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Alertas por la paz y el futuro del mundo

Alertas por la paz y el futuro del mundo«…No, no temáis. No hablaré. Confiad en mí. Después de todo, mi fin ya no puede estar lejano. Esto ahora es solo un sueño, una pesadilla febril: los golpes llueven, los esbirros me refrescan con agua. Y nuevos golpes. Y otra vez: ¡Habla! ¡Habla! ¡Habla! Pero aún no consigo morir.
Madre, padre: ¿Por qué me habéis hecho tan fuerte?»

Quien redactó estas conmovedoras líneas se encontraba preso en una cárcel de la GESTAPO. Corría el año 1942 y el periodista checo de origen judío Julius Fucík, (1903-1943), era víctima del fascismo.

Recordarlo hoy no es simplemente un homenaje a su memoria; evocarlo en toda su dimensión de comunista, periodista y hombre de valor extraordinario es, sobre todo, compromiso y un llamado de atención

Cuando nos detenemos a repasar momentos de su vida y obra resulta obligado reflexionar sobre el peligro que representan el fascismo y las guerras injustas para los pueblos. Fucík legó a la humanidad un mensaje que tiene plena vigencia en nuestros días: Hombres, os he amado. ¡Estad alertas!

Julius era un hombre excepcional, inteligente, alegre y optimista. Soñaba con un futuro mejor y creía que el socialismo era la única opción para lograrlo. Su oficio de periodista le sirvió como arma contra el fascismo hitleriano y para defender al primer Estado de obreros, campesinos y soldados, de la gran Revolución de Octubre. Como José Martí siempre mantuvo «el caballo enjaezado, la fusta en la mano y la espuela en el talón» para combatir al enemigo de los humildes y oprimidos.

Sus compañeros de lucha clandestina lo respetaban y querían. Pero, una delación lo hizo caer en la cárcel de Pankrác –cuartel general de la GESTAPO de Praga- donde le infligieron crueles torturas que lo dejaban inconciente, al punto de no saber en algunos momentos si estaba vivo o muerto.

Fue apresado la noche del 24 de abril de 1942. Desde entonces y hasta su ejecución, el ocho de septiembre de 1943, cada minuto, cada hora, cada día de su vida resultó un infierno que soportó sin delatar a uno solo de sus camaradas.

El estoicismo demostrado ante las fieras encargadas de masacrar su cuerpo para hacerlo hablar le hizo acreedor de la admiración, no solo de los presos, sino también de algunos carceleros. Uno de ellos le facilitó papel y lápiz para escribir sobre los horrores que presenciaban a diario en aquel tenebroso lugar.

El guardián A. Kolínsky arriesgó su vida al sacar una a una aquellas hojas: algunas quedaron en su poder, otras pasaron a manos amigas que las ocultaron hasta 1945.

Tras la derrota de la Alemania fascista, Gusta Fucíková –esposa de Julius- fue liberada por los vencedores y regresó a Checoslovaquia. Allí supo de la muerte de su marido y se enteró de que Julius había estado escribiendo en prisión. Poco después localizó a Kolínsky y recuperó el material disperso hasta reunir un texto escalofriante, testimonio y denuncia de un hombre que no se doblegó ante las vejaciones y los castigos físicos.

Con el título de Reportaje al pie de la horca se publicó ese mismo año el último libro de Julius Fucík. En una de sus páginas aparecen estas palabras: «El breve tiempo que aún me queda en la cárcel de Pankrác no me permite dar a este reportaje la forma que debiera tener. Tengo que ser más breve. Mi reportaje constituirá el testimonio de los hombres y no de toda una época. Eso es, creo lo más importante».

Y a partir de ese momento comenzó a describir las «figuras y furillas» que ocupaban un espacio en aquel escenario mortal. Entre las primeras, camaradas de lucha y amigos; las segundas, asesinos, verdugos, marionetas del poder y traidores. «¡Mira esos tipos! ¡Mira esas figurillas!… No han sido reunidos al descuido. Son una parte del ejército político del nazismo. Los hombres escogidos. Los apoyos del régimen. Los sostenes de su sociedad».

Pero, también refleja su deseo de vivir, su amor infinito a la vida en pasajes como este, que fue redactado después de una larga sesión de tortura:

Has tardado mucho en llegar, muerte. Pese a todo, esperaba conocerte más tarde, después de largos años. Esperaba vivir aún la vida de un hombre libre; poder trabajar mucho, amar mucho, cantar mucho y recorrer el mundo. Precisamente ahora, cuando llegaba a la madurez y disponía todavía de muchísimas fuerzas. Ya no las tengo. Se me van agotando.
Amaba la vida y por su belleza marché al campo de batalla. Hombres: os he amado. Fui feliz cuando no correspondíais a mi cariño y sufrí cuando no me comprendíais. Que me perdonen aquellos a quienes causé daño. Que me olviden aquellos a quienes procuré alegrías. Que la tristeza jamás se una a mi nombre….¨

El 9 de junio escribió:

Ante mi celda hay colgado un cinturón. Mi cinturón. La señal de la partida. Por la noche me llevarán al Reich, al tribunal, y etcétera. El tiempo hambriento arranca los últimos bocados del pequeño trozo de mi vida. Cuatrocientos once días en Pankrác que pasaron con una rapidez increíble. ¿Cuántos me quedan todavía? ¿Dónde? ¿Y cómo?
Seguramente ya no tendré ocasión de escribir. He aquí, pues, mi último testimonio. Un trozo de historia, del que soy, sin duda, el último testigo vivo.

Consciente del próximo final, se apresura Julius a relatar hechos trascendentes, tal y como los recordaba o como averiguó durante su estancia en la cárcel había sucedido todo: la desintegración del Comité Central del Partido Comunista de Checoslovaquia al ser apresados la mayoría de sus miembros en febrero de 1941, la búsqueda de los camaradas que habían sobrevivido escondidos por personas leales a la causa, el reencuentro, la reorganización de las tareas y de nuevo la persecución, la muerte… la cárcel.

Julius Fucík pertenece a esa estirpe de Hombres, con mayúscula, que a pesar de su desaparición física siguen siendo imprescindibles en la historia de los pueblos. Por eso y por el valor de su obra escrita, las organizaciones internacionales de periodistas declararon el día de su ejecución, el 8 de Septiembre, como el día de los hombres y mujeres de prensa en el mundo.

Muchos nombres ilustres de periodistas destacan entre los hombres que han sacrificado todo por el bien común, por la libertad de su patria, entre ellos refulge el de Julius Fucík. Y recordarlo cada septiembre debe significar un nuevo compromiso para los profesionales de la prensa de hoy inspirados en su ejemplo y, sobre todo, un gesto de júbilo y optimismo, así como él lo quería: “He vivido para la alegría y por la alegría muero. Agravio e injusticia sería colocar sobre mi tumba un ángel de tristeza.

/ymp/

 

 

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