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Madelaine y el placer de un consultorio médico

Madelaine Labrada
Madelaine Labrada,  doctora de familia con 17 años de trabajo.

Las Tunas-.  Estas son unas líneas dedicadas a compartir mis impresiones sobre la entrega y el hacer diario de una doctora cubana, en Cuba, en medio de los dilemas y las carencias propias de un consultorio médico; así que trataré de centrarme en eso y no desviarme  con números y datos comunes,  repetidos siempre  hasta el cansancio.

No voy, por tanto,  a contar aquí  de sus 17 años de trabajo, solo interrumpidos por el tiempo necesario para atender las urgencias de  sus dos felices embarazos y  tampoco me voy a detener en los pormenores de sus años de Servicio Social, allá por Las Margaritas,  en la periferia de Las Tunas, viajando todos los días y faltando muy poco.

Y como no quiero decir y decir lo mismo, no voy a contarles tampoco de sus buenos resultados, de lo estable que es su trabajo, del poco interés que tiene en tareas que la saquen de la dinámica de un consultorio y de sus  escasas ganas de que le llegue una misión internacionalista: “aquí también somos muy útiles haciendo el trabajo, a veces, de más de un médico y no soportaría estar años lejos de mis hijos”.

No quiero aburrirlos  igual diciendo de  su entrega en la docencia, del tiempo que le dedica  a “sus muchachos” y de los ratos que, en medio de la noche y con las responsabilidades de madre, mujer y ama de casa, entrega a cuánto vecino  toca su puerta o le llama por teléfono para contar con ella ante cualquier imprevisto de salud.

Los hijos de sus pacientes  son un poco suyos en los primeros meses de vida; les visita todos los días y sabe de empachos, de tesitos con menta y de la importancia de la lactancia materna exclusiva hasta los seis meses, casi con pasión de enciclopedia.

Y no les he dicho, claro, porque no quiero repetir lo que se dice de todos los médicos hasta el cansancio, que trabaja y trabaja haciendo un esfuerzo mayúsculo, porque mira que en un consultorio se escribe y ella tiene un problema de Osteoartrosis Heredofamiliar Deformante  y, a veces, el dolor es tan intenso, que hay que tomarse un minuto y dejar de escribir.

Sin embargo,  lo que más a mí me maravilla y creo hace la diferencia  de Made, mi doctora de familia, está en  su calma, su andar,  su paso cansado y firme de todas las mañanas cuando  me la encuentro, como si le pesara o tuviera la certeza, desde esa hora temprana, de que tendría un día difícil.

Ella camina hasta el consultorio y la  van saludando en cada esquina: la viejita de la receta de ayer, el vecino alcohólico de la otra cuadra, el niño camino  a hacerse los análisis que le indicó, el tío de los ejercicios y todos, toditos, paran cuando pasa, le dicen: “doctora Buenos Días”  y parecen sentirla como parte de la familia, es el saludo que se da porque sí, inexcusable, porque ella te ayuda, te entiende, te importa.

Me dice Made que nunca se detiene en las mañanas a saludar a nadie  más allá de un hola, al andar, “qué  va, si paro a hablar con alguien, no llego a la consulta,  eso sin hablarte de los que quieren que les atiendas en medio de la calle, como si fuera así, tan fácil”.

Y ella no entiende: es así de fácil, porque es cercana,  sale del corazón.  Para mí, ese hecho cubano de contarle  sus problemas con desenfado en cualquier lugar, de darle pormenores que escapan a su trabajo y ella jamás pide, jamás comenta, jamás cuestiona, es una prueba irrefutable de su calidad como doctora, de su trabajo mayúsculo con la comunidad,  de su sentido de la responsabilidad humana que es verdad  de un buen médico en Cuba.

Lo digo porque es de sobra conocida la  sinceridad de un cubano  y sé, me consta, que no se da en estas  calles lo que la gente no gana; ella, para sus pacientes, es más que la doctora, más que Madelaine Labrada, es Made, a secas; lo sabe y se respira  en su paso cansado de la mañana y la calma feliz de cada paciente tras una consulta.

 

 

 

 

 

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1 comentario

Raúl Estrada Zamora 16 marzo, 2015 at 15:56

Gracias, Esther, por tu sensibilidad profesional y humana. Gracias también a la doctora Made. Pero sin restarles méritos a ella y a ti, sino, por el contrario, siento que ustedes, como millones de cubanas y cubanos son fruto de esa obra mayúscula que se llama Revolución, y que nos ha educado, tanto en conocimientos como en los sentimientos, acorde con los ideales de nuestro José Martí. Y es que yo conozco cientos de médicos y médicas cubanos con esos maravillosos valores humanos que es difícil de encontrar en profesionales de otras latitudes. Y es que yo conozco cientos de madres cubanas que, como tú, tienen la sensibilidad a flor de piel. Gracias, Esther; graciás, Made; gracias Revolución cubana, por multiplicar tantos formidables ejemplos de capacidad y bondad.

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