Las Tunas, Cuba. Domingo 13 de Agosto de 2017
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El mayor general José Maceo, una gloria de Cuba

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José Marcelino Maceo Grajales (1849-1896).

José Marcelino Maceo Grajales (1849-1896).

La Habana.- Hijo de campesinos pardos libres, José Marcelino Maceo Grajales (1849-1896) peleó en las tres guerras independentistas cubanas, como uno de los más bravos combatientes, fama utilizada en su contra por elementos racistas españoles y criollos.

Al estallar el 10 de octubre de 1868 la Revolución encabezada por Carlos Manuel de Céspedes, los hermanos Maceo abrazaron para siempre la causa independentista y la lucha por la abolición de la esclavitud.

El 12 de octubre, José, de 19 años de edad, se alistó de soldado, en unión de sus hermanos mayores Antonio Maceo Grajales y Justo Regueiferos Grajales; concluyó la Guerra de los Diez Años con el grado de coronel.

Luego fue uno de los jefes destacados de la Guerra Chiquita (1879-1880); durante unos 10 meses mantuvo gran actividad contra el enemigo, en la parte sur de Oriente, hasta que el ya general de brigada depuso las armas en unión del mayor general Guillermo Moncada ante la falta de recursos bélicos.

Mediante el Pacto de Confluente, firmado el 25 de mayo de 1880, las autoridades españolas se comprometieron, en presencia de representantes de Inglaterra y Francia, a enviar al extranjero a las fuerzas que capitularon.

España violó este convenio al apresar en alta mar a los patriotas y confinarlos a los presidios de África.

José mostró sus dotes personales al escapar dos veces: la primera en Cádiz donde hizo escala el barco cuando lo trasladaban de Chafarinas a Ceuta, y se refugió en Gibraltar, pero fue devuelto a España por las autoridades británicas.

En la segunda, huyó en 1884 del Castillo de Mola, en Mahon, Islas Baleares, en unión de Agustín Cebreco.

Finalmente, se trasladó a América, donde vivió en el exilio hasta su desembarco en Duaba, Baracoa, el primero de abril de 1895, junto con Antonio Maceo, Flor Crombet, Agustín Cebreco y otros expedicionarios. En una emboscada enemiga que dispersó Al grupo, el general José, como le decían los orientales para diferenciarlo del mayor general Maceo (Antonio), se lanzó al abismo en Alto de Palmarito y estuvo solo varios días por las montañas hasta encontrar fuerzas insurrectas de Guantánamo.

José Maceo enfrentó la muerte en más de 500 combates y sufrió en su cuerpo 19 heridas de guerra; alrededor de 110 acciones combativas importantes de fuerzas bajo su mando corresponden al período octubre de 1895 a mayo de 1896, en el territorio de Santiago de Cuba.

El 5 de julio de 1896 resultó gravemente herido en el pecho, en el combate de Loma del Gato, a 18 kilómetros de Santiago de Cuba, y falleció pocas horas después, en la finca Soledad, Ti Arriba, a los 47 años de edad.

Ganó sus ascensos, grado a grado, hasta mayor general del Ejército Libertador, conferido por el general en jefe Máximo Gómez, en presencia de José Martí, el 28 de abril de 1895, tras derrotar una columna española en Arroyo Hondo.

Y a mí también me han regalado un caballo blanco, dice Martí ese día en carta a Carmen Miyares. Era el célebre Baconao obsequio del General José, que montaba el 19 de mayo al morir en el combate de Dos Ríos.

” el generoso José, que ya no se nos saldrá del corazón agradecido”, escribió Martí en carta a Antonio Maceo, el 15 de mayo.

EL LEON DE ORIENTE

Por la impetuosidad en las cargas contra el enemigo y su valor sin límites, le llamaron El León de Oriente y Héroe de Majaguabo, lugar donde nació el 2 de febrero de 1849, en San Luis, Oriente.

Según Antonio Maceo, José, su también hermano Miguel y otro mambí, Policarpo Pineda (alias Rustán) fueron los hombres más valientes que conoció durante la primera contienda.

Era un hombre tremendo, afirmó el brigadier José Miró Argenter (jefe del Estado Mayor de Antonio Maceo en 1895 a 1896), “valiente hasta lo inverosímil, arrebatado, colérico, fiero y testarudo”.

Sus detractores tejieron con saña la leyenda de su violencia irracional para vejarlo, denigrar su gloria, perjudicarlo y, de paso, a su hermano Antonio.

