Lecturas

El Delegado y Mayor General José Martí

La Habana.- Quizás las semanas más felices de su vida las disfrutó José Martí, antes de su muerte en combate, cuando con su energía, talento y carisma ordenaba el futuro inmediato para el triunfo de la guerra independentista.

Le asistían su condición de Delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC) y la autoridad de militar, conferida en suelo cubano, con su nombramiento de Mayor General del Ejército Libertador.

Llegó el 11 de abril de 1895 con el General en Jefe Máximo Gómez y otros cuatro compañeros, los veteranos de la Revolución de 1868 Francisco Borrero y Ángel Guerra, el joven villareño César Salas y el dominicano Marcos del Rosario.

Sufrió mucho cuando creyó que Gómez lo iba a dejar fuera de la expedición, expresó en una carta a su amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal, fechada en Montecristi, el 25 de marzo de 1895.

De vergüenza me iba muriendo, afirma, de que me convenciera que mi obligación era dejarlo ir solo, y de que un pueblo se deja servir, sin cierto desdén y despego, de quien predicó la necesidad de morir y no empezó por poner en riesgo su vida.

Estaba convencido de su utilidad a Cuba, donde estuviera su deber mayor, dentro o fuera.

Mantenía este criterio en su carta inconclusa a su gran amigo mexicano Manuel Mercado (Campamento de Dos Ríos, 18 de mayo de 1895), considerada su testamento político al exponer las ideas esenciales de su misión:

“…ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber -puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo- de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

Y a Enríquez y Carvajal, había señalado: Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo…”

MARTI EN CAMPAÑA

Dicha grande, anota en su Diario de Campaña, a su arribo en un pequeño bote de remos, durante una noche de tormenta, en que la luna asomó, dice, roja, bajo una nube.

Con su carga pesada encima, a nadie cede su rifle y cien cápsulas, escribe días después en el cuadernillo, en apretada síntesis rica en anécdotas y colorido, propias del gran poeta que era tanto en verso como en prosa.

Aquel hombre extraordinario, siempre de luto a causa de la esclavitud de su Patria, recibe aquí múltiples alegrías y también tristezas como la noticia de la dispersión de la reciente expedición de los Maceo y la muerte de Flor Crombet.

Tensos transcurrían los días desde la firma del programático Manifiesto de Montecristi, por Martí y Gómez, el 25 de marzo, y ambos ansiaban cumplir el empeño de acudir cuanto antes a la guerra en llamas desde el 24 de febrero.

Fracasó un viaje el primero de abril en la goleta Brothers porque el capitán de la nave se negó a cumplir lo pactado después de haberlos llevado desde Montecristi, República Dominicana, hasta la isleta Inagua, cercana al territorio cubano.

En el vapor alemán Nordstrand retornaron el día 6 a Cabo Haitiano, de donde salieron finalmente, a las 12.45 p.m. del 10 de abril, vía Inagua, rumbo a Cuba, cuyas costas avistaron a las cinco de la tarde del 11.

El Nordstrand los dejó a las ocho de la noche a varias millas de la costa y en el pequeño bote enfrentaron la inclemencia del tiempo, la pérdida del timón y el arribo a una playa de piedras.

El desembarco ocurrió alrededor de las 10 de la noche, en Playitas de Cajobabo, al este de Baitiquirí, región de Guantánamo, luego de sufrir los expedicionarios un fuerte chubasco.

En el camino encuentran piedras, espinas y cenagal; llegaron a una casa, durmieron cerca, en el suelo, y a las tres de la madrugada decidieron llamar y el contacto resultó venturoso como los siguientes.

Comienza así su vida de campaña, en cuevas, montes y farallones; comiendo productos de la tierra y de manos amigas; el 14 es un Día mambí, anota Martí, llega la guerrilla de Ruenes.

“Y en todo el día, ¡qué luz, qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado. Miro del rancho afuera, y veo, en lo alto de la cresta atrás, una paloma y una estrella”.

En carta a Gonzalo de Quesada le cuenta de “los cincuenta valientes de Félix Ruenes que salió a nuestra custodia” y que el jefe es hombre de consejo y moderación y su guerrilla, nueva, ya cubre como veterana sus servicios.

Félix Ruenes Aguirre (1844-1899), veterano de la guerra anterior, operaba en Baracoa desde el primero de abril; antes había auxiliado a la expedición Maceo-Crombet, y más tarde, a las de Francisco Sánchez Hechavarría y Calixto García.

Otra grata nueva ocurre al siguiente día: “Gómez, al pie del monte, en la vereda sombreada de plátanos, con la cañada abajo, me dice bello y enternecido, que aparte de reconocer en mí al Delegado, el Ejército Libertador, por él su jefe, electo en consejo de jefes, me nombra Mayor General”.

“Lo abrazo y me abrazan todos”, fin del sencillo y emotivo reconociendo a la jerarquía del Delegado Martí, organizador de la guerra de independencia.

Desde ese momento Martí se dispuso a enrumbar la guerra, junto a Gómez, en disposiciones también de tipo militar; fueron diversas las circulares y otros documentos a los jefes militares.

En cama de paja o hamaca, el cansancio y los pies dañados, nunca se queja y afirma que “la noche bella no deja dormirá …entre los nidos estridentes, oigo la música de la selva, compuesta y suave como de finísimos violines…

Hasta el encuentro con las fuerzas del general José Maceo (25 de abril), los expedicionarios recorrieron 160 kilómetros, rompiendo montes y ríos; ese día les calzan espuelas y los montan en caballos; Martí recibe de regalo un hermoso ejemplar, Baconao.

Montado en este corcel -blanco o bayo de crines rubias, según diversas fuentes, Martí recorrió jornadas de intenso trabajo en la preparación de condiciones a una asamblea de delegados para elegir un futuro gobierno.

Ante la misma inclinaría sus cargos y permanecería en el país o marcharía donde sus representantes acordaran.

Desde el 13 de mayo Gómez y Martí acampaban, en espera del general Bartolomé Masó, cerca de los ríos Cauto y Contramaestre, donde estuvo el Campamento mambí de Dos Ríos, en la Guerra de los Diez Años.

En la mañana del 19 de mayo Gómez estuvo de recorrido y después de la una de la tarde se reúnen con Masó y más de 300 jinetes, en el campamento de la Vuelta Grande; se forman las fuerzas y los tres hablan a los combatientes.

“Se arengó a la tropa y Martí habló con verdadero ardor y espíritu guerrero; ignorando que el enemigo venía marchando por mi rastro, escribió el generalísimo en su Diario de Campaña.

“Dos horas después, nos batíamos a la desesperada con una columna de más de 800 hombres, a una legua del campamento, en Dos Ríos”.

“Jamás me he visto en lance más comprometido, pues en la primera arremetida se barrió la vanguardia enemiga, pero enseguida se aflojó, y desde luego el enemigo se hizo firme con un fuego nutridísimo; y Martí, que no se puso a mi lado, cayó herido o muerto en lugar donde no se pudo recoger y quedó en poder del enemigo, concluye entristecido. (Marta Denis Valle/Prensa Latina)

/ymp/

Artículos relacionados

Festival de Cine de La Habana enfoca sus orígenes y hacia el futuro

Redacción Tiempo21

La Carta Magna, expresión de la justicia social de la Revolución

Redacción Tiempo21

Fidel Castro, el comunicador que conocimos

Redacción Tiempo21

Enviar Comentario


+ dos = 10