Ellos son el amor

El amor,sentimiento de todo momento de la vida.
El amor,sentimiento de todo momento de la vida. /Foto Internet.

Las Tunas-. Hoy despertaron igual de temprano; los relojes de la casa marcaban poco más de las dos de la madrugada, como cuando eran jóvenes y él se iba a  caballo,  acompañado solo por su  perro Collar,  a recorrer los ocho kilómetros que lo separaban de la finca de la familia para trabajar y ella quedaba en casa, con los muchachos pequeños y el susto en el alma, sola, pensando y pensando en el trote ligero de la bestia, la oscuridad  y el silencio imperturbable de aquellos caminos.
Solo que ya no son tan jóvenes, el susto de antaño ha cedido espacio a los grandes  miedos de la vida: la edad, los años, el tiempo, que por momentos parece que se les acaba  y las ganas infinitas,  a ratos,  de volver a empezar;  a pesar de lo mucho que disfrutan el amor calmo que – dicen –  se siente cuando pasas de los ochenta años y has vivido más de la mitad de la existencia abrigado al sudor y los arañazos de otro cuerpo, siempre el mismo,  nunca igual.
Despertaron temprano y quizás rememoraron,   como tantas otras veces,    el día en que se conocieron, la pasión de ella y su rebeldía, sus pasos escondida de los padres por el M-26-7 y  la apatía de él, las  ganas de hablar solo de  toros bravos y sembradíos; el ardor de los primeros besos de “primos lejanos” como jugando y aquel sí rotundo frente al altar mientras la vida asomaba a los 21 años.
Les queda ahora el brío en la mirada, la complicidad del que recuerda un tiempo delicioso, que no va a volver, pero es solo de ellos; único, exquisito,  revelador; un tiempo que me alcanza en la  taza  de café que les veo compartir siempre, “la mitad del traguito para cada uno”, como un rito; les quedan las anécdotas de la familia y aquel “eso era antes mija, ahora ya estamos esperando la última afeitá”.
Insistí,  insistí mucho, pero no me dejaron siquiera tomarles una foto; “¿para qué muchacha?, si entre caderas partidas, hipertensión y artrosis, no sabemos ni cómo reírnos”; y yo dejé de insistir.
No hacía falta, ellos son el amor y no llevan fotos porque no las han necesitado nunca para recordarse cada palmo y descubrirse, juntos,  cada brecha. Están ahí, felices al despertar porque se saben  al lado de la cama, repletos de caprichos pero atentos siempre al mirarse, porque solo de mirarse saben qué decir, sin tapujos ni medias tintas, están los hijos, los nietos y  los amigos,   pero ellos, solo ellos, son el amor.
/edc/
 
 

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