Las Tunas, Cuba. Sábado 18 de Noviembre de 2017
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Hombre de conga y ardor

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Zabala«Yo no sé  qué cosa tan especial tiene este señor –me confesó hace poco el mayor de sus cuatro hijos –que hasta los niños del barrio, cuando comienzan a hablar, en vez de decir mamá algunos dicen su nombre y hemos conocido a vecinas que hasta se nos han molestado,  pero los niños lo dicen y lo repiten»: Zabala.

Y yo me río con la anécdota  y rememoro al viejo Agüero bailando en medio del delirio feliz de los congueros en los carnavales de mi plena adolescencia y la gente esperando, en la esquina del parque, porque solo arrollaban con él;  y rememoro igualmente su figura quijotesca en medio de la muchedumbre y los ojos vivísimos, como en éxtasis, mientras hacía sonar lo que fuera que tuviera entre las manos.

Dicen que ingresado  en el hospital,  reponiéndose de cualquiera de sus cinco infartos, la gente no paraba de pasar por frente a la cama; personal de salud, curiosos surgidos de la nada y hasta acompañantes de otros enfermos y decían: ¿ah,  pero ese es Zabala?, ¿de verdad usted es Zabala,  el de la comparsa?; y los hijos reían y contestaban:  «sí, es Zabala o, al menos, lo que queda de él»; y lo hacían solo para verle mirarlos con la picardía del que se sabe parte y va a vivir tiempo más.

Así es  «el viejo»,  como ellos le llaman, todo ardor de jolgorio;  adicto al  traguito de ron bien fuerte;  animoso, incluso ahora, al calor de sus muchos años bien vividos y defensor, a  ultranza, de la comparsa que les deja como legado y que sienten y dicen con orgullo: «es patrimonio familiar y las decisiones sobre ella las  tomamos nosotros».

Edilberto Agüero, ese es su nombre; le dicen Zabala porque de jovencito gustaba de un  pelotero de la MLB que, aseguran,  tenía ese nombre y se le fue quedando como apodo. Carpintero de profesión y – me dijo  el maestro Cristino Márquez, quien fuera su concuño- «uno de los hombres más metódicos y organizados  de todos los que conociera  jamás».

Me cuentan ahora sus más cercanos que daba hasta risa verle cuando su salud le permitía aún sentarse en la acera, frente a la casa,  con una  ramita de albahaca en la oreja, su vaso de ron al lado y saludar, con cariño, a cuanto extraño pasara por allí  y le dijera, como si él pudiera recordar a todo el mundo: ¿y qué Zabala?, ¿cómo anda la cosa hoy?

Un día, me cuentan,  comenzó a coger piedritas de la calle y a ponerlas a su vera cada vez que alguien le decía  al pasar y señalan que cerca de dos horas después se cansó, porque ya tenía dos lomitas de piedra al lado, la noche comenzaba a caer, estaba cansado, se le había acabado el traguito y la gente seguía saludando, sin parar.

Lo definen como «amigo de los amigos», dueño de un carisma muy especial, de pocos estudios, con una tartamudez  notoria y más dado a mover el cuerpo que a explicar el por qué de sus energías.

Es Hijo Ilustre de la ciudad de Las Tunas y no sé  cuántas condecoraciones y diplomas tiene por ahí, en la casa de alguno de sus muchachos, unos polvorientos por los años y otros porque se revisan poco , muy poco; y no es que no sea  un hombre agradecido con tanto regalo del alma, sino porque no caben, es más: Zabala está y es la rumba y el calor de este pueblo.

 

 

 

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Sobre Esther de la Cruz Castillejo

Periodista. Licenciada en Comunicación Social en la Universidad de Oriente. Máster en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de La Habana, 2009. Diplomada del Instituto Internacional de Periodismo José Martí, de La Habana. Desde su graduación se desarrolla profesionalmente en Radio Victoria y se desempeña como reportera para atender los temas de la educación. Es miembro de la Unión de Periodistas de Cuba. @vozcubana

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