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Maribel, 24 años educando.
Maribel, 24 años educando.

Las Tunas.- Maribel tiene 24 años de trabajo  en Círculos infantiles y 22 de ellos, lo dice orgullosa: en el  “Cederistas del futuro”; el de la calle Martí, el espacio en el que la reciben  “sus niños”  cada día.

Verla llegar  es todo un ritual: siempre cerca de las ocho de la mañana, en su fiel bicicleta azul, peinadita y arreglada como en día de fiesta; cinco minutos después, parece otra.

La bici, se guarda;  los aretes, también; el peinado lindo se suple por un sencillo pellizco que le recoge el pelo al centro de la cabeza y aparecen, junto al uniforme de trabajo, una falda cómoda, casi siempre ancha y unos zapatos viejos, de esos que usamos y usamos porque son los más cómodos, los de estar “en la casa”.

Y sí, para ella es llegar a la casa, porque ahí, en ese lugar, en ese mismo salón,  ha visto pasar la vida y con ella a muchas generaciones de pequeños que la necesitan cómoda, entera y  más de una vez llegan, años luego, con sus propios hijos, cambiados y con otro brillo en las miradas pero los mismos ojos – me cuenta- a los que secó lágrimas y mostró rutas salidas  de su existencia misma.

Me maravilla  y mucho, la capacidad  que tiene  Maribel para recordar detalles de los niños de una generación a otra; para saber sus nombres y no pasar por alto, jamás, las características que a cada uno de los infantes les van haciendo distintos, únicos, especiales.

Así recuerda a Jorgito, pero no al bisoño que mientras conversamos no deja de llorar por su mamá, recuerda al otro, al que se fue al Seminternado y no ha vuelto a ver pero que se agarraba de su falda todo el día y la acompañaba hasta cuando necesitaba usar ella el teléfono porque solo, solo se quedaba,  con la Tía Maribel.

Habla así mismo de Osmanito, de Miguel, “¡ese Miguel, que era tremendo!” y de Rosalí, que mordía a todos los niños ante la consternación de sus padres y de Marco, Fernando, Beatriz, Adriana… y de muchos más;  y mientras lo hace, sonríe.

La vista se le pierde en el patio y le hago una pregunta más, una sola,  pero no me responde; está lejos, quizás los ve correr, le viene a la cabeza algún sofoco de antaño  o tal vez piense  que está cansada y ya es hora de dejar de ser testaruda y cambiar de Círculo Infantil, porque este, el de sus 22 años de trabajo,  le queda a poco más de tres kilómetros de distancia  de su casa y tiene que recorrer casi toda la ciudad en bicicleta para llegar a tiempo y en el camino, pasa y repasa por otros Círculos, con niños inquietos, aunque  no son los suyos.

Al rato me mira y responde otra pregunta, la que no le hice pero que ella escuchó porque, tal vez, se la hizo a sí misma: “esto tiene que gustarle a una, porque es muy difícil, yo llego  muerta de cansancio a mi casa, pero a mí me encantan, me encantan los niños, es una cosa que no sé explicarte, yo no podría trabajar en otra cosa,  dedicarme a otra cosa, te lo aseguro”.

Yo tengo la certeza de que me dice la verdad, ella es amplia, como su sonrisa y transparente como la mirada de los pequeños que la buscan, le dan quejas cuando otro les quita el juguete y la tiene todo, todito el día, en jaque.

/edc/

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