Las Tunas, Cuba. Sábado 23 de Septiembre de 2017
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Nicolás Guillén: El gran libro azul

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Nicolás Guillén y su prosa periodísticaErnesto Montero Acuña
Prensa Latina

La Habana.- Al anunciar que el parto había sido feliz, el doctor Miguel Ramírez quizás se propuso trasmitir tranquilidad a Nicolás Guillén Urra, quien se enfrentaba inquieto al advenimiento de su primogénito, a las dos de la madrugada del 10 de julio de 1902.

No obstante el placer que le propiciaba el acontecimiento al muy reconocido director del periódico Las Dos Repúblicas, lo más probable es que aquello pasara por su mente como un alumbramiento más, percepción que nunca podría rectificar debido a la temprana muerte que le ocasionaron en 1917 los soldados del gobierno.

Mas, aquel nacimiento en la diminuta accesoria de San Ignacio dos y medio, entre Mayor y Príncipe, según la denominación de entonces, ocurría en un medio familiar, literario y periodístico tan favorable, que, 70 años después, el poeta afirmaría: “Yo nací en una imprenta”; es decir, la de su padre.

De modo que, a 113 años de su nacimiento, es oportuno referirse al componente menos conocido en la obra de Nicolás Guillén Batista: su constancia familiar, poco trascendida, tal vez por el carácter muy reservado de su copiosa correspondencia.

Ella refleja al poeta persistente, a veces angustiado por las circunstancias, un asunto al que se refiere su nieto Nicolás Hernández Guillén, presidente de la Fundación que lleva el nombre del poeta, en Cuba.

«Rosa Portillo siempre lamentó que Nicolás Guillén tuviese una indeclinable vocación de viajero. Las numerosas cartas de mi abuelo, sus regalos, sus promesas de amor, no fueron consuelo suficiente para tanta despedida, tanta soledad y tanto rumor que le acechaba».

A lo que añade en su crónica El escribidor de cartas: «Aunque nada la consoló, ella se ocupó de guardar con cuidado en un gran libro azul todas las cartas que él le escribiera, más de quinientas. Seguramente a ella debemos lo que sería en el tiempo la tradición familiar de conservar las cartas de mi abuelo».

Así puede configurarse su trayectoria humana e intelectual. Un ejemplo de esto es la partida del poeta desde La Habana hacia Suramérica el 19 de noviembre de 1945, en vuelo con estancia en Camagüey, para una gira más prolongada que lo supuesto y más azarosa que lo previsible.

En el aeropuerto de la ciudad natal lo esperaban su madre, Argelia Batista; sus hermanas María Pepa y América -“Ameriquita”, dice el poeta- y todos sus sobrinos, para saludarlo antes de que continuara viaje.

A Rosa le explicaba el 23 de noviembre, desde Caracas, que “el viaje fue feliz”, luego de una estancia en Camagüey desde las tres de la tarde hasta poco después de las 12 de la noche, con alojamiento en el céntrico hotel Colón. Las circunstancias políticas en su contra quedaban explícitas seguidamente:

«Se me olvidaba decirte que momentos antes de partir de Camagüey, se me informó en la Oficina que se había recibido un radiograma de Ciudad Trujillo [apellido del cruel dictador que gobernaba aquel país] pidiendo la hora exacta en que mi avión pasaría por allí. Yo dije que no tenía inconveniente en que se facilitara el dato».

Esta misiva a su esposa ilustra sobre las peripecias vitales de un poeta de gran renombre y muy comprometido políticamente, como lo era. Había publicado no menos de cinco poemarios, comenzando por Motivos de son en 1930 -el 20 de abril cumplió 85 años- y buena parte de su obra periodística.

También había permanecido en España desde el 3 de julio de 1936, cuando arribó durante la Guerra Civil, hasta el 29 de junio de 1938, día en que regresó, casi dos años después. Por Suramérica transitaría, a partir del viaje que iniciaba, poco menos de tres años, desde el 20 de noviembre de 1945 hasta el 28 de febrero de 1948.

No serían solo estas sus ausencias prolongadas, con Rosa en Cuba, pues ella no siempre tuvo la posibilidad de permanecer a su lado en el extranjero, como tampoco su hija Raquel ni sus nietos Orlandito y Nicolasito, que comenzaron a percibir su ausencia del mismo modo que él sufría pareja inquietud por la distancia.

Sobre esto son muy ilustrativas aquellas epístolas, notas, postales -a veces como recados enviados por correo con el cartero- para que la familia recibiera testimonio directo del afecto que merecía y también, en sentido inverso, para retroalimentar él su sensibilidad, incluso estando en Cuba.

Cuando su hija Raquel y su yerno Orlando Hernández, médico municipal, residían en Minas, Camagüey, Guillén percibía íntimamente la ausencia, sobre todo de su nieto mayor, y clamaba con celo por el cuidado hacia este o, incluso, solicitaba con ruego perentorio su regreso a La Habana, donde estuvo largos períodos.

De aquellos textos -que no forman parte de sus copiosos poemarios, ni de su periodismo vigente- pueden extraerse hondas lecciones de amor a la familia y al matrimonio, sin manifestación alguna de la tierna autoridad que pudiera concederle al protagonista la condición de esposo, padre o abuelo.

Con la mayor constancia posible durante 12 años -o tal vez 15, o nadie sabe cuántos más- en que su presencia estuvo físicamente distante, en otro mundo que también lo reclamaba, su correspondencia satisfacía la necesidad de mostrarles cómo los quería- y lo logra, en su gran libro azul.

/ymp/

 

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