Las Tunas, Cuba. Miércoles 25 de Abril de 2018
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El Consejo Popular debe gobernar desde el barrio

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Enrique Valdés Machín
Agencia Cubana de Noticias

Parte de los problemas que hoy aquejan a la población pudieran resolverse con solo exigir el cumplimiento de lo legislado y chequear hasta el más mínimo detalle de un proceso productivo o de servicio.

Sería iluso pensar que la mala calidad del pan, el incumplimiento de su  gramaje, la venta ilícita de medicinas, la estadía de baches o huecos «históricos»  y la insatisfacción por la recogida de desechos sólidos, pudiera eliminarse por generación espontánea.

Durante mucho tiempo en barrios, circunscripciones y consejos populares una parte de los planteamientos de la población no ha sido atendida con la seriedad y celeridad que merece y en otros casos, ni siquiera quien hizo la queja ha recibido respuesta.

Sin embargo, existe una figura en la base, refrendada por nuestra Constitución, encargada de enfrentar estos temas y darle seguimiento: el presidente del Consejo Popular.

Cuando el 10 de octubre de 1990 en la fundación de tales órganos en La Habana,  el líder histórico de la Revolución cubana, Fidel Castro, definió el estilo y forma en que esos hombres y mujeres  desempeñarían sus funciones,  se sentaron las bases para un gobierno desde el barrio.

Fidel los convocó en aquella jornada a velar cómo funciona, marcha y trabaja todo lo que está en su zona, lo mismo una entidad de subordinación provincial, municipal o nacional, incluyendo hospitales, fábricas y otros centros.  “A este representante del pueblo difícilmente se le puede escapar un problema acaecido en su área”, acotó entonces.

El propósito, desde su punto de vista, era que imperara el orden,  que el presidente del Consejo tuviera la facultad de combatir desde la base el desvío de materiales y otras malas prácticas.

Además, debía ser capaz de actuar con energía allí donde se despilfarren los recursos estatales, controlar lo que pasa en la carnicería y sustituir, sin dilación a un administrador que está robando.

Aquellas ideas de Fidel se materializaron el 13 de julio de 2000 en el Quinto Período de Sesiones de la Quinta Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular, en la cual se aprobó la Ley 91, que regula la organización y atribuciones de los Consejos Populares.

La legislación faculta al Consejo para exigir el cumplimiento de la legalidad socialista y la lucha contra la corrupción y otras manifestaciones delictivas,  e indisciplinas de carácter antisocial, y solicitar la realización de inspecciones o auditorías a las unidades o centros radicados en su demarcación.

A partir del análisis de lo refrendado podríamos preguntarnos: ¿se cumple cabalmente lo dispuesto?.  Durante el último proceso eleccionario se enfatizó en rescatar el rol del presidente del Consejo en su barrio, mas todavía este vínculo es insuficiente.

Para comprobar que aún queda mucho camino por recorrer, basta desandar las calles, leer las secciones de atención al lector en la prensa, comprar el pan de cada día y mirar envejecer los salideros, entre otros temas.

El presidente del Consejo Popular (y sus delegados)  deben estar allí donde se originan las principales insatisfacciones e, incluso, controlar para prevenir cualquier desvío de recursos o hechos de corrupción.

Si no siempre a los medicamentos se le da el destino para los que el Estado invierte cuantiosos recursos, ¿acaso no podría ese órgano chequear qué medicamentos entran y el destino dado a los más necesitados por la población?

¿Acaso no podría ejecutar acciones sorpresivas para restituir la calidad y el tamaño del pan, secuestradas por malas prácticas? ¿Habrá que esperar por una inspección “de afuera” para detectar lo que a ojos vista y a plena luz del día sucede en muchas localidades?

¿Cuántos problemas subjetivos enfrenta hoy la población? ¿Cuántas insatisfacciones pudieran resolverse con solo utilizar correctamente los recursos existentes?

El presidente del Consejo debe ser capaz de enfrentar las irregularidades que se suscitan en su demarcación, acorralarlas y exigir por la calidad diariamente, a toda hora.

/mdn/

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