Historia del Deporte en Las Tunas

El primer KO que sufrió Kid Tunero le salvó la vida

En la interesante historia que fue la vida de Evelio Mustelier, Kid Tunero, el más grande púgil de este territorio en la república neocolonial y uno de los mejores de Cuba en todos los tiempos, resaltan las muchas dificultades que debió afrontar en sus comienzos en La Habana, donde era un desconocido cuando  en 1929 llegó en busca de fortuna.

Al carecer de dinero y no conseguir peleas, llegó a deambular por las calles de la capital y si no durmió en algún parque fue porque Felipe Estévez, quien accedió a ser su entrenador, le permitió pernoctar en su gimnasio, en el que se acomodó muchas veces sin haber comido absolutamente nada.

Después de celebrar una o dos peleas consiguió que lo aceptaran en una casa de huéspedes, pero al cancelarse otra, en la fonda de chinos donde comía le retiraron el crédito y el hambre volvió a golpearlo de tal manera que llegó a escribir lo siguiente: “A veces era tanta mi debilidad que chocaba con las aceras cuando quería subirlas. Mis pies me parecían muy pesados”.

En tan pésimas condiciones físicas, se le presentó una pelea para el 23 de septiembre contra la Pantera de Marianao, un boxeador experimentado y, por supuesto, mejor preparado que Tunero, quien subió al ring sin fuerzas, para caer por nocao técnico en el propio asalto de apertura.

En realidad aquella derrota le salvó la vida al jovencito que ambicionaba llegar al estrellato. Los periodistas criticaron al árbitro por detener el combate tan rápido, pero según las reflexiones de Tunero, él estaba noqueado tanto por el hambre como por los golpes y en su opinión personal aquella derrota lo salvó, porque de haber continuado y lograr la victoria, lo hubieran “quemado” como hicieron con otros. “Me hubieran hecho pelear a la semana y después combate tras combate podía afectarme físicamente. Como perdí pasé mucho tiempo sin conseguir un rival”, escribió en su ensayo autobiográfico Mis 20 años en el ring. 

Una noche, cuando caminaba por el Paseo del Prado, con un hambre atroz, se encontró un bienvenido centavo, con el acudió a un puesto de chinos donde compró un Pito de auxilio, que más que nunca mereció ese nombre y que, sin dudas, se convirtió en su centavo de la suerte, porque desde ese momento su situación cambió radicalmente.

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