Opinión

Participación activa para los cambios

Democracia no es sinónimo de apatía. Es, entre otras muchas acepciones, la claridad con que se exponen los problemas y la existencia de medios para resolverlos. No basta con opinar a viva voz sobre cualquier tema, en la parada de ómnibus, en una reunión de amigos, en carta remitida a un periódico o en un debate virtual en los medios en Red.

Esas opiniones, que son de todo tipo, tonos y colores, deben encontrar mejores formas de canalización social.

Se habla de la urgencia de “cambiar la mentalidad” para poder materializar los cambios que la economía y la sociedad  nos demandan. Ese cambio, sin dudas,  exigen  formas y vías de participación social.

Hoy, no es un secreto, que las personas prefieren expresar sus opiniones e inconformidades en encuentros con amigos y familiares, al tiempo que evitan las reuniones formales ya sean en la comunidad o en su lugar de trabajo.

Cuando hablamos de reuniones formales, nos referimos a espacios de participación sindical, partidista y de organizaciones sociales, en los cuales no siempre se tiene como tema la discusión de los problemas que están en torno al colectivo laboral o el vecindario.

Algunas de esas reuniones están cargadas de consignas que ocupan el lugar del razonamiento y en las que probablemente, quien exponga una idea u opinión propia, con matiz discordante, se convierta en blanco de críticas y cuestionamientos sobre su integridad personal, ética y política.

Existen ejemplos de lo que significa la participación  popular en pos de un objetivo. El más cercano, fue el último proceso de rendición de cuentas del Poder Popular, que sirvió de escenario para el encuentro de millones de personas con informaciones y opiniones diferentes.

Por lo general, creemos en todo aquello que ofrece soluciones, diferentes caminos y vías para el  mejoramiento, máxime si en ello, la participación popular desempeñó y desempeña un papel determinante, debido a que se habló con  franqueza y libertad.

Y esa es la actitud que debería acompañarnos para poder avanzar, perfeccionar y fiscalizar  los complejos y necesarios cambios propuestos.

De nada serviría si no los acompañamos de aquella visión de participación popular, más real y espontánea en la cual los vecinos intervengan verdaderamente en la decisión del futuro de su comunidad y hagan valer el poder de pedir cuentas sobre  la actividad económica o social que se desarrolla en su entorno.

Es necesario  “limpiarnos la cabeza de tonterías de todo tipo” como subrayó  Raúl Castro, en la Asamblea Nacional del Poder Popular en agosto del 2011,  y aplicar ese concepto a todas y cada una de las  actuaciones en la vida diaria.

Durante medio siglo los cubanos aprendimos que sin participación no existiría la Revolución. Hoy estamos experimentando una evolución de ese concepto:  sin participación popular activa, responsable y comprometida, los cambios se retardarán y el objetivo es andar sin prisa, pero sin pausa.

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