Lecturas

Chávez no se va

Hugo Rafael Chávez
Chávez en el cierre de lo que sería su útima campaña presidencial, octubre 4 de 2012. / Foto Internet.

Hugo Chávez murió un 5 de marzo, la fecha importante para este país  en la que Fidel Castro había declarado,  décadas antes,   el carácter socialista de la Revolución Cubana, justo en el sepelio de las víctimas de La Coubre.

Es innegable la huella importante que el hijo del pueblo de Bolívar dejó en la América toda, en el mundo nuestro y en este país de humildes que le quiso como cosa propia, como nacido en cualquier rinconcito, como parte del hacer de los barrios y las esquinas todas.

De seguro muchos serán hoy los homenajes a su memoria, en disímiles confines, desde lo previsto,  lo auténtico,  lo improvisado y lo artificial;  especialmente en medio de la realidad venezolana de este minuto, apostando por preservar la Revolución contra la amenaza constante del Imperio y sus millones.

Sin embargo, yo quiero compartir una anécdota, una solita,  de entre las tantas que se me ocurren  recordando  lo que fueron los días tristes de la siembra de Chávez  y el dolor en esta, mi  ciudad.

Resulta la historia la de  una pareja de amantes, felices, jóvenes, altruistas,  comprometidos. Regresaron del trabajo, al mediodía, después de una noche de guardia para ambos y después  una mañana de consulta para él  y  de estudio, para ella; se tumbaron en la cama como adolescentes, exhaustos, sin pensar en nada más que el  sueño que repara y alimenta cuando el cansancio te vence.

Despertaron en la tarde y, casi por instinto, sin siquiera salir de la cama,  prendieron el televisor del cuarto que les sirve de sala, de sitio de encuentro, de cocina y de cuánta cosa sea preciso; escucharon hablar  a Maduro, al principio desde el letargo de la somnolencia y poco a poco, las palabras… falleció, compromiso, Comandante Presidente, pueblo…lo inundaron todo.

Les vi, doy fe, lloraron. Se abrazaron  fuertemente como quien pierde un bien mayúsculo, como el que llora al padre, al amigo, al que no puede faltar en la mesa, en el encuentro de familia, en la tertulia especial.

Recordaron a los niños de los Cerros de Caracas que habían curado, los días de fiesta con caraota y arepitas, a las canciones de Alí Primera que se aprendieron  juntos y a los besos, cuando la misión casi terminaba y Chávez hablaba del olor a azufre del monstruo y sus entrañas.

Han pasado dos años, les hablas  de él y no pueden dejar de llorar;  lo llevan dentro,  como las almas buenas;  no  difunden  la herida, como enseñó  Martí,  pero lloran.

En medio de las consultas, del estudio que nunca acaba, de las lecciones de la vida, hoy, para ellos,  hay algo distinto, que se repite y no es igual, es el día de Chávez,  de su partida, su tiempo, su viaje a la eternidad. No hay remedio.

/mdn/

 

 

 

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