Las Tunas, Cuba. Sábado 23 de Septiembre de 2017
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El perdurable legado de José Raúl Capablanca

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El perdurable legado de José Raúl CapablancaJosé Raúl Capablanca irrumpió desde muy joven en el panorama ajedrecístico mundial, cual tormenta tropical que asombró a todos con su genialidad y llegó para revolucionar la comprensión del Juego Ciencia.

Aún hoy, a 73 años de su muerte en la urbe estadounidense de Nueva York el ocho de marzo de 1942, muchos consideran al portentoso jugador cubano entre los más grandes exponentes del ajedrez, por el exquisito desempeño sobre el tablero que lo llevó a ser Campeón del Mundo.

Capablanca nació en La Habana el 19 de noviembre de 1888 y desde pequeño dio muestras de aptitud innata para los trebejos, al punto que con solo cuatro derrotó a su padre –ajedrecista principiante él mismo- en una partida, anécdota muy conocida que refleja la precocidad del talentoso niño.

Por aquellos años, la capital de la entonces colonia española era considerada como «El Dorado del Ajedrez», bautizada así por el primer monarca del orbe, el austriaco William Steinitz, quien en 1889 y 1892 defendió tal condición en la urbe habanera ante el célebre maestro ruso Mijaíl Chigorin.

Dicho contexto favoreció el vertiginoso desarrollo del infante y ya en diciembre de 1901, a los 13 años, derrotó al campeón nacional de la Isla Juan Corzo, en match con el resultado final de cuatro victorias, tres derrotas y seis tablas.

Entre 1906 y 1919, él protagonizó un impresionante ascenso en el panorama ajedrecístico con primeros y segundos lugares en los torneos más importantes a escala planetaria, que lo convirtieron en el principal retador del entonces monarca universal, el mítico alemán Emanuel Lásker.

El duelo contra Lásker por la supremacía universal se efectuó finalmente en La Habana en 1921, con victoria aplastante para el cubano José Raúl Capablanca, quien se coronó con cuatro triunfos y 10 tablas, en calidad de invicto.

Luego de dominar el mundillo de los trebejos durante la década de 1920, enfrentó la defensa de su título en 1927 en la capital argentina de Buenos Aires, donde sucumbió de forma inesperada ante el retador, el reconocido y sólido ajedrecista ruso-francés Alexander Alekhine.

En alarde de confianza, el genio cubano se sentía seguro de su triunfo y apenas se preparó para el encuentro, mientras su contrincante estudió a profundidad los patrones de juego del monarca, en la génesis de un método de trabajo que hoy en día constituye norma entre los máximos exponentes del ajedrez.

No entiendo, después de tantos años, cómo he conseguido ganarle a Capablanca, reconoció más tarde el propio Alekhine, vencedor por la corona en uno de los duelos más extenuantes que recuerde la historia del ajedrez, finalizado con balance de seis victorias contra tres, con 25 tablas.

Alekhine jamás dio la oportunidad de revancha a Capablanca, quien nunca perdió la esperanza de volver a optar por el título y se mantuvo como el contendiente más sólido durante gran parte de la década de 1930, en la cual participó en diversos torneos con resultados sobresalientes.

En el ocaso de su carrera, destacó en especial su actuación en la propia capital argentina durante la Olimpiada Mundial por equipos de 1939, que marcó el debut de la mayor de las Antillas en estas justas: allí, donde perdiera su reinado, Capablanca impuso récord para el evento de seis victorias sin derrotas y cinco tablas.

Durante su trayectoria, el eminente ajedrecista ganó 315 partidas, entabló 266 y sólo perdió 38, para astronómica efectividad de 72.4 por ciento; realizó, además, numerosos aportes al juego, tanto en la teoría como en el reglamento, gracia a su genialidad y dominio de la esencia ajedrecística.

El siete de marzo de 1942, José Raúl Capablanca disfrutaba de una partida en el Club de Ajedrez de Manhattan, en Nueva York, cuando lo sorprendió un accidente cerebrovascular, consecuencia de la hipertensión arterial que padecía desde tiempo atrás.

Falleció a la mañana siguiente en un hospital de esa urbe estadounidense, causando terrible consternación en el mundo ajedrecístico y entre los grandes maestros más importantes de la época, quienes le calificaron como el jugador más grande de todos los tiempos.

Nicolás Guillén lo retrataría en versos: “(…) Capablanca no está en su trono, sino que anda, camina, ejerce su gobierno en las calles del mundo. (…) Va en un caballo blanco, caracoleando sobre puentes y ríos, junto a torres y alfiles, (…) y su caballo blanco sacando chispas puras del empedrado…”     (William Urquijo Pascual, Agencia Cubana de Noticias)

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