Lecturas

Declaración de paz

Mairyn Arteaga Díaz
Agencia Cubana de Noticias

Bajo el sol absoluto del mediodía, allá en su sembrado de tabaco, el campesino sueña con regresar a la casa y, echado hacia atrás en su taburete guajiro, saciar la sed con un porrón repleto de agua. Para él, a estas horas de calor inhumano, no existe paz como esa.

En cualquier calle, en una peña del danzón o en una función de teatro, la señora de pelo blanco ríe venturosa de la vida. Casi siempre viene sola, aunque reside en un pueblito de la montaña bastante lejos de la ciudad.

Tendrá en su mente algunas preocupaciones, todos las tienen, pero el lujo de caminar dichosa por esta tierra única, no se lo arrebata nadie.

Tampoco a aquella pequeña en el parque, con unos ojos que desbordan una alegría y un no sé qué travieso inherente a la infancia. Son grandes sus ojos, y expresivos y recuerdan, tal vez extraño, los rasgos de las muchachas árabes.

En esta parte del Caribe la niña solo se perturba, si acaso, con sus juegos de roles. Del otro lado del mundo, es casi seguro que algún contemporáneo suyo no sepa el significado de la palabra diversión.

Y porque a cada elemento del Universo, a cada obra erigida por el hombre, los circundan luces y sombras, unas más resplandecientes y otras menos, en Cuba, que no quepan dudas, abundan los sitios de luz.

Para un cubano la paz puede circunscribirse a un cambio, normalmente sencillo, en las condiciones que lo rodean. En otras palabras, no es difícil alcanzarla aún con las imperfecciones normales que vienen aparejadas al acto mismo de existir.

La paz está, en esta bendita Isla, ligada irremediablemente a la cotidianidad. Y no hay mayores tropiezos.

Pero, para otros, la sola mención de estas tres letras significa la vida. Representa el hecho triste de levantarse en la mañana y comprobar con euforia que todavía se respira, y se sueña. Aunque a la vuelta de la esquina el panorama cambie.

A diario son titulares en la prensa las contiendas armadas que proliferan en diversos puntos del planeta, los desaparecidos a manos de los carteles de la droga, los pequeños víctimas de la explotación de menores o los que naufragan en el intento de encontrar una existencia, si no mejor, al menos digna.

Los conflictos bélicos, por ejemplo, dejan un rastro anual de más de 10 mil muertes. Los desplazados sirios por la crisis humanitaria en su país ya suman los cuatro millones.

Un éxodo que, según la  Agencia de Refugiados de Naciones Unidas (ACNUR), solo es comparable con el ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial.

Cada año se pierden jóvenes en las despiadadas tratas de personas, cada año, la paz parece alejarse más de la tierra.

En estas circunstancias la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha declarado, desde 1981, al 21 de septiembre como Día internacional de la Paz.

Una jornada de alto al fuego en todas las naciones beligerantes y en la que se aboga por sensibilizar en este tema y a través de la educación, a la humanidad entera.

En algunos sitios de este universo será festiva la fecha. La celebrarán, entre otros, el campesino, la señora de pelo blanco y la niña traviesa del parque.

Sin embargo, la inmensa mayoría de los siete mil millones de habitantes que pueblan el orbe, se despertará este lunes con el pensamiento de que el calendario debería componerse, solo, de efemérides como las del 21 de septiembre.

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