Almeida

Juan Almeida Bosque
Juan Almeida Bosque /Foto Juventud Rebelde.

Las Tunas-. El día en que él murió,  esta ciudad de Las Tunas vivía el preludio de lo que prometía ser un carnaval de algarabías y anécdotas, todo trocado  de a cuajo,  en el momento  mismo en que llegó la noticia: se murió Almeida y hoy,  cuando el mítico Comandante Rebelde estaría cumpliendo 88 años, apuesto a  estas líneas en su memoria.
Negro nacido en La Habana en los años en los que serlo  constituía “crimen y castigo”,  fue muchas cosas para ayudar a sostener a su numerosa familia (once hermanos), desde peón de Obras Públicas en la construcción, taquillero, reparador de calles, mozo de limpieza, albañil…hasta que uno de esos días, conoció a Fidel Castro y le cambió el rumbo la vida.
Fiel, guapo y martiano, así era Almeida; un ser humano sensible y bohemio de cuya pluma salieron más de 300 canciones y una docena de libros, dejando claro ante la Historia que la sensibilidad creativa y la lucha de balas y combate por una causa justa, en este país, distan mucho de ser ideas y concreciones  divorciadas.
Jaranero, sencillo, esquivo al hablar de sí mismo y lejos, lejísimos,  de la palabra “protagonismo” al citar  su paso por el Ejército Rebelde y la obra revolucionaria después del triunfo, su vida misma es una prueba  irrefutable de lo que es la cubanía: pasión, respeto, ímpetu, ganas, provenir.
Aseguran sus más cercanos que prefería escribir sones porque le permitían contar mejor las historias,  aunque sí, escuchaba muchos boleros y le causaban un deleite especial; pero, nadie lo duda, las mejores composiciones  le salieron del anecdotario intenso del cubano común.
Llegaba  la musa en un bar, manejando, en cualquier reunión de trabajo, él escribía en un papelito lo que le decía el alma y luego, cuando el tiempo le daba un huequito, lo más rápido posible, completaba  la letra y ya la música venía detrás, anunciando la forma de decir aquello que ya había brotado, de la gente y para la gente.
Juan Almeida, un Hombre que vivió con intensidad y cuya memoria ratifica la estirpe  guerrera de este país, el preso  3833, junto a Fidel, después del Moncada, el rebelde invariable del tiempo y el esfuerzo.
 
 
 
 
 

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