Ibia y la calma de los años

Ibia Sicilia Díaz.
Ibia, en una de esas tertulias sabrosas que inventa en la sala de su casa.

Las Tunas-. Trina, la partera más famosa de todo el Batey, socorrió a la señora María en aquel agosto lejano, hace casi ocho décadas ya, el día en que la pícara Ibia Caridad llegó a la vida.

Y todo ocurrió rápido, sin tiempo para acrecentar los nervios del señor Angel, chofer de los dueños del central Chaparra, perteneciente a United Sugar Company y también para no exacerbar demasiado la algarabía de los cuatro hermanos mayores, que vieron llegar con ella a la última integrante de tan activa prole.

Haciendo honor a su condición de más chiquita, Ibia tuvo una infancia caprichosa y, más que rodeada de lujos o mimos, estuvo marcada por cuanta forma encontraba de hacer realidad sus ocurrencias, que no fueron pocas y le valieron más de un regaño serio, como aquel colosal el día en que se escapó por la ventana del baño de la clase de la maestra Amalia Leyva para ir hasta el pimpollo del árbol del patio, repleto de ciruelas maduras.

Ahora lo ve todo en la distancia y me dice: “ni se te ocurra contar esas cosas de ahí para afuera, pero no hay nada más rico que hacer lo que uno quiere, cuando tiene deseos, ¿verdad?”.

Y yo la miro y sonrío, no puedo evitarlo porque tiene mucho de razón y si algo ha marcado la existencia de esta mujer, común y terca, es justamente eso: andar por la vida defendiendo las cosas en las que ha creído, a veces con ribetes de obstinación, pero “sin nada de qué arrepentirme”, confiesa.

Adicta al café y fumadora empedernida, al punto de esconderse con un buen cigarro entre los dedos en los días esos en los que los hijos pelean con ella porque ya está vieja y “que si el catarro, el tiempo tan fresco, una neumonía…”, como si no supieran que “que nadie se muere la víspera y que no le tiene miedo a los pulmones desde que empezó a fumar, escondida de los padres, cuando era apenas una muchachita que comenzaba a florecer”.

¿Qué si era bonita?, ¡qué pregunta esa!, por supuesto que sí –asegura con una carcajada ruidosa y dice más- “tuve unos cuántos pretendientes y me quedé con el mejor, un guajiro de Camagüey con olor a hombre fuerte y brazos acostumbrados a domar toros bravos y entrarle de frente a la vida”.

Tejió junto a él una familia pero no se conformó con eso, ¡qué va!, decidida desde jovencita a tomar las riendas de su propia existencia apostó por el M-26-7, ¡la hija del chofer de los americanos! y consiguió hacer lo suyo, repartir lo que hiciera falta, vender bonos, cosas así.

También siguió su rumbo después del triunfo y es fundadora de la Federación de Mujeres Cubanas en Guaimaro, porque hasta allá la llevó la vida, hasta la mañana aquella en la que volvió, con los suyos, al ruido único y el olor a melaza del central Chaparra, ahora Jesús Menéndez.

Vive con el orgullo de haber conocido personalmente a Vilma Espín y haber dialogado con ella y con Asela De los Santos, “mujeres sencillas, trabajadoras, de mirar de frente” y tiene mucho en sí misma de la historia de cada lugar que ha recorrido y ha sentido como suyo hasta que llegó, hace años, a esta ciudad y dijo que sí, aquí dejaría sus huesos.

Sus hijos me aseguran siempre que tiene un don especial: el de contar historias; “le das un pié forzado – me dijeron- y las inventa mejor que Emiliano Sardiñas”.

Sin embargo, en sus ojos penetrantes y su decir determinante no hay error, esta que me contó, como al descuido, es parte de la historia cierta de su vida misma, nada de excepcional, una mujer más, una de tantas cubanas irreverentes y dignas que ha dedicado la existencia a su país, su familia y ahora reposa con la energía calma que – me dijo- “solo dan los años”.

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