruptura del panorama descrito «requiere la adopción de medidas en dos ámbitos complementarios: la protección social y el crecimiento en los sectores productivos de la economía», en especial de la agricultura por su papel predominante en la vida rural.

Por tanto, «la vinculación de la protección social con el desarrollo agrícola es un medio que presenta grandes posibilidades para romper el ciclo de la pobreza», validan investigaciones de la FAO.

Tales enfoques correlacionan también el efecto negativo de la inopia y sus corolarios (malnutrición, enfermedades, falta instrucción escolar…) sobre la productividad del trabajo y el desarrollo local.

Sin embargo, ni el alza del Producto Interno Bruto (PIB) ni el fomento agrícola en específico pueden asegurar reducciones automáticas en las tasas de indigencia: «Incluso con crecimiento económico, la lucha por escapar de la pobreza es con frecuencia lenta, ya que el crecimiento puede no resultar inclusivo», evalúa la FAO.

Además de las erogaciones para la agricultura y el desarrollo rural, se necesitan al mismo tiempo inversiones en programas de protección social; la comprensión de esas necesidades condujo en los últimos años al rápido incremento de diversos planes, aunque con distintos alcance y naturaleza, incluso dentro de un mismo país.

Solo en 2013 la protección social sacó a unas 150 millones de personas de la extrema pobreza, al permitir a los hogares el aumento y la diversificación del consumo de alimentos, a menudo a partir de producciones propias, notificó la FAO.

Distintos estudios atestiguan que los efectos positivos sobre el bienestar de la infancia y las madres se amplían cuando los programas tienen en cuenta los aspectos de género o van dirigidos a las mujeres.

«Esto es especialmente importante porque la malnutrición materna e infantil perpetúa la pobreza de una generación a otra», subraya el informe de 2015 sobre el estado de la alimentación en el mundo.

Sobre el tema, la FAO recalca que los programas de protección social no solo amparan el consumo; los datos muestran otras influencias positivas al impulsar mayores inversiones en la educación y la salud de los niños e incentivar la reducción del trabajo infantil.

«Cuando se aplica correctamente y las transferencias son periódicas y previsibles, la protección social facilita también una mayor inversión en las actividades de producción realizadas en las explotaciones agrícolas, en particular en los insumos, las herramientas y el ganado, así como en las empresas no agrícolas», respalda el análisis.

Incluso, hasta «as transferencias relativamente pequeñas ayudan a los pobres a superar las dificultades de liquidez y crédito y proporcionan un seguro ante algunos riesgos que los disuaden de la realización de actividades con mayor rentabilidad», explica la investigación.

El establecimiento de conexiones entre agricultura y protección social «puede crear círculos virtuosos de desarrollo local», opina la FAO, que ubica entre las iniciativas exitosas las compras institucionales a los agricultores locales con destino a comidas escolares y otros programas gubernamentales.

Carencias materiales y financieras lastran proyectos de esa naturaleza; pero «tales dificultades guardan una estrecha relación con la voluntad política precisa para tomar las necesarias decisiones de gasto», valora el organismo.

«Por lo menos una parte de dicha financiación debe partir del país con el objetivo de proporcionar una base sostenible para los programas de protección social», lo cual supone la combinación de inversiones públicas y privadas, estima el director general de la FAO, José Graziano da Silva.

La comunidad internacional suscribió la meta de erradicar la pobreza rural y el hambre para 2030 o incluso antes. Ejemplos prominentes del consenso son la agenda para el desarrollo después de 2015 y la aprobada en Addis Abeba en relación con las acciones de financiamiento.

Sin embargo, de continuar invariable la actual situación mundial, para 2030 más de 650 millones de personas seguirán subalimentadas, advierten las previsiones de la FAO.

Si la humanidad busca realmente la erradicación sostenible de ambos flagelos en el plazo de los próximos 15 años, resultan indispensables inversiones adicionales ascendentes, como promedio, a unos 267 mil millones de dólares estadounidenses anuales para el fomento de zonas rurales y urbanas y la protección social.

Dicha cantidad es equivalente a cerca del 0,3 por ciento del PIB mundial y supondría un promedio de 160 dólares estadounidenses anuales para cada persona en situación de pobreza extrema a lo largo de todo ese período, precisa la FAO.

Dentro del conjunto de países en desarrollo, unos dos mil 100 millones de personas, equivalentes a un tercio de la población, reciben alguna forma de protección social, aunque existen notables diferencias entre las regiones y los niveles de cobertura más bajos se registran en los territorios donde hay mayor incidencia de la pobreza, advierte la fuente.

Actualmente las restricciones al crédito continúan siendo un obstáculo importante para la inversión agrícola por parte de pequeños productores; modificar esa dinámica requiere la intervención directa de los gobiernos.

En opinión de la FAO, «es prioritario poner remedio a las deficiencias del mercado de créditos mediante programas especiales, sistemas de garantías crediticias y bancos especializados», a sabiendas que los préstamos por sí solos resultan insuficientes para ayudar a las familias pobres a salir de la indigencia y mejorar su bienestar.

El análisis aprecia la intervención estatal mediante las compras institucionales a los pequeños productores y los beneficios de conjugar la asistencia social con la demanda amparada por el gobierno.

Criterios reduccionistas suelen inscribir las acciones de protección social como una carga, en tanto implican la ejecución de gastos; sin embargo, constituyen inversiones y «el costo de no tomar medidas para proteger a la población pobre y vulnerable es muy alto», sopesa la FAO.

Datos procesados por el Banco Mundial arrojaron que las pérdidas mundiales en la productividad económica debidas a la subalimentación y las carencias de micronutrientes superan el 10 por ciento de los ingresos que obtienen durante toda la vida los hogares pobres y suponen entre el dos y el tres por ciento del PIB mundial.

«Una protección social bien diseñada no solo satisface necesidades de consumo, sino que también puede romper el ciclo de la pobreza, el hambre y la baja productividad si se combina con inversiones públicas adecuadas y entornos favorables», sintetiza la institución.

/ymp/

 

 

Share on FacebookTweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someonePrint this page

Sobre Redacción Tiempo21

Encargada de realizar todo el trabajo del Grupo Internet y Tiempo21. Integrada por un Editor-jefe, una editora, un fotorreportero y camarógrafo, un director de fotografía y camarógrafo y un desarrollador Web. Es un equipo multidisciplinario y multioficio, que desarrolla las principales labores del Periodismo Hipermedia. Además de tiempo21, tiene un canal de Video-TV, y otros espacios. @tiempo21cuba

Comentar

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*


+ cuatro = 6