Las Tunas, Cuba. Jueves 26 de Abril de 2018
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El Galeano común y corriente

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galeanoÉsta es una de las veces en las que lamento con toda el alma ser un ateo todo terreno. En estos momentos quisiera creer que cuando uno se muere va al cielo, al otro mundo, a la vida eterna o al territorio donde las almas se encuentran. Lástima que no crea en nada de eso.

Porque, de creerlo, tendría el consuelo de que, en alguno de esos míticos lugares, volvería a reunirme con Eduardo para ver (por supuesto desde lo alto) un buen partido de fútbol, para disfrutar junto con otros amigos del alma de una raviolada o un asado, para discutir de política, de periodismo y de las cosas de la vida.

Para enojarnos con las injusticias del mundo o para reírnos cuando fuera la ocasión (de pronto con algunas de las buenas comedias del cine italiano de antes). Porque eso fue lo que hicimos a lo largo de casi 60 años.

Nos conocimos al coincidir en la militancia socialista, siendo él un chiquilín y yo un jovencito ocho años mayor. Pero la amistad nació en aquella vital aventura periodística que fue el diario Época, él finalmente como director y yo como jefe de la página deportiva.

Esa amistad se prolongó en el semanario Marcha, después en la agencia Prensa Latina y más tarde en el exilio, en países donde a veces nos encontramos, cruzamos y reencontramos, primero en Argentina y luego en Cuba y en Europa, él en su amado refugio catalán de Calella del Mar y yo en Alemania antes y en nuestra querida Italia más tarde. Y, de nuevo, en el añorado Uruguay una vez derrotada la dictadura.

Tuve la suerte de que él (al igual que su esposa Helena) fuera, como dicen los italianos, “una buona forchetta”, y apreciara lo que mi esposa y yo, eterno aprendiz de cocinero, le ofrecíamos en nuestro apartamentito de Lanuvio, en los Castillos Romanos, y después en su casa montevideana y en la mía.

Eso sí, la pasta rellena, que era su plato preferido, debía ser servida bien caliente, so pena de una vivaz protesta, y acompañada por un buen vino. Era lo que correspondía a los genes italianos heredados de su madre.

Pero lo galés del Hughes paterno (que él había simplificado en el “Jius” con que firmaba sus dibujos al principio de su vinculación con Marcha) le salía a gala con su gran capacidad para beber cerveza.

Apasionado hincha del fútbol, más allá de que su corazón estaba del lado de la Celeste y de los tricolores, sabía apreciar el buen juego y admiraba a los futbolistas de calidad, fueran del club (Peñarol incluido) o del país que fueran.

Primero, desde la bancada de prensa del Estadio Centenario, años después desde la tribuna Olímpica, acompañados por los respectivos nietos, y finalmente, hasta hace poco más de un par de semanas, sentados frente al televisor, ambos nos alegrábamos o entristecíamos según le fuera al equipo de nuestros amores, a Luis Suárez o a Cavani.

En este rubro teníamos una sola discrepancia: él era forofo del Barça y de Messi y yo del Real Madrid y de Cristiano Ronaldo. Pero los dos disfrutábamos del fútbol-deporte y nos embroncábamos con el fútbol-comercio. Su libro sobre el fútbol es un clásico en la materia. “Son de las páginas más bellas de la literatura deportiva”, como me dijo el crítico italiano Maurizio Crosetti.

Compartimos, lógicamente, el odio contra la tiranía, la injusticia, la desigualdad y la discriminación, el amor por los desposeídos y parias de todo el mundo, así como por los animales (sufríamos como condenados cuando se nos moría un perro), la solidaridad con los indignados y la bronca con los que contaminan y arruinan el planeta y el futuro de la humanidad.

La clara y excepcional inteligencia, la sensibilidad a flor de piel, el culto a la amistad, la capacidad de querer y el sueño de un mundo mejor expresado literariamente que caracterizaban a Eduardo nos faltarán a todos de aquí en más.

Pero, parafraseando a Jorge Manrique, bien podemos decir que “aunque la vida perdió, nos deja harto consuelo su memoria…”. (Por Ángel V. Ruocco, periodista uruguayo, quien fue corresponsal de Prensa Latina y amigo personal de Eduardo Galeano durante casi toda su vida).

/edc/

 

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Sobre Redacción Tiempo21

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