Lecturas

Giustino di Celmo

Fue una noche de lluvia. Mi hijo había nacido escasos meses antes de ese día y yo, por primera vez, me separaba de él  para ir al Teatro. Ese día, también por primera vez, disfruté del  ballet inspirado en Fabio Di Celmo y me hizo sentir rabia y tristeza, miedo y esperanza. Fue esa  la noche de lluvia en la que mejor entendí el dolor de Giustino, el hombre que ya no estará más.

Los tontos dicen que Fabio estaba «en el momento y el lugar  equivocados»; los ingenuos aseguran que «la cosa era para él» y eso por la manera casi cronométrica  en la que se dieron sus pasos desde la habitación, el pasillo, el ascensor, la bomba….

Los dolidos, los tristes, los más, yo creo que entendemos que la saña no tuvo límites y la ira ante la verdad infinita de este país, tampoco;  irrespetaron sobremanera la vida de cualquiera que estuviera en el camino, en el Copacabana, por amor al odio.

Pero no son estas líneas escritas para Fabio y los acertijos  de su muerte aquel día de 1997, son para un padre sin consuelo hasta el minuto final que se despidió de la vida  sin  ver justicia completa, sin dejar de exigirla y que apostó por acompañar a este país  hasta el último de sus días, a  pesar de los pesares.

Y no fueron pocos, nunca deben ser pocos los pesares de cualquier amanecer  cuando se pierde  a un hijo  joven, repleto de sueños, lleno de ganas, presto a conquistar.

Giustino quedó en la Isla desde  ese año, por decisión personal; y por esa misma razón ingresó al Partido Comunista de Cuba, batalló por Los Cinco, denunció a Posada Carriles hasta el cansancio y  acompañó a quienes lo hicieron a su lado por Barbados, por otros muertos, por amor…

Murió  anoche, a los 94 años y yo veo su foto y pienso en mi hijo, en el fútbol, en Fabio, el aquel ballet y otra vez me da rabia  y tristeza y miedo y esperanza. No se le hizo justicia en vida. La lucha por su llanto: debe seguir.

 

 

 

 

 

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