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Entusiasmo de un destacado apicultor de Las Tunas

Entusiasmo de un destacado apicultor de Las Tunas
Manuel  Leyva Pérez en los preparativos de su labor.

Las Tunas.- En la sala de su casa, en esta ciudad, Manuel Leyva Pérez no parece un apicultor. La ropa cómoda dista mucho del vestuario que usa cuando atiende a sus pequeñas, millones de abejas que viven en 65 colmenas y que revoletean de flor en flor lejos de aquí, en la costa norte de la provincia de Las Tunas.

Todavía le palpita el corazón y de su verbo destaca una pasión ilimitada por su vuelo y su laboriosidad.  Las ama y de cada palabra se desborda su entusiasmo.

«Tengo cerca de 80 mil abejas en cada colmena y creo que son muy productivas porque las tengo en la costa norte, detrás de La Yaya, en el municipio de Jesús Menéndez, donde hay mucha floración. Pero, no me conformo y siempre las estoy moviendo de lugar.  Las llevo para el romerillo en enero.  Luego para la costa hasta agosto.  Después las traemos para el bejuco indio, que la producción comienza en septiembre. Y en noviembre y diciembre las trasladamos para las campanillas morada y blanca».

¿Cómo atiende a sus colmenas?

«Yo las atiendo dos veces al mes, que es como debe ser.  Tengo un pequeño motor y en él me traslado.  Cuando voy a castrar la Empresa Apícola del territorio nos facilita un camión y voy con dos o tres obreros y extraigo la miel, cosa que no es difícil.  Bueno, si le tienes amor a las abejas no es difícil.  Lo más difícil es el dolor de los picazos pero, todo es acostumbrarse».

¿Acostumbrarse?

«Bueno, es una forma de decir y de actuar.  No nos gustan; pero, creo que cuando las abejas pican es porque la colmena tiene vitalidad y salud.  Si no picaran sería una colmena muerta. Fíjate que me han picado entre 30 y 40 abejas a la vez, sobre todo cuando estamos trashumando y en ese momento no se puede soltar la colmena, hay que aguantar. Después se recogerá el beneficio».

¿Es un trabajo fácil?

«¿Fácil? Nada de eso.  Lo que pasa es que me gusta lo que hago.  A la colmena hay que revisarla, alimentarla, darles mantenimiento, solucionar los problemas de las que quedan huérfanas, hacer cambios de reinas… eso lleva tiempo, dinero e inversión».

¿Vale la pena?

«Claro que sí. Desde el punto de vista económico es muy bueno.  Cada tonelada se paga a más de 17 mil pesos. Y es importante saber que contribuimos también a que el país adquiera divisas pues esta miel se exporta. Yo tengo un plan de cuatro toneladas este año y ya entregué dos y media. Por eso sé que cumpliré y entregaré un poco más. En lo personal, el dinero que gano me da para vivir dignamente junto a mi esposa pues ya no tenemos niños que mantener.  Mis hijos son independientes».

¿Habrá continuidad en la familia cuando usted no pueda atender a sus abejas?

»Pienso que no me voy a retirar.  Lo que voy a ser el resto de mi vida es esto. Sin las abejas ya no podría vivir.  Pero, tengo los ojos puestos en mi nietecito de tres años.  A veces lo llevo hasta donde tengo las colmenas, le pongo su velo y ya hasta aprendió a echar humo cuando estoy en la extracción de miel.  De mis hijos no espero continuidad.  Al varón no le motiva esto y tiene miedo y al marido de mi hija tampoco le gusta.  Mi nieto será mi relevo».

¿Qué es lo más difícil que le ha ocurrido como apicultor?

«No me lo vas a creer. Son los picazos de los jejenes. Como te dije, no me molesta cuando me pican las abejas, aunque sean 50 a la vez.  Pero, los jejenes sí que me molestan.  Y es molesto cuando nos hemos quedado en la costa con el camión roto, se nos acaba el agua y la comida.  Y eso seguirá porque es habitual en el trabajo. Son cosas del oficio».

Este destacado apicultor se declara un eterno apasionado de las abejas. Las visita y las atiende con el mismo entusiasmo que tiene desde hace 30 años, cuando decidió dedicar el resto de su vida a la producción de miel.

/mdn/

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