A una década de la abolición de la esclavitud (1886) los prejuicios aunque disimulados, prevalecían en algunos personajes dentro del independentismo que hablaban del peligro “de una guerra de razas”, nada más lejano de los ideales de Martí, Gómez y Antonio Maceo, pilares de la Revolución del 95.

Por ello enfilaban sus cañones contra los Maceo, e incluso sobre su maestro el dominicano Máximo Gómez (blanco), el mejor combatiente de la Revolución del 68; Antonio era mestizo claro (mulato) y José, más oscuro.

Debido a prejuicios racistas, entre las causas del fracaso de la Guerra Chiquita estuvo la exclusión de Antonio Maceo de los planes del jefe principal Calixto García, de enviar expediciones para invadir el país, luego de inicialmente ambos haberse puesto de acuerdo.

Adorado por sus hombres -negros, mestizos y blancos-, José se cuidó mucho de sus enemigos al solo llevar a su estado mayor, preferentemente a mambises que fueran o parecieran blancos.

A tal extremó llegaron las calumnias que el Consejo de Gobierno presidido por Salvador Cisneros Betancourt lo privó de la Jefatura del Departamento Oriental que de hecho desempeñaba desde octubre de 1895, sin tener en cuenta su brillante trayectoria.

Cisneros Betancourt, que no consideraba a José Maceo de su confianza, trató de sustituirlo sucesivamente por el general Francisco Carrillo y los mayores generales José María Pérez y Calixto García, a espaldas del General en Jefe Máximo Gómez, que peleaba en el occidente.

El general José, que conocía sus derechos, se negó a entregar el mando si no era con una orden expresa de éste y escribió a Cisneros, en febrero de 1896, que había informado detalladamente a Gómez cuánto estaba haciendo el Gobierno en perjuicio de los sagrados intereses de la Revolución.

De inmediato Gómez indignado llamó la atención al secretario de la guerra Carlos Roloff, de que “se la han creado dificultades al general José Maceo por ese Centro, contrariándole operaciones militares, cuya dirección solamente compete al Cuartel General del Ejército”.

A finales de abril de 1896 Gómez aceptó el nombramiento de García, lo cual informó a José, manteniéndolo como jefe del Primer Cuerpo.

Cuando marchó a Oriente al encuentro de su leal amigo, recibió la noticia de la muerte del general José y escribió una carta de pésame a Antonio; pocos días después desahogó su dolor con su esposa Bernarda Toro (Manana):

“Era preciso haber conocido bien a fondo el carácter de aquel hombre sin dobleces, y de rústica franqueza para poder estimarle y estimar su cariño cuando lo demostraba. El general José era todo verdad y por eso para muchos aparecía amargo”, le dice en su extensa carta.

“Descubrí en él la grande y noble gratitud del león que la historia cuenta y entendía la grandeza de su valor admirable e intrépido cual ninguno. El español más cruel rendido al General en mitad de la refriega más sangrienta, podía contar con la vida”.

Otra opinión autorizada es la de su ayudante de campo, el general Francisco de Paula Valiente (blanco): Aquel león, fiero en el combate, duro para dar la muerte al enemigo en la pelea “era, sin embargo, de alma como un niño ante la pena de sus compañeros, fuerte en la pelea, débil en el cariño, casi paternal, que a todos nos ofrecía”.

“Hay leyendas que giran alrededor de una personalidad y hacen formar un juicio falso, por error o por maldad, de un hombre que merece todos los respetos y todas las devociones”. (Ayudante teniente coronel Lino Dou).

El verdadero general José hablaba con sus ayudantes de literatura, asuntos científicos y sociales; amaba los bailes e introdujo compases en una pieza.

Peleaba al frente de su escolta y cuidaba en extremo a los integrantes de la banda de músicos que creó en su Estado Mayor, quienes le llamaban papá.

Tales verdades explican el asombro de quienes lo conocieron en aquellos meses finales de su vida, en medio de la campaña en su contra:

“Había oído decir que el General era muy feo, y no lo he encontrado tal; es alto, esbelto; parece hombre refinado”. (Diario de Campaña del teniente coronel mambí Eduardo Rosell Malpica).

“No creía yo, en verdad encontrar al hombre que he encontrado. Alto, robusto, bien parecido, alegre, simpático, de agradable conversación y fino trato”. (Coronel mambí Cosme de la Torriente).

“He tenido el honor de conocer y tratar al General José. El General Gómez me lo recomendó mucho, pero no pensé que fuera tan honrado y tan patriota”. (Mayor general Serafín Sánchez, Inspector General del Ejército Libertador). (Marta Denis Valle/Prensa Latina)

 

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Sobre Redacción Tiempo21

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